¿Le gritaste a tu hijo y llevas horas cargando ese peso? La Biblia habla de este tema con más precisión de la que imaginas, y no lo hace para hundirte en culpa, sino para enseñarte otra manera de corregir. El mandato central está en Efesios 6:4, y lo sorprendente es a quién va dirigido; no al hijo que desobedece, sino al padre que corrige.
En este estudio vamos a recorrer el tema completo. Qué significa “no provoquéis a ira a vuestros hijos”, si gritarles es pecado, qué producen los gritos en un niño según los estudios, cómo corrige Dios como Padre, qué diferencia hay entre disciplina y desahogo, qué les pasó a dos padres de la Biblia que fallaron en esto, y qué hacer en el momento exacto en que la ira sube. Empecemos por el versículo ancla.
¿Qué significa no provoquéis a ira a vuestros hijos en Efesios 6:4?
Significa que Dios les puso un límite a los padres antes de darles autoridad sobre los hijos; puedes corregir, pero no puedes usar tu corrección para encender la ira de tu hijo. El versículo tiene dos mitades, una prohibición y un encargo.
Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.
Efesios 6:4 (RV1960)
El mandato es para el padre, no solo para el hijo
Mira el contexto, porque cambia la lectura completa. Pablo acababa de decirles a los hijos “obedeced en el Señor a vuestros padres” (Efesios 6:1). En el mundo grecorromano del primer siglo, ahí se terminaba la conversación; el padre tenía sobre sus hijos la patria potestas, un poder legal casi absoluto que incluía castigarlos a su antojo, y ninguna ley le pedía cuentas por su trato.
Y en ese mundo, Pablo hace algo que ningún moralista romano hacía; se voltea hacia el padre y le da una orden a él. “No provoquéis a ira” traduce el griego parorgízo, encender la ira de otro, empujarlo a la exasperación. El apóstol reconoce que un padre tiene poder suficiente para producir ira en su hijo, con gritos, con burla, con exigencias imposibles, con castigos desproporcionados, y le prohíbe usar su autoridad para eso.
Esto responde una duda que muchos padres cristianos cargan. Obedecer a Dios en la crianza no es solamente lograr que el hijo obedezca; es también rendir cuentas por cómo lo tratas mientras lo corriges. Las dos cosas están en el mismo capítulo, con el mismo peso de mandato.
Paideia y nouthesia: cómo manda Dios criar a los hijos
La segunda mitad del versículo dice qué hacer en lugar de provocar, “criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Cada palabra ahí tiene contenido. “Criadlos” traduce ektrepho, que significa nutrir, alimentar hasta la madurez; es el mismo verbo que Pablo usa unos versículos antes cuando dice que el esposo “sustenta y cuida” su propio cuerpo (Efesios 5:29). Criar, en la mente de Pablo, es una labor de alimentar, no de someter.
“Disciplina” es el griego paideia, la palabra con que los griegos nombraban la formación completa de un niño; instrucción, entrenamiento, hábitos y también corrección. Y “amonestación” es nouthesia, un término compuesto de nous (mente) y títhemi (poner); literalmente, poner algo en la mente del hijo. Es la corrección hecha con palabras que explican y razonan, dirigida al entendimiento del niño.
Junta las piezas y el versículo queda claro. Dios manda formar al hijo y ponerle las cosas en la mente con palabras; el grito no aparece en el método, y la ira del hijo aparece como el resultado que el padre debe evitar producir. Ahora, Pablo escribió una segunda versión de este mandato en otra carta, y agregó una razón que duele leer.
Colosenses 3:21: para que no se desalienten
Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten.
Colosenses 3:21 (RV1960)
“No exasperéis” traduce erethízo, irritar a alguien de forma repetida, picarlo una y otra vez hasta sacarlo de sí. Y “para que no se desalienten” es athyméo, quedarse sin thymós, sin ánimo. Describe a un niño que dejó de intentar, porque aprendió que haga lo que haga, en casa lo que viene es el regaño a gritos.
