
¿Cuánto hay que dar, a quién y qué pasa si este mes no alcanza? Son las tres preguntas que casi nadie se atreve a hacer en voz alta en la iglesia, y la Biblia responde las tres con textos concretos.
Vamos a revisar de dónde salió el diezmo, para qué se usaba en Israel y qué criterio fijó Pablo para el creyente de hoy.

¿Qué dice la Biblia sobre el diezmo?
La Biblia presenta el diezmo como la décima parte de lo producido, apartada para Dios, y lo hace aparecer antes de que existiera la ley de Moisés. No nació como impuesto religioso; nació como gesto espontáneo de dos hombres agradecidos.
Después la ley lo reguló, le dio destino y lo convirtió en el sistema de sostenimiento de toda la estructura sacerdotal de Israel. Ese recorrido explica por qué la palabra sigue apareciendo hoy en cualquier conversación sobre dinero y fe.
El diezmo antes de la ley: Abram y Jacob
La primera vez que aparece un diezmo en la Escritura, Abram vuelve de rescatar a Lot y se encuentra con Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, que le sale al paso con pan y vino. Abram «le dio los diezmos de todo» (Génesis 14:20).
El detalle que suele pasarse por alto es que se trataba del botín de guerra, no de su patrimonio, y que nadie se lo pidió. Faltaban siglos para el Sinaí.
El segundo caso es su nieto. Jacob huye de Esaú, duerme con una piedra por cabecera y sueña con la escalera. Al despertar hace un voto que incluye una cifra: «de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti» (Génesis 28:22).
Dos hombres, dos épocas, la misma proporción, sin ley que la ordenara. El diez por ciento era una convención del Cercano Oriente antiguo para reconocer la autoridad de un rey o de un dios, y ambos patriarcas la usaron.
Para qué servía el diezmo en Israel
Cuando la ley lo regula, el diezmo deja de ser un gesto y pasa a ser presupuesto nacional. La tribu de Leví no recibió territorio en el reparto de Canaán, y ese fue el motivo del sistema: «he aquí yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel por heredad, por su ministerio» (Números 18:21).
La ley además alcanzaba a la producción entera. Levítico 27:30 incluye el diezmo de la semilla de la tierra y del fruto de los árboles, y Levítico 27:32 añade el ganado, contando una de cada diez cabezas que pasaban bajo la vara del pastor.
Hay un dato que casi no se predica: el diezmo israelita no era uno solo. Deuteronomio 14:22-26 describe un diezmo que la propia familia consumía en la fiesta delante de Dios, y Deuteronomio 14:28-29 ordena que cada tercer año el diezmo quedara en la ciudad para el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda.
Sumados, la carga total rondaba entre el veinte y el veintitrés por ciento anual. Quien hoy cita el diez por ciento como “el estándar bíblico” cita una fracción del sistema.
Malaquías 3:10 vincula el diezmo con el abastecimiento de ese sistema, «traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa». El alfolí era el depósito del templo donde se guardaban los víveres con que vivían los sacerdotes y desde donde se atendía al necesitado. Cuando el alfolí se vaciaba, los levitas volvían al campo y el culto se detenía; eso es exactamente lo que había pasado en tiempos de Nehemías (Nehemías 13:10).
¿El cristiano está obligado a diezmar hoy?
El Nuevo Testamento no repite el mandato del diez por ciento para la iglesia, pero tampoco cancela la obligación de sostener la obra y al necesitado; lo que hace es cambiar el criterio de medida, de un porcentaje fijo a una proporción decidida en el corazón.
Lo que dijo Jesús sobre los que diezmaban
Jesús mencionó el diezmo al reprender a los fariseos, que lo llevaban al extremo de pesar las hierbas de la huerta: «diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe» (Mateo 23:23).
Y cierra la frase con una cláusula que suele omitirse: «esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello». No les dijo que dejaran de diezmar; les dijo que un diezmo exacto no compensa una vida injusta.
En la parábola del fariseo y el publicano, el hombre que se jactaba de dar diezmos de todo lo que ganaba fue el que volvió a casa sin justificación (Lucas 18:12-14). El porcentaje estaba bien y la persona estaba mal.
