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Cómo debe tratar la iglesia a los homosexuales

agosto 8, 2026
Cómo debe tratar la iglesia a los homosexuales

La iglesia debe tratar a las personas homosexuales igual que Jesús trató a quienes los religiosos de su tiempo señalaban en público: sin fingir que su vida no existe, pero también sin usar un versículo como primera piedra. Muchas personas homosexuales fueron humilladas desde un púlpito, expulsadas de su casa por padres creyentes o señaladas por su nombre en una reunión. Eso no fue un exceso de celo ni un malentendido. Fue pecado de la iglesia, y como pecado hay que llamarlo, confesarlo y repararlo donde todavía se pueda.

Este artículo es la continuación práctica de qué dice la Biblia sobre la homosexualidad, donde revisamos los pasajes con su contexto histórico. Aquí no vamos a repetir esa exégesis; vamos a mirar qué hizo Jesús con la gente que el sistema religioso marcaba, y qué le corresponde hacer hoy a una congregación que quiere parecerse a Él.

¿Qué hizo Jesús con la gente que los religiosos de su época condenaban?

¿Qué hizo Jesús con la gente que los religiosos de su época condenaban?

Jesús protegió primero el cuerpo de la persona señalada y habló después sobre su vida, nunca al revés. La escena de Juan 8 lo muestra en un solo cuadro, y es el punto de partida obligado para cualquier congregación que quiera revisar su trato hacia las personas homosexuales.

Traen a una mujer sorprendida en adulterio, con la ley en la mano y las piedras listas. Jesús no discute el texto legal; se agacha a escribir en el suelo y dice una frase que vacía el patio: “el que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7). Se fueron todos, empezando por los más viejos. Cuando quedan solos, Jesús no simula que no pasó nada ni le lee una sentencia. Le dice “ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:11).

Las dos frases van juntas y ninguna anula a la otra. El orden importa: primero la protección física frente a la turba, después la palabra sobre su vida. La iglesia ha invertido ese orden durante décadas, empezando por la sentencia y sin llegar nunca a la protección. Y hay otro dato del ministerio de Jesús que incomoda a quien predica solo dureza: la acusación que sus enemigos repetían contra Él era “amigo de publicanos y de pecadores” (Mateo 11:19). Su reputación pública era la de alguien que comía con la gente que el sistema religioso marcaba. Si la reputación de una congregación hoy es exactamente la contraria, ese contraste debería preocupar a sus líderes.

¿Qué significa amar sin aprobar en la práctica de una congregación?

¿Qué significa amar sin aprobar en la práctica de una congregación?

Significa mantener una convicción sin convertirla en un trato distinto para una sola categoría de persona. Existe la idea de que solo hay dos opciones frente a una persona homosexual: aprobar todo o alejarse. Es falsa, y la vida de Jesús lo demuestra con dos personas concretas.

Jesús comió en la casa de Zaqueo antes de que este devolviera un peso, y conversó largo con la mujer samaritana que iba por su sexta relación, diciéndole “porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido” (Juan 4:18) sin que ese dato cambiara el trato que le dio en el resto de la conversación. A ninguno de los dos les condicionó la cercanía a un cambio previo, y a ninguno de los dos les ocultó lo que veía en su vida.

En la práctica de una iglesia esto se traduce en decisiones concretas. Que la convicción de la congregación se diga con claridad y respeto, no se repita como consigna en cada sermón buscando un blanco fijo. Que a una persona homosexual no se le nombre desde el púlpito como ejemplo de decadencia mientras a otros pecados —la avaricia, el chisme, el divorcio sin causa bíblica— nadie los menciona con la misma frecuencia. Que se le permita servir, participar y ser recibida como cualquier otro miembro que atraviesa una lucha, porque ninguna iglesia trata a sus solteros con vida sexual activa o a sus divorciados sin causa bíblica con el mismo escrutinio público que reserva para este tema.

La lista de 1 Corintios 6:9-10 como espejo, no como arma

Pablo escribió una lista de conductas incompatibles con el Reino que incluye a los “que se echan con varones”, pero también a los avaros, los borrachos, los maldicientes y los estafadores (1 Corintios 6:9-10). Cualquier persona que haya pasado un domingo en una iglesia sabe que en esos renglones cabe media congregación, y que la avaricia y la lengua que destruye reputaciones rara vez producen un sermón de confrontación con el mismo tono que este tema.

Y justo después de esa lista, Pablo escribe el versículo que la desactiva como arma: “y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados” (1 Corintios 6:11). Se lo dice a personas concretas, sentadas en esa misma congregación, que venían de todo lo que la lista enumera. Una iglesia que usa el versículo 9 y se salta el 11 no está citando el pasaje completo, está citando la mitad que le conviene.

¿Cómo se pide perdón por el maltrato de la iglesia hacia las personas homosexuales?

¿Cómo se pide perdón por el maltrato de la iglesia hacia las personas homosexuales?

Se pide perdón nombrando el hecho concreto, no hablando en general. “Si alguien se sintió ofendido” no es una disculpa, es una salida. “Te echamos de la casa a los diecisiete años y estuviste tres meses durmiendo donde pudiste, eso lo hicimos nosotros y estuvo mal” sí lo es, porque asume el hecho y no traslada la culpa al que lo sufrió.

Y Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.

Lucas 19:8 (RV1960)

Zaqueo dejó el modelo. Cuando Jesús entró a su casa, no anunció un sentimiento; anunció una reparación con cifras. Reparar en este terreno se parece a eso: volver a llamar a la persona que se fue de la congregación hace años, retirar en público lo que se dijo en público, sostener la relación durante el tiempo que haga falta sin condicionarla a que la persona cambie primero. Una disculpa que llega solo después de que alguien “se arrepiente” no es reparación, es negociación, y Zaqueo no negoció, restituyó antes de que nadie se lo exigiera.

