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Personajes narcisistas en la Biblia

agosto 8, 2026
Personajes narcisistas en la Biblia

Los personajes narcisistas en la Biblia no son enemigos externos del pueblo de Dios: son un líder de iglesia, un príncipe del pueblo escogido y el grupo religioso más respetado de su tiempo. La Escritura los describe con un detalle que hoy reconocerías como el retrato clínico del narcisismo, aunque la palabra no existía todavía. Diótrefes, Absalón y los fariseos son los tres casos más desarrollados, y cada uno enseña algo distinto sobre cómo opera ese patrón dentro del ámbito religioso.

Vale la pena mirarlos de cerca, porque no aparecen como villanos de caricatura. Aparecen dentro de la congregación, dentro de la familia real, dentro del templo. Son personas con reputación, con lenguaje religioso fluido y con seguidores. Eso es justo lo que los hace difíciles de identificar cuando el patrón se repite hoy, en tu iglesia o en tu casa.

Diótrefes: al cual le gusta tener el primer lugar

Diótrefes: “al cual le gusta tener el primer lugar”

Diótrefes es el ejemplo más claro de narcisismo dentro del liderazgo de una congregación del Nuevo Testamento. El apóstol Juan escribe una carta breve, 3 Juan, y dedica dos versículos a describirlo con una precisión quirúrgica que sigue vigente veinte siglos después.

Yo he escrito a la iglesia; pero Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe. Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los expulsa de la iglesia.

3 Juan 9-10 (RV1960)

El problema no era doctrina, era posición

La frase “le gusta tener el primer lugar” traduce el verbo griego philoprōteúō, que aparece una sola vez en todo el Nuevo Testamento y se compone de amar y ser primero. Juan no dice que Diótrefes enseñara herejía. No hay ninguna acusación doctrinal en el texto. El problema es de posición: ama estar arriba, y todo lo demás que hace está al servicio de conservar ese lugar.

Eso importa porque desmonta una idea común: que el peligro en una congregación siempre viene de la enseñanza falsa. Diótrefes probablemente predicaba cosas correctas. Lo que estaba torcido no era el contenido, era el motivo. Y un motivo torcido, sostenido en el tiempo, termina produciendo daño concreto sobre personas concretas, como muestra el resto del pasaje.

La escalera de conductas que Juan enumera

Mira la secuencia que Juan describe, porque tiene una lógica interna. Primero, Diótrefes desconoce la autoridad que podría corregirlo: ni siquiera recibe la carta del apóstol. Segundo, habla mal de él con “palabras malignas”, es decir, desacredita preventivamente a quien podría cuestionarlo. Tercero, no recibe a los hermanos que llegan de fuera. Cuarto, expulsa de la iglesia a quienes sí los reciben.

Ese cuarto paso es el que merece más atención: castiga a los que no lo secundan. No basta con obedecerlo a él; hay que tomar partido activamente en contra de cualquiera que muestre otra lealtad. Así se vacía el entorno de una persona hasta dejarla sola con quien la controla, el mismo mecanismo de aislamiento que hoy documentan los especialistas en violencia psicológica. Juan lo registró en el siglo primero, dentro de una iglesia local, sin necesitar ese vocabulario.

Absalón: cómo se roba un corazón con halagos

Absalón: cómo se roba un corazón con halagos

Absalón, hijo del rey David, es el retrato bíblico del encanto usado como herramienta de manipulación. El texto de 2 Samuel describe su rutina con un nivel de detalle poco común: se levantaba temprano, se ponía junto al camino de la puerta de la ciudad, y a cada persona que llegaba con un pleito para que el rey lo juzgara, la interceptaba antes de que llegara a la audiencia real.

Y cuando alguno se acercaba para inclinarse a él, él extendía la mano y lo tomaba, y lo besaba. De esta manera hacía con todos los israelitas que venían al rey a juicio; y así robaba Absalón el corazón de los de Israel.