El criterio que fijó Pablo
Pablo organizó una colecta internacional para los creyentes pobres de Jerusalén, y ahí dejó instrucciones prácticas. La primera es de calendario y proporción: «cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo» (1 Corintios 16:2).
Tres cosas quedan fijadas ahí: periodicidad semanal, participación de todos y una cantidad ligada a lo que cada uno recibió.
La segunda instrucción quita el peso de encima al que tiene poco: «porque si primero hay la voluntad dispuesta, será acepta según lo que uno tiene, no según lo que no tiene» (2 Corintios 8:12). Dios no cobra sobre ingresos inexistentes.
Pablo también sostuvo que quien trabaja en el evangelio vive del evangelio, y lo argumentó con la ley del buey que trilla y con el ejemplo del sacerdocio del templo (1 Corintios 9:13-14). El sostenimiento de la obra no era optativo para él.

¿Qué son las primicias y por qué se dan primero?
Las primicias eran los primeros frutos que maduraban en la cosecha, y se apartaban cuando todavía no se sabía cómo iba a resultar el resto. Dar de las primicias significa decidir la ofrenda antes de conocer el resultado del mes, no después.
Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos; y serán llenos tus graneros con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto.
Proverbios 3:9-10 (RV1960)
Trasladado a un salario, dar de las primicias significa apartar la ofrenda el día que entra el dinero, no el día veintiocho cuando ya se sabe qué quedó. Lo que se aparta al final del mes no es primicia, es sobra.
La promesa asociada tampoco es de lujos, sino de graneros llenos y lagares que rebosan: provisión sostenida en la vida cotidiana de los campesinos que escuchaban ese proverbio.

¿Cuánto debo dar según el Nuevo Testamento?
El Nuevo Testamento no fija un porcentaje, fija una disposición: cada uno da lo que decidió en su corazón, sin presión externa y sin tristeza. Ese es el estándar que Pablo escribió mientras recogía una colecta real, con cuentas y responsables.
Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.
2 Corintios 9:7 (RV1960)
La palabra griega detrás de “alegre” es hilarós, de donde viene nuestro adjetivo hilarante. Dios ama al que da riéndose.
Y eso solo es posible cuando ya se resolvió el asunto de la propiedad: entregar lo propio duele, entregar lo que se recibió de otra mano no tiene por qué doler. Ese es el fundamento que explico en el estudio sobre la mayordomía bíblica del dinero, y es el que hace posible dar sin apretar los dientes.
Pablo pone además un ejemplo que descoloca. Las iglesias de Macedonia estaban «en grande prueba de tribulación» y en «profunda pobreza», y aun así dieron «conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas», rogando que les dejaran participar (2 Corintios 8:2-4). Tuvieron que insistir para poder dar.
¿Se puede dar cuando el dinero no alcanza?
La Biblia registra sus dos ejemplos más elogiados de generosidad en personas que no tenían nada: una viuda extranjera con harina para una última comida y otra que echó en el arca sus dos últimas monedas. En ambos casos la escasez no fue impedimento, fue el escenario.
La viuda de Sarepta y la palabra “primero”
La escena ocurre durante una sequía severa. Elías llega a Sarepta y encuentra a una viuda recogiendo leña. Le pide agua y, cuando ella ya se va, le pide también un bocado de pan.
La respuesta de ella es de una honestidad desoladora: «no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir» (1 Reyes 17:12).
Estaba preparando la última comida de su vida y la de su hijo. Y Elías le pide algo que suena inaceptable: «hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo» (1 Reyes 17:13).
La palabra que sostiene toda la escena es “primero”. Con la promesa de que la harina y el aceite no faltarían hasta el día en que Dios diera lluvia, ella fue e hizo lo que Elías le dijo, y el texto registra el desenlace: «comió él, y ella, y su casa, muchos días» (1 Reyes 17:15-16).
Esta historia desarma el argumento más común contra la generosidad, el de “cuando tenga más, doy”. La provisión no llegó antes de su obediencia sino a través de ella. Siglos después Jesús mencionó el episodio en la sinagoga de Nazaret para señalar que Dios pasó de largo frente a muchas viudas de Israel y sostuvo a una extranjera de Sidón (Lucas 4:25-26).
