Si escribiste esta pregunta en Google, lo más probable es que no sea teórica. Quizá ya viven juntos, o están a punto de tomar la decisión, y quieres saber qué dice Dios antes de dar el paso o después de haberlo dado. Esa honestidad de venir a preguntar ya dice algo bueno de ti.
La respuesta corta es sí: la Biblia enseña que vivir como esposos sin ser esposos es pecado, porque la intimidad sexual pertenece al pacto del matrimonio. Pero la respuesta corta no alcanza. En este estudio vamos a ver de dónde sale esa enseñanza, qué es el matrimonio para Dios, cómo trató Jesús a una mujer que convivía sin estar casada, qué muestran los estudios sobre la convivencia antes de la boda y, sobre todo, cuál es el camino si ya viven juntos. Porque este artículo no termina en el diagnóstico; termina en la salida.
¿Es pecado vivir juntos antes de casarse según la Biblia?
Sí, es pecado, y conviene entender por qué. La Biblia no tiene un versículo que diga textualmente “no vivas con tu pareja antes de la boda”, porque en el mundo bíblico esa situación casi no existía; una pareja que compartía casa y cama era, ante toda la comunidad, un matrimonio. Lo que la Biblia sí establece con claridad es el principio: la relación sexual tiene un solo lugar aprobado por Dios, y ese lugar es el matrimonio.
Hebreos 13:4, el versículo que traza la línea
Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios.
Hebreos 13:4 (RV1960)
Mira cómo está construido el versículo, porque en una sola frase deja el mapa completo. Primero declara el matrimonio “honroso en todos”, es decir, digno de honra para todo el mundo, sin excepciones de cultura ni de época. Después dice que el lecho, la cama de los esposos, es “sin mancilla”: dentro del matrimonio, la intimidad sexual es limpia delante de Dios, sin nada de qué avergonzarse.
Y luego nombra a los que quedan fuera de esa protección: los fornicarios y los adúlteros. El adúltero es el casado que busca intimidad fuera de su matrimonio. El fornicario es el no casado que vive la intimidad sexual sin haber entrado al matrimonio. El versículo no deja una tercera categoría intermedia; para la Escritura, la cama compartida está dentro del pacto o está fuera de él.
Qué significa fornicación en la Biblia
La palabra griega detrás de “fornicación” es porneia, y su alcance es amplio a propósito: cubre toda relación sexual fuera del matrimonio, sin importar si hay amor, fidelidad o convivencia estable de por medio. Pablo la usa cuando les explica a los tesalonicenses cuál es la voluntad de Dios para este tema.
Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios.
1 Tesalonicenses 4:3-5 (RV1960)
Fíjate en el detalle del pasaje: Pablo no les pide a los tesalonicenses que apaguen el deseo, les pide que lo vivan “en santidad y honor”, con esposa propia, dentro del pacto. El contraste es con “los gentiles que no conocen a Dios”, que vivían la sexualidad sin ningún marco. La diferencia entre un creyente y su cultura, dice Pablo, se nota en este punto exacto.
Ahora bien, decir “la intimidad pertenece al matrimonio” obliga a responder otra pregunta primero. ¿Qué es exactamente el matrimonio para Dios? ¿Un papel, una fiesta, una ceremonia religiosa? Vamos a la primera página de la Biblia.
¿Qué es el matrimonio según la Biblia?
Según la Biblia, el matrimonio es un pacto público y permanente entre un hombre y una mujer, diseñado por Dios desde la creación. La definición no la inventó Moisés ni la iglesia; la dio Dios en Génesis y Jesús la citó palabra por palabra cuando le preguntaron sobre el tema (Mateo 19:4-5).
Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.
Génesis 2:24 (RV1960)
Dejar, unirse, una sola carne: el orden importa
El versículo tiene tres verbos en un orden que no es casual. Primero “dejará”: el hombre sale de la casa de sus padres, y en el mundo antiguo eso no se hacía en secreto; toda la familia, y con ella la comunidad, sabía que ese hombre estaba formando un hogar nuevo. Dejar era un acto visible.
Segundo, “se unirá”. El verbo hebreo es dabaq, que describe una adhesión que no se despega; es la misma palabra que usa Rut cuando decide quedarse con Noemí pase lo que pase (Rut 1:14). No describe un ensayo ni un “vamos viendo”; describe un compromiso que se declara antes de vivirse.