2 Samuel 15:5-6 (RV1960)

La técnica paso a paso, tal como aparece en el texto

Desglosa lo que hacía, porque es una secuencia de tres movimientos que se sigue repitiendo hoy. Primero validaba a la persona antes de que terminara de hablar: “mira, tus palabras son buenas y justas” (2 Samuel 15:3). Segundo, sembraba la idea de que estaba desatendida, diciéndole que no había nadie designado por el rey para escucharla. Tercero, remataba con una promesa de poder: si él tuviera autoridad, todo sería distinto (2 Samuel 15:4). Validación, queja compartida, promesa. En ese orden.

El gesto físico también era deliberado. Cuando alguien se inclinaba ante él, como correspondía ante un príncipe, Absalón lo levantaba y lo besaba. Se mostraba cercano y accesible, distinto al rey que parecía distante. Todo eso ocurría antes de que el ciudadano llegara siquiera a la audiencia real: el trabajo de conquista se hacía en el camino, no en el trono.

De la fase de encantamiento al golpe de Estado

Lo que la gente llama hoy fase de idealización o “bombardeo de amor” tiene aquí un antecedente exacto. Si el inicio de una relación o de un liderazgo fue así, atención desbordada, cercanía instantánea, la sensación de que por fin alguien te entendía como nadie, no fuiste ingenuo. Absalón hizo eso mismo con un pueblo entero, y la Biblia lo registra sin adornos, llamándolo por su nombre: robaba el corazón.

El desenlace confirma que no era afecto genuino. Cuatro años después de esa campaña de simpatía (2 Samuel 15:7), Absalón se levantó en rebelión abierta contra su propio padre, el rey David, y estuvo a punto de arrebatarle el trono (2 Samuel 15:10-14; 18:9-15). El encanto había sido, desde el principio, la herramienta para conseguir poder, no una muestra de cariño real hacia la gente que besaba.

Los fariseos: la vida entera montada para ser vistos

Los fariseos: la vida entera montada para ser vistos

Jesús dedicó un capítulo completo, Mateo 23, a describir a un grupo religioso cuya vida entera estaba organizada alrededor de la mirada ajena. La primera acusación va directo al motivo: “antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres” (Mateo 23:5). No los acusa primero de mala doctrina, sino de que su religiosidad funcionaba como escaparate.

Objetos religiosos modificados para notarse más

Jesús da ejemplos concretos: “ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos” (Mateo 23:5). Las filacterias eran cajitas de cuero con porciones de la ley que se ataban al brazo y a la frente en obediencia a Deuteronomio 6:8; los flecos, prescritos en Números 15:38-39, debían recordar los mandamientos. Los fariseos no inventaron esas prácticas, las agrandaron. Tomaron un objeto de devoción privada y lo convirtieron en un anuncio público de su propia piedad.

Sigue la lista de lo que amaban: “los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí” (Mateo 23:6-7). Posición en la mesa, posición en el templo, saludo público y título honorífico. Cuatro formas distintas de la misma necesidad de reconocimiento, en cuatro escenarios sociales diferentes.

Sepulcros blanqueados: la imagen que Jesús eligió

“Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia” (Mateo 23:27). La imagen tenía un peso que hoy se nos escapa: en Judea se encalaban las tumbas antes de la Pascua para que los peregrinos las vieran a distancia y no las tocaran, porque tocar un sepulcro dejaba impuro a la persona durante siete días (Números 19:16). La cal existía como advertencia de peligro, no como decoración.

Jesús está diciendo, entonces, que esa blancura tan cuidada era exactamente eso: una señal de que había que mantener distancia. Cuanto más pulida la superficie religiosa, más motivo para no acercarse sin discernimiento. Es una imagen dura, y Jesús la eligió a propósito, en público, sin suavizarla.