Fíjate en la lógica del versículo. Dios no protege al hijo del padre porque el hijo sea inocente; lo protege porque el trato áspero y constante apaga algo en el niño que después cuesta años volver a encender. Esa observación, escrita hace casi dos mil años, es exactamente lo que los estudios de psicología terminaron midiendo, y lo vamos a ver más adelante. Pero primero respondamos la pregunta directa que trae a muchos padres a este tema.
¿Es pecado gritarle a los hijos?
Gritar por ira, para descargar el enojo sobre tu hijo, sí es pecado según la Biblia; no porque exista un versículo con la frase “no grites a tus hijos”, sino porque la Escritura condena la gritería como fruto de la ira sin gobierno, y el hijo es la persona más indefensa sobre la que puede caer.
La gritería en la lista de Efesios 4:31
Hay un versículo donde la palabra aparece tal cual, y pocas veces se lee pensando en la crianza. Pablo, en la misma carta donde después manda no provocar a ira a los hijos, escribió esta lista de cosas que el creyente debe sacar de su vida.
Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.
Efesios 4:31 (RV1960)
Mira el orden de la lista, porque describe una cadena. La amargura es el resentimiento acumulado; el enojo y la ira son ese resentimiento encendido; la gritería (kraugé en griego, el clamor a voces) es la ira saliendo por la boca; y la maledicencia es cuando ya no solo gritas sino que hieres con lo que dices. Pablo no trata el grito como un defecto de volumen; lo trata como el punto donde la ira interior se vuelve agresión audible.
Y dos versículos antes había puesto el filtro para todo lo que sale de la boca, “ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Efesios 4:29). Aplícalo a la crianza y la pregunta se vuelve concreta; cuando corriges a tu hijo, ¿tus palabras lo edifican o solo lo aplastan? El oyente de tus palabras más frecuentes vive en tu casa y mide un metro de estatura.
Santiago 1:19-20 aplicado a la crianza
Santiago deja el principio en una sola frase, “todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:19-20). Esa última línea es el diagnóstico exacto del grito en la crianza. Cuando gritas, sientes que estás haciendo justicia, poniendo orden, corrigiendo lo que está mal. Santiago dice que no; la ira del hombre no produce el resultado justo que Dios busca.
Y la experiencia lo confirma en cualquier casa. Después del grito, el cuarto sigue sin ordenar, la tarea sigue sin hacer, y ahora además hay un niño llorando y un adulto con culpa. El grito descarga al padre, pero no forma al hijo; produce miedo o produce ira, y ninguna de las dos cosas es la obediencia de corazón que buscabas. Si el genio es una lucha tuya desde antes de tener hijos, te va a servir el estudio completo de qué dice la Biblia sobre el carácter, porque este tema se trata de raíz, no solo de síntoma.
Ahora, alguien puede pensar que esto es sensibilidad moderna, que a nuestra generación la criaron a gritos y salió adelante. Por eso conviene ver qué encontraron los investigadores cuando midieron el efecto de los gritos en los niños.
¿Qué efectos tienen los gritos en los niños?
Los estudios muestran que la disciplina verbal severa, gritos, insultos y humillaciones, aumenta los síntomas de depresión y los problemas de conducta en los hijos, con un efecto comparable al del castigo físico. No lo dice un blog de crianza; lo dice una investigación publicada en una de las revistas académicas más serias del área.
El estudio de Pittsburgh y Míchigan: qué midieron y qué encontraron
Los investigadores Ming-Te Wang (Universidad de Pittsburgh) y Sarah Kenny (Universidad de Míchigan) siguieron durante dos años a 967 familias con hijos adolescentes, y publicaron los resultados en la revista Child Development en 2014. Encontraron que los hijos de 13 años que recibían disciplina verbal severa, gritos, insultos, palabras que avergüenzan, presentaban al año siguiente más síntomas depresivos y más problemas de conducta, como agresividad y vandalismo.
El estudio dejó dos hallazgos que valen oro para un padre cristiano. Primero, el grito no corrigió la conducta; la empeoró. Los adolescentes gritados no se portaron mejor al año siguiente, se portaron peor, y a más problemas de conducta, más gritos de los padres, en un círculo que se alimenta solo. Segundo, el cariño del resto del tiempo no borró el daño; los investigadores midieron si el afecto de los padres amortiguaba el efecto de los gritos, y no lo amortiguaba. Abrazar mucho después no neutraliza gritar mucho durante.
