
Los evangelios apócrifos son escritos sobre Jesús que ninguna rama del cristianismo aceptó como Escritura: ni la católica, ni la ortodoxa, ni la protestante. Y esa unanimidad es el primer dato que desmonta la idea de una conspiración, porque las iglesias que rompieron con Roma revisaron el asunto por su cuenta y llegaron a la misma conclusión.
Vamos a ver cuáles son, qué dicen exactamente, de cuándo datan según los especialistas, qué es el gnosticismo que hay detrás de la mayoría y por qué la iglesia del siglo II los rechazó cuando todavía no existía ningún concilio ecuménico que se lo ordenara.

¿Cuáles son los evangelios apócrifos?
Los más citados son el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Judas, el Evangelio de María Magdalena, el Evangelio de Pedro, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de la Verdad y el Evangelio de la Infancia de Tomás. A ellos se suman decenas de textos menores: hechos apócrifos de apóstoles, apocalipsis y cartas atribuidas a personajes del siglo I.
La palabra griega apókryphos significa oculto o escondido. Nació como un elogio dentro de los propios grupos que producían estos textos, porque presumían de guardar una enseñanza reservada a iniciados. Con el tiempo, en el uso eclesiástico pasó a significar lo contrario: un escrito de origen dudoso.
Qué contiene cada uno de los principales
El Evangelio de Tomás no narra la vida de Jesús: es una colección de 114 dichos, sin cruz, sin resurrección y sin relato. El Evangelio de Judas presenta a Judas como el único discípulo que entendió a Jesús y lo entregó por encargo suyo.
El Evangelio de María conserva un diálogo en el que María Magdalena transmite una visión que dice haber recibido, y Pedro duda de ella. El Evangelio de Pedro narra la pasión con detalles legendarios, entre ellos una cruz que sale del sepulcro y habla. El Evangelio de la Infancia de Tomás cuenta milagros del Jesús niño, incluido uno donde mata a un compañero de juegos con una maldición.
Ese último ejemplo suele bastar para entender el problema. El personaje de esos relatos no se comporta como el Jesús de los cuatro evangelios, y no por un matiz teológico fino, sino por el contenido básico de lo que hace y de lo que enseña.
El hallazgo de Nag Hammadi en 1945
La mayoría de estos textos se conocía solo por citas de autores cristianos antiguos hasta que en diciembre de 1945, cerca de Nag Hammadi, en el Alto Egipto, unos campesinos encontraron una tinaja con trece códices de papiro encuadernados en cuero.
La biblioteca contiene 52 tratados en copto, copiados hacia el siglo IV y traducidos de originales griegos anteriores. Entre ellos está la única copia completa del Evangelio de Tomás. El hallazgo permitió comprobar que los autores cristianos del siglo II, cuando describían estas enseñanzas para refutarlas, las estaban citando con bastante exactitud.

¿Por qué los evangelios apócrifos no están en la Biblia?
No están porque fallan en los tres filtros con los que la iglesia primitiva reconoció los escritos apostólicos: son tardíos, no tienen conexión con testigos oculares y su contenido contradice la enseñanza que los apóstoles dejaron por escrito. No hicieron falta prohibiciones: no pasaron la prueba en ninguna de las tres.
El problema de las fechas
Los cuatro evangelios canónicos se fechan en el siglo I. La mayoría de los especialistas sitúa a Marcos hacia los años 65-70, a Mateo y Lucas entre el 70 y el 90, y a Juan hacia el 90-100. Todos caen dentro del margen de vida de testigos oculares.
Pablo escribe todavía antes, en los años 50, y en 1 Corintios 15:6 dice que Cristo resucitado se apareció a más de quinientos hermanos «de los cuales muchos viven aún». Es una invitación a ir a preguntarles, algo que solo se escribe cuando los testigos están vivos y localizables.
Los apócrifos se fechan entre mediados del siglo II y el siglo IV. El Evangelio de Tomás suele ubicarse hacia el 140-180, el de Judas hacia el 150-180 (el manuscrito copto conservado es del siglo III o IV), el de María en el siglo II y el de la Infancia hacia el 150-200. Entre la crucifixión y esos textos hay más de cien años y ninguna cadena de testigos.