Y tercero, “serán una sola carne”. La unión física llega al final de la secuencia, como sello de lo que ya se dejó y ya se pactó. La convivencia antes del matrimonio invierte el orden: toma la tercera parte, la intimidad de esposos, sin haber pasado por las dos primeras. Por eso la Biblia no la reconoce como matrimonio; tiene el contenido físico del pacto sin el pacto.
El pacto público frente al arreglo privado
En toda la Biblia, el matrimonio se formaliza delante de testigos. El ejemplo más detallado es el de Booz, que quería casarse con Rut y fue a la puerta de la ciudad, el lugar donde se cerraban los asuntos legales, reunió a diez ancianos y declaró delante de todo el pueblo: “Vosotros sois testigos hoy” (Rut 4:9-10). Booz amaba a Rut, y justo por eso no la llevó a su casa sin más; le dio un pacto que toda la ciudad pudiera reclamarle.
El profeta Malaquías usa la misma categoría cuando Dios reclama a los maridos infieles de Israel: llama a la esposa “tu compañera, y la mujer de tu pacto” (Malaquías 2:14), y dice que Dios mismo fue testigo de esa unión. Para Dios, el matrimonio es un pacto con testigos, empezando por Él.
La unión libre es exactamente lo contrario en su estructura: un arreglo privado, sin testigos, que cualquiera de los dos puede deshacer sin responderle a nadie. Puede haber amor sincero adentro, y muchas veces lo hay. Pero le falta lo que convierte el amor en matrimonio: el compromiso declarado del que la comunidad y Dios son testigos.
Juan 2: Jesús empezó sus milagros en una boda
Hay un dato del ministerio de Jesús que habla directo a este tema. Su primer milagro no fue en el templo ni en una sinagoga; fue en la fiesta de bodas de Caná, adonde fue invitado con su madre y sus discípulos (Juan 2:1-2). Cuando el vino se acabó, y quedarse sin vino era una vergüenza social enorme para la familia, Jesús convirtió el agua en vino y salvó la celebración (Juan 2:7-10).
Piensa en lo que eso implica. Si la boda fuera un trámite humano del que Dios puede prescindir, sería extraño que el Hijo de Dios inaugurara su ministerio sosteniendo una. Jesús honró con su presencia y con su poder la celebración pública del pacto. Y años después, hablando del matrimonio, lo definió con esta frase: “Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Marcos 10:9). En el matrimonio, el que junta es Dios; por eso el pacto se hace delante de Él.
Si estás en la etapa previa y quieres construir la relación sobre este diseño desde el principio, te dejo el estudio completo del noviazgo según la Biblia. Y ahora vamos a la escena que más luz da sobre nuestra pregunta: el día en que Jesús conversó con una mujer que vivía con un hombre que no era su marido.
¿Qué piensa Jesús de la unión libre? La mujer samaritana
La Biblia registra una conversación de Jesús con una persona que vivía en unión libre, y esa escena responde dos preguntas a la vez: si para Jesús convivir es lo mismo que estar casado, y cómo trata Jesús a quien vive esa situación. Está en Juan 4, y vale la pena verla completa.
La escena del pozo: por qué ella estaba sola al mediodía
Jesús viajaba de Judea a Galilea y se detuvo, cansado, junto al pozo de Jacob, cerca de la ciudad samaritana de Sicar. Era “como la hora sexta” (Juan 4:6), el mediodía, la hora de más calor. Las mujeres del pueblo iban por agua temprano en la mañana, en grupo; esta mujer fue sola y a la peor hora. El detalle sugiere que evitaba a las demás, que cargaba una historia de la que el pueblo hablaba.
Y había otra barrera: los judíos no se trataban con los samaritanos, y un maestro judío no conversaba en público con una mujer desconocida. Jesús rompió las dos barreras con una petición sencilla: “Dame de beber” (Juan 4:7). Él empezó la conversación pidiéndole algo a ella, poniéndose en el lugar del que necesita. Así se acercó Jesús a una mujer que todo su pueblo había etiquetado.
“El que ahora tienes no es tu marido”: la distinción de Jesús
En medio de la conversación sobre el agua viva, Jesús le pidió algo inesperado.
Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.