Esto tiene una consecuencia concreta para las familias. Si eres tú quien está aprendiendo a recibir de nuevo a un hijo o a un hermano que la congregación marginó, el proceso completo —las primeras conversaciones, qué evitar, cómo sostener la relación sin renunciar a tus convicciones— lo tienes desarrollado en cómo responder a un hijo que dice que es homosexual.

¿Debe una iglesia permitir que una persona homosexual sirva o participe?

Depende de la misma vara que la iglesia aplica a cualquier otro miembro que atraviesa una lucha con el pecado, no de una vara distinta reservada para este caso. La membresía y la participación en la vida común de la congregación —adorar, servir en tareas prácticas, recibir cuidado pastoral— no son lo mismo que ocupar un puesto de enseñanza o liderazgo, y la mayoría de las tradiciones cristianas distinguen entre ambas cosas para cualquier miembro que vive en conducta contraria a lo que la iglesia enseña, sea cual sea esa conducta.

Lo que no sostiene el texto bíblico es excluir a una persona de la congregación por sentir atracción, porque ningún pasaje castiga un sentimiento; ni tratarla con un proceso disciplinario que a un miembro con otro tipo de pecado no se le aplicaría. Pablo, escribiéndole a la iglesia de Corinto sobre un caso de incesto que sí requería disciplina formal, dejó claro el propósito: “para que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús” (1 Corintios 5:5). La disciplina bíblica busca restaurar, no exhibir, y se aplica con el mismo criterio a cualquier pecado que la persona practique de forma abierta y sin arrepentimiento, no como una categoría aparte para este tema.

Hay un principio que ordena esta pregunta: “porque ¿qué me va a mí en juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro?” (1 Corintios 5:12). Pablo distingue entre cómo trata la iglesia a quien está dentro de la comunidad de fe y cómo se relaciona con el mundo que la rodea, y esa distinción evita dos errores opuestos: exigirle al no creyente un estándar bíblico que todavía no ha aceptado, o dejar sin ningún acompañamiento a quien sí forma parte de la congregación.

¿Qué pasa cuando una iglesia guarda silencio total sobre este tema por miedo al conflicto?

¿Qué pasa cuando una iglesia guarda silencio total sobre este tema por miedo al conflicto?

El silencio total tampoco es la respuesta bíblica, aunque parezca más seguro que la confrontación. Una congregación que nunca menciona el tema deja a sus propios miembros homosexuales sin ningún acompañamiento pastoral, y deja a los padres sin ninguna guía cuando su hijo les cuenta algo en casa. El silencio no es neutralidad, es abandono disfrazado de prudencia, y con frecuencia nace del miedo a perder gente cómoda antes que del cuidado por la gente que sufre en silencio.

Pablo le escribió a Timoteo que predicara “a tiempo y fuera de tiempo” (2 Timoteo 4:2), no solo cuando resultara cómodo para el calendario de la congregación. Una iglesia sana enseña sobre sexualidad, matrimonio y gracia con la misma frecuencia con que enseña sobre cualquier otro asunto de la vida cristiana, sin convertirlo en tabú ni en obsesión, para que cuando alguien necesite esa enseñanza ya la tenga, en lugar de recibirla por primera vez en medio de una crisis.

Preguntas frecuentes sobre cómo debe tratar la iglesia a los homosexuales

¿Es correcto que una iglesia expulse a un miembro por ser homosexual?

No, si “ser homosexual” se refiere a sentir atracción, porque ningún pasaje bíblico castiga un sentimiento. La disciplina eclesiástica bíblica responde a conducta pública y sostenida sin arrepentimiento, y se aplica con el mismo criterio que a cualquier otro pecado sexual o de otra clase, no como una categoría especial reservada para este caso (1 Corintios 5:11-13).

¿Cómo debe hablar un pastor de este tema desde el púlpito?

Con la misma proporción que le dedica a cualquier otro pecado, sin convertirlo en el tema recurrente de la congregación ni en el ejemplo favorito de decadencia moral. Jesús habló mucho más del dinero, la hipocresía religiosa y el trato al pobre que de la conducta sexual, y una predicación equilibrada refleja esas mismas prioridades (Mateo 23:23).

¿Debe la iglesia disculparse aunque los responsables del daño ya no estén?

Sí. La reparación no depende de que quien causó el daño siga presente; depende de que la comunidad reconozca el patrón y lo corrija hacia adelante. Nehemías confesó pecados que no había cometido personalmente, sino que pertenecían a su pueblo: “Confieso los pecados de los hijos de Israel, que hemos cometido contra ti” (Nehemías 1:6), y ese modelo de confesión comunitaria sigue siendo válido hoy.

Lo que puedes hacer hoy

Si lideras un grupo, una clase o una congregación, revisa esta semana cuánto tiempo de enseñanza le has dedicado a este tema comparado con el dinero o el chisme, y ajusta la proporción. Si conoces a alguien que dejó la iglesia por algo que se le dijo sobre su sexualidad, escríbele hoy, no para convencerlo de nada, solo para decirle que la puerta sigue abierta.

Te dejo una pregunta para esta semana: si Jesús visitara tu congregación un domingo cualquiera, ¿con quién se sentaría a comer? Si este artículo te sirvió, compártelo con alguien que lidera una iglesia o un grupo pequeño. Sigue estudiando en qué dice la Biblia sobre la homosexualidad y en cómo responder a un hijo que dice que es homosexual.