Nombres prestados: el problema de la autoría
Ninguno de estos escritos fue redactado por el personaje cuyo nombre lleva. La técnica se llama pseudoepigrafía y era corriente en la Antigüedad: firmar con el nombre de una figura respetada para darle peso a un texto nuevo.
La iglesia antigua conocía la práctica y la trataba como fraude. Tertuliano, hacia el año 200, cuenta el caso de un presbítero de Asia que escribió los Hechos de Pablo y Tecla por admiración al apóstol, y detalla que fue depuesto de su cargo cuando se descubrió, aunque su intención había sido honrar a Pablo. La autoría se verificaba.
Los evangelios canónicos, en cambio, se transmitieron desde temprano con la misma atribución en comunidades separadas por miles de kilómetros. Papías, hacia el 110-130, ya informa que Marcos escribió el testimonio de Pedro y que Mateo compuso los oráculos. Ningún manuscrito antiguo circula con esos textos atribuidos a otro autor.

¿Qué es el gnosticismo y por qué su Jesús es otro Jesús?
El gnosticismo es un movimiento religioso del siglo II que enseñaba que la materia es mala, que el mundo físico fue hecho por un dios inferior y que la salvación llega por un conocimiento secreto, la gnosis, reservado a unos pocos iniciados. La mayoría de los evangelios apócrifos nace de ese marco.
Cada uno de esos puntos choca de frente con el cristianismo del Nuevo Testamento, que afirma que Dios vio su creación y era buena en gran manera (Génesis 1:31), que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1:14) y que el evangelio se predica en público a todos, sin niveles de iniciación.
Juan ya combatía esa corriente en vida. El texto dice:
En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo.
1 Juan 4:2-3 (RV1960)
Ese criterio, escrito a finales del siglo I, es anterior a los textos gnósticos y les responde por adelantado. El asunto en disputa era si Cristo tomó cuerpo humano, y el apóstol lo convierte en la prueba que separa lo que viene de Dios de lo que no.
El Evangelio de Tomás y su dicho 114
El Evangelio de Tomás abre prometiendo dichos secretos y sostiene que quien encuentre su interpretación no probará la muerte. La salvación queda ligada a descifrar un sentido oculto, no a la muerte y resurrección de Cristo, que en este texto sencillamente no aparecen.
El dicho final, el 114, es el más citado: Pedro pide que María salga del grupo porque las mujeres no son dignas de la vida, y el Jesús de ese texto responde que él la guiará para hacerla varón, porque toda mujer que se haga varón entrará en el reino.
Compara ese personaje con el Jesús de los evangelios, que se dejó ungir por una mujer en casa de Simón, que habló de teología con la samaritana junto al pozo y que envió a mujeres como primeras testigos de su resurrección en una cultura donde su testimonio ni siquiera contaba en un tribunal.
El Evangelio de Judas y la fama de 2006
El Evangelio de Judas presenta a Judas como el discípulo iluminado que entregó a Jesús por encargo secreto, para liberar su espíritu del cuerpo que lo aprisionaba. Dentro del sistema gnóstico la escena es coherente: si la materia es una cárcel, entregar el cuerpo a la muerte es un favor.
El texto se presentó al público en 2006 con una campaña mediática enorme. Ireneo ya lo mencionaba hacia el año 180 al describir a un grupo que veneraba a Judas, así que su existencia no era una novedad; lo nuevo fue tener el manuscrito. Sobre lo que dicen los evangelios canónicos de ese personaje, lo trato en ¿Judas se salvó o se condenó?.
El Evangelio de María y lo que se le atribuye
El Evangelio de María se conserva incompleto: al papiro copto de Berlín le faltan diez páginas de las diecinueve. En lo que sobrevive, María relata una visión sobre el ascenso del alma a través de poderes que intentan detenerla, un esquema típicamente gnóstico.
Conviene decir con precisión lo que el texto no contiene: no habla de un matrimonio entre Jesús y María Magdalena. Esa idea proviene de una lectura forzada del Evangelio de Felipe, donde una laguna en el papiro obliga a reconstruir la frase, y de novelas del siglo XX que la difundieron como si fuera un dato documentado.

