
El quinto sello de Apocalipsis 6:9-11 muestra a las almas de los que fueron muertos por causa de la palabra de Dios, ubicadas debajo de un altar en el cielo, clamando «¿hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre?». Reciben dos cosas: vestiduras blancas y la instrucción de descansar todavía un poco de tiempo, hasta que se complete el número de sus hermanos.
Es la escena que sigue inmediatamente a los cuatro jinetes, y la que cambia el punto de vista: de la tierra al cielo, de caballos a voces, de fuerzas anónimas a personas con nombre delante de Dios.

Qué dice el texto del quinto sello
Vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?
Apocalipsis 6:9-10 (RV1960)
Cambia todo respecto de los cuatro sellos anteriores. No hay caballo, no hay jinete, no hay arma y no hay criatura viviente diciendo «ven». Lo que hay es un altar y un clamor.
La causa de muerte que el texto declara es doble y precisa: «por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían». No murieron por rebelión política ni por delito; murieron por lo que sostenían y decían.

¿Por qué están debajo del altar?
La ubicación es un detalle técnico del culto israelita que cualquier lector judío captaba al instante. En el sistema sacrificial, la sangre de la víctima se derramaba al pie del altar: el sacerdote debía derramar el resto de la sangre «al pie del altar del holocausto» (Levítico 4:7).
Poner a los mártires en ese lugar equivale a decir que sus vidas fueron ofrenda, no accidente. La sangre que corrió por la ejecución quedó registrada donde se registra la sangre de los sacrificios aceptados.
Pablo usó esa misma imagen para hablar de su propia muerte inminente: «yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano» (2 Timoteo 4:6), traduciendo un verbo griego que designa la libación derramada sobre el altar.
¿Qué significa «las almas» aquí?
La palabra griega es psyché, que en el Antiguo Testamento griego traduce el hebreo néfesh, la vida de la persona. Levítico 17:11 declara que «la vida de la carne en la sangre está», con esa misma palabra, lo que refuerza la conexión con el altar donde la sangre se derrama.
El pasaje muestra a estas personas conscientes, capaces de hablar y de recibir respuesta, antes de la resurrección que el libro describe más adelante (Apocalipsis 20:4-6). Es uno de los textos que sostienen la idea de un estado consciente entre la muerte y la resurrección final.
Pablo describió esa condición como estar «ausentes del cuerpo, y presentes al Señor» (2 Corintios 5:8), y a los filipenses les escribió que partir y estar con Cristo era muchísimo mejor (Filipenses 1:23).
«¿Hasta cuándo?»: una pregunta que la Biblia permite hacer
El clamor del quinto sello no es una queja que el texto reprenda. Es una fórmula fija que recorre la Escritura entera y que aparece en boca de creyentes, profetas y ángeles.
- David: «¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?» (Salmo 13:1).
- Asaf: «¿Hasta cuándo, oh Dios, nos afrentará el angustiador?» (Salmo 74:10).
- El salmista: «¿Hasta cuándo los impíos, hasta cuándo triunfarán los impíos?» (Salmo 94:3).
- Habacuc, que abre su libro así: «¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás?» (Habacuc 1:2).
- El ángel de Jehová ante los jinetes que patrullaban la tierra: «¿hasta cuándo no tendrás piedad de Jerusalén?» (Zacarías 1:12).
Que la misma pregunta aparezca en los salmos, en los profetas y en el cielo del Apocalipsis dice algo sobre la libertad que la Escritura concede al que sufre. La impaciencia con la injusticia no es incredulidad.
¿Es venganza lo que están pidiendo?
El verbo del versículo es judicial, no personal. Piden que Dios juzgue y haga justicia por su sangre, dirigiéndose a él como «Señor, santo y verdadero» y dejando el asunto en sus manos.
Es exactamente lo que Pablo manda hacer a los creyentes que sufren injusticia: «No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor» (Romanos 12:19).
Ninguno de ellos toma represalia ni pide poder para hacerlo. Presentan el caso ante el único que puede juzgarlo, que es lo contrario de la venganza privada.
El objeto del clamor tampoco es una persona concreta. Piden juicio sobre «los que moran en la tierra», expresión que el Apocalipsis usa varias veces para designar a quienes se oponen al Cordero, no a un individuo señalado con nombre.