Lo que la ciencia midió, Proverbios ya lo había escrito
Ahora vuelve a Colosenses 3:21 con ese estudio en la mano, “no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten”. Desaliento, pérdida de ánimo, es una descripción bastante exacta de los síntomas depresivos que midió el estudio. Y la ira provocada de Efesios 6:4 es una descripción bastante exacta de la agresividad que apareció en los adolescentes gritados. La Escritura no necesitó el estudio, pero el estudio confirma la Escritura punto por punto.
Proverbios ya había puesto la imagen, “hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina” (Proverbios 12:18). El proverbio compara palabras con heridas físicas, y el estudio encontró justamente eso, que el daño de la disciplina verbal severa es comparable al del castigo físico. Si tú creciste en una casa donde las palabras eran golpes de espada, es probable que hoy te salgan solas con tus hijos, aunque juraste que nunca lo harías; para trabajar esa raíz te dejo el estudio de cómo sanar el niño interior, porque nadie da a sus hijos una paz que todavía no tiene.
Con el diagnóstico claro, la pregunta que sigue es el modelo. Si el grito no forma, ¿cómo corrige Dios, que es el Padre con más hijos desobedientes de la historia?
¿Cómo es Dios como Padre según la Biblia?
La Biblia describe a Dios como un Padre de mecha larga, que corrige sin pagarnos conforme a lo que hicimos y que ajusta su trato a la fragilidad de sus hijos. El Salmo 103 es el retrato más completo, y David lo escribió como quien describe a un papá.
Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia. No contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.
Salmo 103:8-10 (RV1960)
Lento para la ira: la mecha larga del Padre
“Lento para la ira” traduce el hebreo érek apáyim, literalmente largo de narices. En el hebreo antiguo la ira se asociaba con el resoplido de la nariz encendida; ser largo de narices era tener la mecha larga, tardar mucho en encenderse. Es la misma frase con que Dios se describió a sí mismo en Éxodo 34:6, justo después de la peor desobediencia de Israel, el becerro de oro. Cuando su pueblo le dio motivos de sobra para el estallido, se presentó como el Padre que tarda en encenderse.
Y nota el versículo 9, “no contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo”. Dios corrige y suelta; no vive regañando, no cobra la falta de ayer durante toda la semana, no convierte la casa en un juicio permanente. Hay hogares donde el error del lunes se sigue gritando el jueves. El Padre del Salmo 103 no cría así.
Se acuerda de que somos polvo: expectativas a la medida del hijo
Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo.
Salmo 103:13-14 (RV1960)
Detente en la razón de la compasión, “se acuerda de que somos polvo”. Dios ajusta su trato a lo que somos; conoce el material con el que estamos hechos y no nos exige como si fuéramos de acero. Esa es la clave que a muchos padres se nos pierde en el momento del grito. Le gritamos a un niño de cuatro años por comportarse como un niño de cuatro años; le exigimos autocontrol de adulto a un cerebro que todavía está en construcción, mientras nosotros, adultos completos, perdemos el control gritando.
Acordarse de que tu hijo es polvo no es bajar el estándar; es corregir a la medida de su edad, de su cansancio, de su hambre, de lo que un niño puede dar. Dios hace eso contigo cada día. Y aquí aparece la objeción que todo padre cristiano ha escuchado; ¿pero la Biblia no manda disciplinar con vara? Vamos a responderla con el texto en la mano, porque ahí se juega la diferencia entre corregir y desquitarse.
¿Cómo corregir a los hijos según la Biblia?
La Biblia manda corregir a los hijos temprano, con constancia y con amor, y al mismo tiempo condena al que suelta toda su ira encima de otro. La corrección es un mandato; el desquite está prohibido. Los dos proverbios que más se citan sobre el tema, leídos juntos, dejan la línea clarísima.
¿Qué significa la vara en Proverbios 13:24?
“El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige.” (Proverbios 13:24).