Juan 4:16-18 (RV1960)
Detente en la frase central: “el que ahora tienes no es tu marido”. Ella vivía con un hombre, compartía techo y vida con él, y Jesús no lo llamó marido. Para Jesús, la convivencia no convierte a un hombre en esposo ni a una mujer en esposa. Ahí queda respondida, de labios del propio Cristo, la pregunta de si vivir juntos equivale a estar casados: no equivale.
Pero mira igual de cerca el tono. Jesús no le gritó, no la expuso ante nadie, no le puso una etiqueta. Hasta reconoció su honestidad dos veces: “bien has dicho”. Nombró la situación con exactitud, sin suavizarla y sin usarla para aplastarla. Esa combinación, claridad completa y respeto completo, es la que este artículo intenta imitar, porque es la de Jesús.
El agua viva: lo que Jesús le ofreció antes de corregirla
Hay un orden en la conversación que no puedes perderte: antes de mencionar a los cinco maridos, Jesús ya le había ofrecido el regalo.
Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.
Juan 4:10 (RV1960)
Jesús le ofreció el agua viva a una mujer que todavía vivía en unión libre. No le dijo “arregla tu situación y vuelves”; le mostró primero quién era Él y qué tenía para darle. La corrección vino dentro de una oferta de vida, no en lugar de ella. Y el final de la escena lo confirma: esa mujer dejó su cántaro, corrió al pueblo que la señalaba, y por su testimonio “muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él” (Juan 4:39). La señalada terminó siendo la primera evangelista de Samaria.
Jesús distinguió convivencia de matrimonio sin humillar a nadie. La pregunta que sigue es práctica: si el deseo de estar juntos es tan fuerte, ¿qué propone la Biblia hacer con él? Pablo lo respondió sin rodeos.
¿Por qué la Biblia dice que es mejor casarse? 1 Corintios 7 explicado
La Biblia dice que es mejor casarse porque el matrimonio es el lugar que Dios diseñó para el deseo sexual, no su enemigo. El capítulo donde Pablo lo enseña, 1 Corintios 7, responde una carta que los propios corintios le habían escrito, y entender ese contexto cambia la lectura completa.
El contexto de Corinto: entre dos extremos
Corinto era una ciudad portuaria famosa en todo el imperio por su vida sexual desbordada; su templo pagano era conocido por la prostitución ritual. Frente a ese ambiente, algunos creyentes de la iglesia se fueron al extremo contrario y propusieron en su carta que lo espiritual era no tocar mujer en absoluto, ni siquiera dentro del matrimonio (1 Corintios 7:1). Pablo les responde corrigiendo los dos extremos a la vez.
“Pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido.” (1 Corintios 7:2).
Fíjate que Pablo habla en pareja de frases: su propia mujer, su propio marido. La instrucción es para los dos por igual, y la salida que ofrece frente a la tentación no es aguantar con los dientes apretados ni tampoco convivir sin compromiso: es casarse. Unos versículos después lo dice con una imagen que se entiende sola.
“Mejor es casarse que estarse quemando”
“Pero si no tienen don de continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando.” (1 Corintios 7:9).
“Estarse quemando” traduce el verbo griego pyrousthai, arder por dentro. Pablo reconoce sin rodeos que el deseo existe y que en muchas personas arde con fuerza; no lo trata como algo sucio ni finge que la oración lo apaga solo. Su instrucción es de una honestidad enorme: si arden el uno por el otro, cásense.
Nota lo que Pablo no dice. No dice “vivan juntos un tiempo a ver si funcionan”, ni “esperen a tener la fiesta que sueñan”. Dice cásense, y en su época casarse no exigía un banquete costoso; exigía el compromiso público. El obstáculo que hoy detiene a muchas parejas, el costo de la boda soñada, no es un requisito bíblico. El pacto es el requisito; la fiesta es opcional.
Aun así, muchos responden con un argumento que suena sensato: convivir primero sirve para probar la relación antes de comprometerse. Ese argumento ya fue puesto a prueba, con décadas de datos. Veamos qué salió.
¿Vivir juntos antes de casarse ayuda a que el matrimonio funcione?
No. Los estudios muestran que convivir antes de la boda no reduce el riesgo de divorcio, y en el largo plazo lo aumenta. La idea de la “prueba” suena lógica, pero los datos de varias décadas apuntan en la dirección contraria del sentido común popular.