Las dos blancas: cómo mide Dios una ofrenda
Jesús se sentó frente al arca de las ofrendas del templo y se puso a mirar cómo echaba el dinero la gente. Muchos ricos echaban mucho; una viuda pobre echó dos blancas, «que son un cuadrante» (Marcos 12:41-42), la moneda de menor valor en circulación.
Y llamó a sus discípulos para darles la aritmética del cielo: «esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento» (Marcos 12:43-44).
El criterio no fue el monto entregado sino el monto que quedó. Ella terminó en cero, y ese es el número que Jesús estaba mirando.

¿Qué promete la Biblia al que da?
La Biblia promete provisión y suficiencia al que reparte, no enriquecimiento garantizado. La diferencia entre esas dos cosas es la línea que separa la generosidad bíblica de la mercadotecnia religiosa.
Proverbios lo plantea como una ley que funciona al revés de la aritmética común: «hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza. El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado» (Proverbios 11:24-25).
Jesús usa una imagen tomada del mercado de granos: «medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir» (Lucas 6:38). El vendedor honesto apretaba el grano y lo sacudía para que cupiera más antes de entregarlo.
Ahora, mira con cuidado el objetivo que Pablo le pone a esa abundancia: «para que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra» (2 Corintios 9:8). Lo suficiente para ti, lo abundante para la obra. El dinero que llega por esta vía viene con destinatario.
Y Pablo cierra el circuito completo en su despedida de Éfeso, cuando une el trabajo con la ayuda al necesitado y cita una frase de Jesús que no aparece en ningún evangelio: «más bienaventurado es dar que recibir» (Hechos 20:35). En el versículo anterior había mostrado sus manos como prueba de que con ellas se sostuvo.
Preguntas frecuentes sobre el diezmo y las ofrendas
¿Cuál es la diferencia entre diezmo y ofrenda?
El diezmo es una proporción fijada, la décima parte de lo producido, y en Israel tenía un destino asignado por ley: el sostenimiento de los levitas, que no recibieron tierra (Números 18:21). La ofrenda es voluntaria en cantidad y en momento; en la construcción del tabernáculo hubo que ordenar al pueblo que dejara de traer material porque sobraba (Éxodo 36:5-7).
¿Se puede diezmar del salario neto o del bruto?
La Escritura no legisla sobre nóminas ni retenciones, así que no hay un texto que zanje la pregunta. El principio que sí aplica es el de las primicias de Proverbios 3:9: se aparta al inicio y sobre lo que se recibe. Quien decide dar sobre el bruto está tomando una decisión de mayor generosidad, no cumpliendo una norma superior. Pablo dejó el asunto en manos de cada uno, según haya prosperado (1 Corintios 16:2).
¿Es pecado no diezmar si tengo deudas?
La Biblia manda pagar lo que se debe y también dar, y no presenta esas dos órdenes como rivales. El criterio de 2 Corintios 8:12 es que la ofrenda se mide según lo que uno tiene, no según lo que no tiene, así que quien atraviesa una crisis puede dar una cantidad menor sin culpa mientras ordena sus cuentas. Lo que la Escritura no autoriza es dejar de dar por comodidad y llamarlo prudencia.
¿A dónde debe ir el diezmo o la ofrenda?
El modelo bíblico apunta a la congregación donde se recibe enseñanza y al necesitado concreto. En Israel el destino era el alfolí del templo, y cada tercer año el diezmo quedaba para el huérfano, la viuda y el extranjero (Deuteronomio 14:28-29). En el Nuevo Testamento aparecen las dos vías: sostener a quien enseña la Palabra (1 Corintios 9:13-14) y socorrer a los santos pobres de otra ciudad (2 Corintios 8:4).
Lo que puedes hacer este mes
Define una cifra antes de que entre el próximo ingreso y escríbela. Puede ser el diez por ciento, menos si estás cerrando una deuda o más si el margen te lo permite; lo que la Escritura pide es una cantidad decidida y no lo que quede suelto.
Y súmale un destinatario con nombre. Además de lo que entregas en tu congregación, elige a una persona concreta cuya necesidad conoces y cubre una parte este mes, sin anunciarlo.
Sigue estudiando: este tema es una pieza dentro de un cuadro más grande. Continúa con qué dice la Biblia sobre administrar el dinero y con la codicia y el amor al dinero.