La respuesta que reciben: vestiduras y espera
Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos.
Apocalipsis 6:11 (RV1960)
La respuesta tiene dos partes y el orden importa. Primero un gesto, después una explicación.
El gesto es la vestidura blanca. En el Apocalipsis, ese es el color de lo que pertenece al cielo, y es lo que Jesús prometió a los vencedores de Sardis: «el que venciere será vestido de vestiduras blancas» (Apocalipsis 3:5). Antes de explicarles nada, se les honra públicamente.
La explicación no es una fecha, es una razón: falta gente por entrar. El juicio se demora porque el número de hermanos no está completo, y ese número lo lleva Dios, no la historia.
Por qué la demora no es indiferencia
Pedro trató el mismo asunto en una carta dirigida a creyentes que oían burlas por la tardanza: «El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9).
El tiempo que a los mártires se les pide esperar es el mismo tiempo que a otros se les da para entrar. La demora tiene beneficiarios concretos.
Ese principio de límite y de plazo gobierna también las cuatro escenas anteriores del capítulo, donde cada figura recibe una potestad medida y el cuarto jinete queda restringido a una cuarta parte de la tierra, como se ve al recorrer el pasaje en el estudio sobre los 4 jinetes del Apocalipsis.
El altar del cielo y las oraciones que suben
El altar del quinto sello vuelve a aparecer dos capítulos más adelante, y lo que ocurre allí es la continuación del clamor. Un ángel se pone junto al altar con un incensario de oro y se le da mucho incienso «para añadirlo a las oraciones de todos los santos» (Apocalipsis 8:3).
El humo de ese incienso sube «con las oraciones de los santos, de la mano del ángel» (Apocalipsis 8:4), y acto seguido el ángel llena el incensario con fuego del altar y lo arroja a la tierra.
La secuencia narrativa es la misma en los dos pasajes: del altar sale un clamor hacia arriba, y del altar baja después una acción hacia la tierra. Las oraciones no quedaron archivadas.

Los mártires en el resto del libro
El Apocalipsis vuelve varias veces sobre este grupo, y cada vez añade un dato sobre su desenlace.
- Una multitud incontable con vestiduras blancas, «de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas», a la que Dios enjugará toda lágrima (Apocalipsis 7:9,17).
- Los que vencieron al acusador «por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte» (Apocalipsis 12:11).
- Una bienaventuranza dictada desde el cielo sobre «los muertos que mueren en el Señor», que descansan de sus trabajos y cuyas obras los siguen (Apocalipsis 14:13).
- Los decapitados por el testimonio de Jesús, que vuelven a vivir y reinan con Cristo (Apocalipsis 20:4).
Leídos en conjunto, esos pasajes muestran hacia dónde va la respuesta que en el capítulo 6 todavía es un «descansad todavía un poco de tiempo». Lo que empieza como espera termina en resurrección y reinado.
A quiénes les llegó primero esta escena
Las siete iglesias destinatarias del libro estaban en Asia Menor, y varias tenían el asunto encima. A Esmirna se le anuncia cárcel y tribulación (Apocalipsis 2:10), y en Pérgamo ya habían matado a Antipas, a quien el texto llama «mi testigo fiel» (Apocalipsis 2:13).
La palabra griega que traducimos como testigo es mártys, de donde viene mártir. En el Nuevo Testamento designa al que da testimonio; el desplazamiento del sentido hacia «el que muere por testificar» ocurrió porque una cosa llevaba a la otra con frecuencia.
Para esos lectores, el quinto sello respondía la pregunta que más les pesaba: qué pasa con los que ya murieron. La respuesta es que están delante de Dios, vestidos de blanco, contados y con su caso admitido a trámite.
Qué hacer con esta escena cuando la injusticia no se resuelve
Lo primero, hablar. El pasaje muestra que la pregunta por el tiempo de Dios se puede formular a gran voz y en su presencia, sin castigo. Los salmos que la repiten están en el libro de oración de Israel.
Lo segundo, no tomar el asunto por mano propia. La instrucción de Romanos 12:19 y el ejemplo de estas almas apuntan en la misma dirección: presentar el caso y dejar el juicio donde corresponde.
Lo tercero, leer la espera como plazo y no como abandono. Esteban, mientras lo apedreaban, oró por sus verdugos: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hechos 7:60). Uno de los presentes que consentía en su muerte se llamaba Saulo, y años después escribía cartas a las iglesias. El plazo que retrasa el juicio es el mismo que produce esas historias.
Preguntas frecuentes sobre el quinto sello
¿Quiénes son las almas bajo el altar en Apocalipsis 6:9?
Son personas que fueron ejecutadas «por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían». El texto no da nombres ni número, y no los identifica con un grupo étnico o con una época concreta. Lo que sí precisa es la causa de su muerte, que no fue un delito ni una rebelión, sino lo que sostenían y declaraban.
¿Por qué están debajo del altar y no delante del trono?
Porque el pie del altar era el lugar donde se derramaba la sangre de los sacrificios, según la instrucción de Levítico 4:7. Ubicar ahí a los mártires equivale a declarar que sus vidas fueron ofrenda aceptada y no muertes desperdiciadas. Pablo usó la misma imagen al hablar de su propio final en 2 Timoteo 4:6.
¿Está mal preguntarle a Dios «hasta cuándo»?
El texto no reprende esa pregunta, y la Biblia la pone en boca de David (Salmo 13:1), de Asaf (Salmo 74:10), de Habacuc (Habacuc 1:2) y hasta del ángel de Jehová en Zacarías 1:12. En Apocalipsis 6:10 la formulan personas que ya están en la presencia de Dios, y la respuesta que reciben es una explicación, no un reproche.
¿Qué significa que se complete el número de sus consiervos?
Que la demora del juicio tiene una razón declarada: falta gente por entrar. No se les da una fecha, se les da un motivo, y ese motivo coincide con lo que Pedro explica en 2 Pedro 3:9, cuando dice que la aparente tardanza del Señor es paciencia para que todos procedan al arrepentimiento.