Este versículo se ha usado para justificar casi cualquier cosa, así que mirémoslo despacio. La palabra hebrea para vara es shébet, y es la misma palabra del Salmo 23:4, “tu vara y tu cayado me infundirán aliento”. La vara del pastor no era un instrumento para golpear ovejas; era la herramienta con que las guiaba, las contaba una por una al entrar al redil y las defendía del depredador. En Proverbios, la vara es símbolo de autoridad que corrige y protege, no licencia para descargar fuerza sobre un niño.
Y fíjate en el motor del versículo; el que corrige lo hace porque ama, y lo hace “desde temprano”, cuando la falta es pequeña y la corrección puede ser pequeña. El proverbio condena los dos extremos, al padre que descarga y también al que “detiene el castigo”, al que deja pasar todo por comodidad o por miedo al conflicto. Corregir a tiempo y en proporción evita justamente esas explosiones acumuladas que terminan en gritos.
Disciplina no es desahogo: Proverbios 29:11
“El necio da rienda suelta a toda su ira, mas el sabio al fin la sosiega.” (Proverbios 29:11).
Aquí está la prueba para distinguir disciplina de desquite, y conviene hacérsela a cada corrección. La disciplina se aplica pensando en el bien del hijo; el desquite se descarga pensando en el alivio del padre. La disciplina es proporcional a la falta; el desquite es proporcional al cansancio, al estrés del trabajo, a la pelea que traías de antes. La disciplina puede esperar a que te sosiegues; el desquite tiene afán, porque lo que busca no es formar sino soltar presión.
El grito casi siempre queda del lado del desquite. Nadie grita como estrategia pensada de formación; grita porque la ira encontró salida, y el proverbio le pone nombre a eso, dar rienda suelta a toda la ira, la marca del necio. La corrección que Dios manda cabe completa en Proverbios 15:1, “la blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor”. Nota que el versículo funciona en las dos direcciones; tu palabra áspera hace subir el furor de tu hijo, y tu respuesta blanda, dicha con autoridad serena, se lo baja.
Blanda respuesta no significa respuesta débil. Puedes sostener la consecuencia completa, se acabó la pantalla hoy, se repara lo que dañaste, sin subir el volumen ni una raya. De hecho la autoridad se nota más cuando no necesita gritar; el que grita está anunciando que perdió el control de la situación y de sí mismo. ¿Y qué pasa cuando un padre falla en esto durante años? La Biblia registró dos casos con nombre propio, y los dos terminan mal por caminos opuestos.
Ejemplos bíblicos de padres e hijos: Elí y David
La Biblia no solo da mandatos sobre la crianza; muestra padres concretos fallando en direcciones opuestas. Elí es el padre que no corrigió; David, el padre que se enojó y guardó distancia sin conversar. Ninguno de los dos gritaba en el texto, y justamente por eso sirven; muestran que el tema de fondo no es el volumen, es la corrección amorosa que ambos evitaron.
Elí: el padre que vio todo y no estorbó nada
Elí era sumo sacerdote de Israel, y sus hijos Ofni y Finees servían en el tabernáculo de Silo. El texto dice sin rodeos que “eran hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová” (1 Samuel 2:12); robaban la carne de los sacrificios por la fuerza y dormían con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo (1 Samuel 2:16-17, 22). Elí lo sabía. Y su corrección completa cabe en dos versículos de reproche suave, “no, hijos míos, porque no es buena fama la que yo oigo” (1 Samuel 2:24). Ninguna consecuencia, ningún límite; los dejó en el cargo.
El veredicto de Dios señala el punto exacto del fallo, “sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado” (1 Samuel 3:13). No dice que Elí los maltrató; dice que no los estorbó, no se interpuso en el camino que llevaban. Y antes le había dicho algo más incómodo, “has honrado a tus hijos más que a mí” (1 Samuel 2:29); dejar hacer también es una forma de idolatría, poner la comodidad de no confrontar por encima de la obediencia. Ofni y Finees murieron el mismo día en batalla, y Elí murió al oír la noticia (1 Samuel 4:17-18).
La historia de Elí protege este artículo de un malentendido. Criar sin gritos no es criar sin corrección; el extremo permisivo también destruye hijos, y Dios lo juzgó con la misma seriedad. El mandato bíblico tiene dos filos, corrige siempre, y corrige sin ira.