El estudio de Stanford: el efecto aparece a los cinco años
Los sociólogos Michael Rosenfeld y Katharina Roesler, de la Universidad de Stanford, publicaron en el Journal of Marriage and Family un análisis de la Encuesta Nacional de Crecimiento Familiar de Estados Unidos, con datos de más de 200.000 mujeres recogidos entre 1970 y 2015. El hallazgo: las parejas que convivieron antes de casarse mostraban menos divorcios solo durante el primer año de matrimonio; a partir de ahí la tendencia se invertía, y al llegar a los cinco años su tasa de ruptura superaba a la de quienes se casaron sin convivir primero.
Los autores explican que ese beneficio inicial había confundido a otros investigadores: mirando solo los primeros años, parecía que la convivencia entrenaba a la pareja. Al mirar décadas, el patrón se sostiene generación tras generación, incluso ahora que convivir es socialmente normal. La convivencia previa no fabrica matrimonios más resistentes.
Por qué la prueba no prueba nada
¿Y por qué pasaría esto? Los investigadores del tema describen un mecanismo que ellos llaman deslizarse en vez de decidir: muchas parejas no deciden casarse, se van deslizando; primero unas noches, luego la mudanza, luego el contrato de arriendo, luego los hijos, y un día están casados por inercia, porque separarse ya salía muy caro, no porque eligieron a esa persona con todo lo que son.
Hay algo más de fondo, y es que la prueba no puede medir lo que dice medir. Lo que sostiene un matrimonio en los años difíciles es el compromiso sin puerta de salida, y eso es justo lo único que la convivencia no incluye. Ensayar el matrimonio sin compromiso es ensayar otra cosa. El diseño de Dios no está peleado con la evidencia; los datos terminan describiendo lo que Génesis 2:24 ya había ordenado: primero el pacto, después la vida compartida.
Ahora, si el pacto es lo que define el matrimonio, aparece una duda muy frecuente entre creyentes: ¿y el matrimonio civil? ¿Cuenta ante Dios un contrato del Estado, o solo la boda por la iglesia?
¿El matrimonio civil es válido ante Dios?
Sí, el matrimonio civil es válido ante Dios. Es un pacto público, con testigos, registrado ante la autoridad, y eso es exactamente lo que la Biblia describe como matrimonio. La ceremonia religiosa es una bendición hermosa y recomendable, pero no es la que constituye el pacto.
“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.” (Romanos 13:1
Romanos 13 enseña que la autoridad civil fue establecida por Dios para ordenar la vida en sociedad. Cuando una pareja firma su matrimonio ante esa autoridad, está haciendo lo mismo que hizo Booz en la puerta de la ciudad: declarar su unión delante de los testigos legales de su comunidad. En tiempos bíblicos no existía una ceremonia religiosa de bodas en el templo; el matrimonio era un acto familiar y legal, y Dios lo reconocía como pacto hecho delante de Él (Malaquías 2:14).
Esto tiene una consecuencia práctica que libera a muchas parejas: si hoy viven en unión libre, no necesitan reunir el dinero de una boda grande para estar en orden con Dios. Una firma ante el registro civil, con dos testigos, ya constituye el pacto. La celebración puede llegar después, cuando se pueda; la obediencia no tiene que esperar a la fiesta.
Y con eso llegamos a la sección más importante de este estudio, la que quizá viniste a buscar desde el principio. ¿Qué hace una pareja que ya vive junta y quiere hacer las cosas como Dios dice?
¿Qué hacemos si ya vivimos juntos? El camino para ordenar la relación
Si ya viven juntos, el camino bíblico no es la condenación sino el orden: reconocer la situación delante de Dios, y convertir la convivencia en matrimonio. Fíjate que la meta no es destruir lo que tienen; es completarlo con lo que le falta, el pacto.
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
Romanos 8:1).
Primero: hablen con Dios, sin maquillar nada
El primer paso no es administrativo, es espiritual. Juntos o por separado, pónganle nombre a la situación delante de Dios: hemos vivido como esposos sin serlo. La promesa para ese momento es concreta.
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9).