¿La Iglesia escondió estos evangelios?
No hubo ocultamiento: los escritores cristianos antiguos los describieron, los citaron y los refutaron en obras públicas que se copiaron durante siglos. Ireneo, hacia el 180, dedica buena parte de Contra las herejías a exponer el sistema gnóstico con detalle; gracias a él conocíamos su contenido mucho antes del hallazgo de Nag Hammadi.
Eusebio de Cesarea, en el siglo IV, clasifica en su Historia eclesiástica los libros en tres grupos: los reconocidos por todos, los discutidos y los rechazados. Nombra ahí los evangelios atribuidos a Pedro, Tomás y Matías, y explica por qué quedan fuera. Una lista publicada de textos rechazados es lo contrario de un secreto.
Hay además un dato material. Estos textos desaparecieron porque casi nadie los copiaba: en la Antigüedad, cada copia costaba semanas de trabajo de un escriba, y las comunidades invertían ese esfuerzo en los libros que leían en el culto. De los evangelios canónicos se conservan miles de manuscritos; de la mayoría de los apócrifos, uno o dos.
¿Sirve de algo leer los evangelios apócrifos?
Sirven como fuente histórica para entender el cristianismo del siglo II y las corrientes con las que discutió, y por eso los estudian universidades y seminarios de todas las confesiones. Lo que no ofrecen es información sobre el Jesús histórico, porque son posteriores y dependen de los canónicos, no al revés.
Leerlos también aclara el vocabulario de esta discusión. En el uso católico, “apócrifos” designa a estos evangelios tardíos, mientras que los siete libros del Antiguo Testamento que las Biblias protestantes no imprimen se llaman deuterocanónicos. Son dos asuntos distintos, y el segundo lo desarrollo en los libros que el Vaticano quitó de la Biblia.
Pablo dejó a los tesalonicenses una instrucción que ordena la lectura de cualquier material religioso:
Examinadlo todo; retened lo bueno.
1 Tesalonicenses 5:21 (RV1960)
El verbo griego dokimázo se usaba para probar metales y verificar su pureza. No describe una desconfianza general ni una credulidad general, sino un examen con criterio, que es exactamente lo que hicieron las iglesias del siglo II con los textos que les llegaban.
Preguntas frecuentes sobre los evangelios apócrifos
¿Cuántos evangelios apócrifos existen?
No hay una cifra cerrada, porque el conjunto incluye textos completos, fragmentos de pocas líneas y obras conocidas solo por citas de autores antiguos. Las colecciones académicas suelen reunir entre treinta y cincuenta escritos con título de evangelio, y la biblioteca de Nag Hammadi aporta 52 tratados, no todos evangelios.
¿El Evangelio de Tomás es más antiguo que los canónicos?
La mayoría de los especialistas lo fecha hacia el 140-180. Una minoría propone un núcleo de dichos anterior, pero incluso esa hipótesis sitúa el texto tal como se conserva después de los cuatro evangelios. La copia completa que existe es copta, del siglo IV, y hay tres fragmentos griegos de Oxirrinco fechados hacia el 200.
¿Es pecado leer los evangelios apócrifos?
No hay ningún texto bíblico que prohíba leer un documento antiguo. Lo que conviene es leerlos sabiendo qué son: literatura religiosa del siglo II que ninguna iglesia reconoce como Escritura. Los de Berea escuchaban a Pablo y contrastaban lo que oían con las Escrituras que ya tenían (Hechos 17:11), y ese método sirve igual aquí.
¿Por qué son cuatro evangelios y no más?
Porque solo cuatro cumplían los criterios y solo cuatro se leían de forma generalizada en las iglesias. Ireneo, hacia el 180, ya argumenta que los evangelios son cuatro, y el Fragmento Muratoriano, una lista romana fechada hacia el 170, enumera los mismos. Ese consenso es anterior a cualquier concilio.
Sigue estudiando: la discusión sobre los siete libros del Antiguo Testamento es otra y la explico en los libros que el Vaticano quitó de la Biblia, y el proceso completo de reconocimiento del canon está en quién decidió qué libros entran en la Biblia.