David y Absalón: la distancia que fermentó en rebelión
El caso de David es el otro extremo, la ira que no conversa. Cuando su hijo Amnón violó a su hija Tamar, el texto dice que David “se enojó mucho” (2 Samuel 13:21), y ahí se queda; ni corrigió a Amnón ni consoló a Tamar. Absalón, hermano de Tamar, esperó dos años en silencio y mandó matar a Amnón. Huyó tres años, y cuando David por fin permitió que volviera a Jerusalén, puso una condición que lo dice todo, “váyase a su casa, y no vea mi rostro” (2 Samuel 14:24).
“Y estuvo Absalón por espacio de dos años en Jerusalén, y no vio el rostro del rey” (2 Samuel 14:28). Dos años en la misma ciudad, padre e hijo, sin una conversación. Absalón llegó a quemar el campo de Joab solo para conseguir una audiencia con su propio padre (2 Samuel 14:30-33). Poco después, ese hijo sin rostro paterno se robó el corazón de Israel y se levantó en armas contra David. La rebelión terminó con Absalón muerto y con David gritando el lamento más desgarrador de la Biblia, “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti!” (2 Samuel 18:33).
David nos deja la lección que completa a Elí. El silencio castigador, la distancia, el enojo que nunca se sienta a hablar, provocan a ira igual que el grito; solo que a fuego lento. Un hijo puede desalentarse por los gritos que recibe o por la conversación que nunca llega. Con los dos extremos a la vista, bajemos al terreno práctico; ¿qué haces en el momento exacto en que sientes que el grito viene subiendo?
¿Cómo dejar de gritar a mis hijos?
Dejar de gritar se trabaja en dos frentes; qué haces en el segundo en que la ira sube, y qué haces después de haber fallado. La Biblia da instrucciones para los dos, y la segunda parte, reparar, es la que casi nadie practica y la que más sana.
Qué hacer en el momento de la ira: la pausa y la oración corta
Pablo escribió “airaos, pero no pequéis” (Efesios 4:26), y esa coma en la mitad es tu espacio de maniobra. Sentir la ira no es el pecado; lo que haces en los tres segundos siguientes decide todo. Ahí es donde aplica la instrucción de Santiago de ser “tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19); tardo no significa que nunca hables, significa que pones distancia entre el impulso y la boca.
En la práctica se ve así. Cuando sientas el calor subiendo, la mandíbula apretada, el volumen queriendo salir, detente físicamente; suelta lo que tienes en la mano, sal del cuarto si hace falta, y dilo en voz baja si el niño ya te vio alterado, “necesito un momento, ahora vuelvo y hablamos”. Eso no es debilidad delante de tu hijo; es la primera clase de manejo de la ira que va a recibir en su vida, dictada en vivo.
Y en esa pausa, ora corto. No necesitas un devocional; necesitas una frase de auxilio como la de Nehemías, que oró en segundos entre la pregunta del rey y su respuesta (Nehemías 2:4-5). Algo como “Señor, este hijo es tuyo, dame tus ojos para verlo ahora”. El Salmo 141:3 sirve completo para este momento, “pon guarda a mi boca, oh Jehová; guarda la puerta de mis labios”. Después de la pausa, vuelve y corrige lo que haya que corregir; la consecuencia se sostiene, el grito se queda afuera.
Pedir perdón a tu hijo también es bíblico
¿Y cuando ya gritaste? Porque vas a fallar; este proceso tiene recaídas como cualquier área del carácter. La instrucción bíblica para después del fallo es la confesión, y no trae excepción de edades.
“Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados.” (Santiago 5:16).
“Unos a otros” incluye a tu hijo. Si la ofensa fue contra él, la confesión es a él; a su altura, mirándolo a los ojos, con palabras que un niño entienda. “Te grité y eso estuvo mal. No es tu culpa que yo haya perdido el control. Perdóname”. Sin justificarte con su conducta, porque la falta de él no causó el grito tuyo; tu ira sin gobierno lo causó, y el estudio que vimos lo confirma, el grito dice más del estado del adulto que de la conducta del niño.