Mira las dos palabras que usa Juan: fiel y justo. Fiel, porque Dios cumple lo que prometió aunque tú llegues con años de situación irregular encima. Justo, porque el precio de ese perdón ya lo pagó Cristo en la cruz; perdonarte no es que Dios haga una excepción contigo, es que aplica lo que su Hijo ya compró. La confesión no te consigue el perdón; te conecta con el que ya estaba disponible.
Segundo: cásense; no necesariamente separarse primero
Si los dos aman a Dios y quieren seguir juntos, la salida bíblica es directa: cásense. Es la instrucción de 1 Corintios 7:9 aplicada a su caso. Algunos pastores recomiendan vivir separados hasta la boda como señal de un comienzo nuevo, y otros recomiendan fijar una fecha cercana sin deshacer el hogar, sobre todo cuando hay hijos; la Escritura no ordena la separación previa, ordena el matrimonio. Ese detalle pueden conversarlo con su pastor según su situación concreta.
Lo que sí conviene es que la fecha sea cercana y concreta. Un “algún día nos casamos” que lleva cinco años no es un plan, es la forma en que la decisión se sigue aplazando. La firma civil de la que hablamos arriba está al alcance de casi cualquier pareja en cuestión de semanas.
Recuerda cómo terminó Jesús la conversación con la mujer sorprendida en adulterio, un caso aún más duro que el tuyo: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:11). Las dos frases van juntas. Sin la primera, la segunda aplasta; sin la segunda, la primera deja todo igual. Dios te ofrece las dos: perdón completo y un paso concreto de obediencia.
Tercero: hablen con su pastor, y qué hacer si uno no quiere casarse
Busquen a su pastor o a alguien que conozca la Palabra y les hable con honestidad, y cuéntenle su situación sin adornos. Un buen pastor no los va a exhibir; los va a acompañar en los pasos, la consejería prematrimonial y la fecha. Si en su congregación alguien los trata con desprecio por su situación, esa actitud no vino de Jesús; ya viste cómo trató Él a la samaritana.
Queda el caso más doloroso: cuando uno de los dos quiere ordenar la relación y el otro se niega a casarse. Ahí la conversación es distinta, porque una negativa sostenida a comprometerse dice algo sobre el lugar que ocupas en los planes de esa persona. Si estás en esa espera, el estudio sobre esperar al esposo según la Biblia te va a ayudar a mirar tu situación con los ojos de Dios y sin autoengaño.
Falta la última pieza del estudio, y es la que le da sentido a todo lo anterior. ¿Por qué Dios pide esto? ¿Qué protege el diseño del matrimonio que la unión libre deja sin proteger?
¿Por qué Dios diseñó el matrimonio y no la unión libre?
Dios diseñó el matrimonio como protección, no como capricho ni como trámite para complicarle la vida a los enamorados. Cada mandato de Dios cuida algo, y la Biblia lo dice de forma explícita: “Y nos mandó Jehová que cumplamos todos estos estatutos… para que nos vaya bien todos los días” (Deuteronomio 6:24). El diseño del matrimonio cuida, en concreto, a las dos personas más expuestas del arreglo privado.
El pacto protege a la mujer
En el mundo antiguo, una mujer sin pacto matrimonial quedaba sin respaldo legal, sin herencia y sin nadie obligado a responder por ella; por eso Booz no tomó a Rut sin pasar por la puerta de la ciudad, y por eso Dios confronta en Malaquías al marido desleal recordándole que Él fue testigo del pacto con “la mujer de tu juventud” (Malaquías 2:14). Dios se pone de testigo para poder ser también defensor.
Los siglos cambiaron menos de lo que parece. En la unión libre de hoy, quien suele quedar en desventaja cuando la relación se rompe es quien más invirtió en el hogar y en la crianza, con menos derechos que los que un matrimonio le habría dado. El compromiso público delante de testigos sigue siendo lo que convierte “estamos juntos mientras funcione” en “cuenta conmigo, con respaldo, todos los días de mi vida”.
El pacto protege a los hijos
El diseño también cuida a los que no eligieron nada de esto: los hijos. Un niño que nace dentro de un pacto nace dentro de una decisión que sus padres declararon delante de Dios y de los hombres antes de que él llegara; su hogar no depende de que la relación “siga funcionando”, porque sus padres cerraron la puerta de salida a propósito. Malaquías conecta las dos cosas en el mismo pasaje: Dios buscaba en el pacto matrimonial “una descendencia para Dios” (Malaquías 2:15).