El detalle del abuso económico bajo cobertura religiosa

Hay un versículo que conecta directo con el trato a los más vulnerables: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones” (Mateo 23:14). Manejaban los recursos de las personas más desprotegidas de la sociedad y usaban la oración pública, precisamente lo que debería inspirar más confianza, como tapadera para el abuso económico. La conducta espiritual visible servía de cobertura, no de contraste, para el daño que hacían puertas adentro.

Qué tienen en común estos tres personajes bíblicos

Qué tienen en común estos tres personajes bíblicos

Diótrefes, Absalón y los fariseos comparten un elemento central: el lenguaje o el espacio religioso funcionando como instrumento al servicio del yo, no como lugar de rendición a Dios. Ninguno de los tres necesitó estar fuera de la fe para hacer daño; los tres actuaban desde dentro, con vocabulario aprendido y reputación construida.

La Escritura, sin embargo, no se limita a describirlos. Pablo cierra su retrato del mismo patrón en 2 Timoteo 3:5 con una instrucción de distancia: “a éstos evita”. Y Juan, después de contar lo de Diótrefes, no pide a la iglesia que lo soporte indefinidamente; documenta la conducta para que se identifique. Si quieres ver cómo aplicar esa misma instrucción a una relación cercana hoy, ya sea de pareja, de familia o de liderazgo, lo desarrollé completo en cómo lidiar con un narcisista cristiano.

Y si lo que estás viviendo incluye que se te citen versículos para cerrarte la boca en vez de escucharte, ese mecanismo específico tiene nombre propio y está desarrollado en abuso espiritual en la pareja cristiana.

Preguntas frecuentes sobre los personajes narcisistas en la Biblia

¿Por qué Diótrefes es un ejemplo bíblico de narcisismo?

Porque el texto lo describe con un patrón reconocible: “le gusta tener el primer lugar” (3 Juan 9), desconoce la autoridad del apóstol, desacredita a quien podría corregirlo con “palabras malignas”, y expulsa de la iglesia a quienes no lo secundan (3 Juan 9-10). No hay acusación doctrinal en el pasaje; el problema es la necesidad de posición y el castigo a quien no la respalda.

¿Qué enseña Absalón sobre la manipulación con encanto?

Absalón muestra una secuencia de tres pasos: validar a la persona antes de escucharla del todo, sembrar la idea de que está desatendida y prometer que él resolvería mejor las cosas (2 Samuel 15:2-4). Ese encanto no era genuino: cuatro años después se rebeló contra su propio padre (2 Samuel 15:7-14). El texto llama a esa técnica por su nombre: “robaba el corazón” del pueblo (2 Samuel 15:6).

¿Por qué Jesús comparó a los fariseos con sepulcros blanqueados?

Porque las tumbas se encalaban antes de la Pascua para advertir a los peregrinos que no las tocaran, ya que el contacto dejaba impuro a quien lo hiciera (Números 19:16). Jesús usa esa imagen para decir que la apariencia religiosa cuidada de los fariseos, “por fuera hermosos”, escondía algo dañino por dentro, y que esa combinación era motivo de alerta, no de admiración (Mateo 23:27).

Lo que puedes hacer hoy

Toma uno solo de estos tres retratos, el que más se parezca a lo que estás viviendo, y vuelve a leer el pasaje completo esta semana en tu Biblia, no solo las citas de este artículo. Fíjate en cómo reacciona el texto ante esa persona: qué instrucción da, a quién protege, qué se permite hacer. Ese ejercicio suele aclarar más que cualquier resumen.

Te dejo una pregunta para esta semana: de los tres, ¿cuál patrón reconoces más cerca de ti, el de Diótrefes, el de Absalón o el de los fariseos? Y si conoces a alguien que necesita ponerle nombre a lo que está viviendo dentro de su iglesia o de su familia, comparte este artículo con esa persona.

Sigue estudiando: si necesitas pasos concretos para la relación en la que estás, revisa cómo lidiar con un narcisista cristiano. Y si el trato incluye versículos usados para silenciarte, mira abuso espiritual en la pareja cristiana.