Fíjate en la promesa del versículo, “para que seáis sanados”. La confesión sana a los dos lados. Al hijo le enseña que la autoridad puede equivocarse y repararlo, que el amor no depende de ser perfecto, y le modela exactamente lo que tú quieres que él haga cuando falle. Y a ti te va quebrando el orgullo que alimenta el grito, porque nadie que acaba de pedir perdón de rodillas frente a un niño de cinco años vuelve a gritar con la misma facilidad. Queda una sola cosa por armar, el resumen de las dudas que más se repiten sobre este tema.
Preguntas frecuentes sobre gritar a los hijos según la Biblia
¿Qué versículos hablan de no gritar a los hijos?
Los dos directos sobre crianza son Efesios 6:4, “no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”, y Colosenses 3:21, “no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten”. Sobre el grito en sí, Efesios 4:31 manda quitar “toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia”, y Proverbios 15:1 enseña que “la blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor”. Santiago 1:19-20 completa el cuadro; la ira del hombre no obra la justicia de Dios, tampoco dentro de la casa.
¿Gritar a los hijos es maltrato?
El grito ocasional de un padre que luego repara no es lo mismo que un patrón de disciplina verbal severa, pero los estudios muestran que ese patrón sí daña de forma medible. La investigación de Wang y Kenny publicada en Child Development (2014) con 967 familias encontró que los gritos, insultos y humillaciones frecuentes aumentan los síntomas depresivos y los problemas de conducta en los hijos, con efectos comparables a los del castigo físico, y que el cariño del resto del tiempo no compensa el daño. La Biblia lo había advertido en Colosenses 3:21; el hijo exasperado se desalienta.
¿La Biblia permite castigar a los hijos?
La Biblia manda corregir a los hijos; Proverbios 13:24 dice que el que ama a su hijo “desde temprano lo corrige”. Lo que la Biblia no permite es la corrección como desahogo de la ira del padre; Proverbios 29:11 llama necio al que “da rienda suelta a toda su ira”, y Efesios 6:4 prohíbe que la corrección provoque la ira del hijo. La vara de Proverbios (shébet en hebreo) es la del pastor que guía y protege, un símbolo de autoridad que corrige con propósito, no una licencia para descargar fuerza o gritos sobre un niño.
¿Debo pedirle perdón a mi hijo si le grité?
Sí. Santiago 5:16 manda confesar las ofensas “unos a otros”, y tu hijo está incluido en ese mandato; si la ofensa fue contra él, la confesión le corresponde a él. Pedirle perdón no debilita tu autoridad, la respalda, porque le muestra que las normas de la casa también te aplican a ti. Hazlo simple y sin excusas, reconociendo que el grito fue falla tuya y no culpa de él, y sostén aparte la corrección que su conducta merezca. La consecuencia y la disculpa pueden convivir; una trata la falta del hijo, la otra trata la tuya.
Lo que puedes hacer hoy
Empieza por lo pendiente. Si hay un grito reciente sin reparar, hoy es el día de la confesión de Santiago 5:16; busca a tu hijo, ponte a su altura y pídele perdón con palabras simples. Vas a notar que ese momento te cuesta más que cualquier propósito, y que sana más que cualquier propósito.
Después identifica tu hora de riesgo, porque los gritos tienen horario; la salida al colegio, la tarea de la tarde, la pelea por dormirse. Elige la tuya y entra a esa hora con la oración corta ya lista, “pon guarda a mi boca, oh Jehová” (Salmo 141:3). Y cuando sientas el volumen subiendo, aplica la pausa; suelta lo que tienes en la mano, respira, y vuelve a corregir sin grito. Perderás algunas; el Padre que se acuerda de que eres polvo no te descarta por eso.
Te dejo una pregunta para esta semana. Cuando tu hijo sea grande y recuerde tu voz corrigiéndolo, ¿qué tono va a recordar, y qué le va a enseñar ese recuerdo sobre el Padre celestial? Si este estudio te sirvió, compártelo con ese papá o esa mamá que está luchando con los gritos y cree que ya no puede cambiar.
Sigue estudiando: la manera en que corriges sale de lo que hay guardado en tu corazón; continúa con qué dice la Biblia sobre el carácter. Y si los gritos que hoy te salen vienen de los que recibiste, el estudio de cómo sanar el niño interior es tu siguiente paso.
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