Visto así, el mandato deja de parecer una restricción arbitraria. Dios no te está negando la vida en pareja; te está pidiendo que la construyas sobre la base que resiste, porque Él sabe lo que cuesta cuando se construye sobre la otra. Si estás empezando una relación y quieres distinguir el enamoramiento de la decisión de amar, ese tema lo desarrollamos completo en qué dice la Biblia sobre enamorarse.
Preguntas frecuentes sobre vivir juntos antes del matrimonio
¿Qué dice la Biblia de las parejas que viven juntas sin casarse?
La Biblia no reconoce la convivencia como matrimonio. Jesús se lo dijo a la mujer samaritana con exactitud: “el que ahora tienes no es tu marido” (Juan 4:18). La relación sexual dentro de esa convivencia entra en lo que la Escritura llama fornicación (Hebreos 13:4; 1 Tesalonicenses 4:3), y la salida que la propia Biblia ofrece no es romper la relación sino formalizarla: “cásense” (1 Corintios 7:9). Dios trata a estas parejas como trató Jesús a la samaritana, con claridad sobre la situación y con una oferta de vida por delante.
¿Es pecado vivir juntos si no tenemos relaciones sexuales?
Compartir techo sin intimidad sexual no es fornicación en sí mismo, pero es una decisión que la Biblia desaconseja por dos razones. La primera es la tentación: dormir bajo el mismo techo cada noche con la persona que amas es ponerse a diario en el borde de lo que quieren evitar, y Pablo manda huir de la fornicación, no convivir con ella de cerca (1 Corintios 6:18). La segunda es el testimonio: 1 Tesalonicenses 5:22 pide abstenerse “de toda especie de mal”, y ante todos los que los ven, esa convivencia comunica lo contrario de lo que viven. Si el compromiso ya existe, el paso coherente es adelantar el matrimonio, no sostener el equilibrio.
¿Tenemos que separarnos si ya vivimos juntos y queremos obedecer a Dios?
No necesariamente. La Escritura no ordena deshacer el hogar; ordena convertirlo en matrimonio (1 Corintios 7:2,9). Si ambos quieren seguir juntos, el camino es confesarlo a Dios (1 Juan 1:9), fijar una fecha cercana y casarse; la firma civil ya constituye el pacto ante Dios (Romanos 13:1). Algunos pastores sugieren vivir separados hasta la boda como señal del comienzo nuevo, sobre todo si la fecha está cerca; es un tema para conversar con su pastor, no un mandato bíblico. Lo que no es opción es dejar todo como está indefinidamente.
¿Es pecado vivir en unión libre si ya tenemos hijos?
Los hijos no cambian la naturaleza de la situación, pero sí hacen el camino de salida más sencillo de lo que temes: casarse es precisamente lo que más los protege. Nadie te está pidiendo romper la familia; Dios te está invitando a sellarla. Un matrimonio de sus padres le da a un hijo el hogar declarado y con respaldo que la unión libre no puede garantizarle. Muchas parejas con hijos han hecho de su boda, incluso una civil sencilla, un recuerdo hermoso para toda la familia: el día en que papá y mamá se prometieron delante de Dios lo que ya vivían a medias.
Lo que puedes hacer hoy
Si viven juntos, hablen hoy los dos, con la Biblia abierta en Juan 4. Lean la escena de la samaritana completa y pregúntense: ¿qué nos está ofreciendo Jesús antes de pedirnos algo? Luego, cada uno delante de Dios, hagan la oración de 1 Juan 1:9 con sus propias palabras y sin maquillar nada.
Y den un paso medible esta semana: averigüen los requisitos del matrimonio civil en su ciudad, o pidan la cita con su pastor. No hace falta la boda soñada para obedecer; hace falta la fecha. Si todavía no conviven y estaban considerándolo, ya saben cuál es el orden del diseño: primero el pacto, después el techo compartido.
Te dejo una pregunta para esta semana: si Jesús se sentara con ustedes como se sentó junto al pozo de Sicar, ¿qué les diría que todavía no es, y qué les estaría ofreciendo al mismo tiempo? Si este estudio te sirvió, compártelo con esa pareja que conoces que lleva años diciendo “algún día nos casamos”.
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