
A Judas Iscariote le pagaron treinta piezas de plata. Cuando preguntamos cuánto le pagaron a Judas por entregar a Jesús, la respuesta que da Mateo 26:15 es una cifra exacta: treinta monedas de plata, en griego triákonta argýria. La mayoría de los especialistas identifica esas monedas con el siclo de Tiro, un tetradracma de unos 14 gramos de plata casi pura. Cada uno valía alrededor de cuatro denarios, y el denario era el jornal de un día. Treinta siclos equivalían, por tanto, a unos 120 días de trabajo: cerca de cuatro meses de salario de un jornalero.
Esa cifra no era arbitraria. Coincide con el precio que la ley de Éxodo 21:32 fijaba como indemnización por un esclavo muerto a cornadas, y con la suma que el pastor rechazado recibe en Zacarías 11:12-13. Mateo escribe conociendo las dos referencias.
¿Qué dice exactamente Mateo 26:14-16?
El pasaje es breve y cerrado. “Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata. Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle” (Mateo 26:14-16, RVR1960).
Judas pone el precio en manos de ellos. La pregunta “¿qué me queréis dar?” deja la cantidad abierta, y son los principales sacerdotes quienes la fijan. El verbo griego éstesan significa literalmente “pesaron” o “estipularon”, el mismo término que la Septuaginta usa en Zacarías 11:12.
Marcos 14:10-11 y Lucas 22:3-6 relatan el mismo episodio sin dar cantidad: solo dicen que convinieron en darle dinero. Mateo es el único evangelista que registra la cifra, y es también el que más citas del Antiguo Testamento incorpora a su relato de la pasión.
El término griego argýrion significa “pieza de plata” o simplemente “dinero de plata”. No especifica la denominación. Esa ambigüedad es la que obliga a reconstruir de qué moneda se trataba a partir del contexto histórico y numismático.

¿Qué moneda eran las treinta piezas de plata?
El consenso mayoritario apunta al siclo de Tiro, conocido también como tetradracma tirio. Era la moneda de plata de mayor pureza que circulaba en Judea en el siglo I y la única aceptada por el templo de Jerusalén para el pago del impuesto anual de medio siclo.
Ese detalle importa. Los principales sacerdotes manejaban el tesoro del templo, y el tesoro se contaba en siclos de Tiro. Si el pago a Judas salió de fondos vinculados al templo, la moneda casi con certeza fue esa.
El siclo de Tiro llevaba en el anverso la cabeza de Melqart, el dios tirio, y en el reverso un águila con la leyenda “Tiro la sagrada e inviolable”. Una moneda pagana con imágenes prohibidas por el segundo mandamiento circulaba, aun así, como divisa oficial del templo.
La razón era pragmática: su ley de plata rondaba el 94 o 95 por ciento, muy por encima del denario romano de la época, que había ido perdiendo contenido metálico. Para un impuesto que la ley fijaba en peso de plata, la pureza pesaba más que la iconografía.
¿Dónde se acuñaban esas monedas?
La ceca de Tiro produjo estos tetradracmas desde el año 126 a.C. En el 19 a.C. la ciudad dejó de acuñarlos, probablemente por una reorganización monetaria romana. Sin embargo, siguen apareciendo ejemplares con fechas posteriores, hasta alrededor del 65 d.C.
Muchos numismáticos, entre ellos Ya’akov Meshorer, propusieron que esa producción tardía se trasladó a Jerusalén, para garantizar el suministro de la moneda que el templo exigía. Las piezas posteriores al 19 a.C. muestran un estilo más tosco y suelen llevar las letras KP, cuya interpretación sigue discutida.
Otros especialistas mantienen que la acuñación continuó en algún taller fenicio, y consideran que la evidencia de un traslado a Jerusalén es indirecta. Las dos posturas coinciden en lo esencial: el siclo de Tiro siguió circulando y siendo la moneda del templo en los años del ministerio de Jesús.
¿Cuánto pesaban y cuánto valían las treinta monedas?
Un tetradracma de Tiro pesaba alrededor de 14 gramos, con un margen habitual entre 13,5 y 14,2 gramos. Treinta de esas monedas sumaban unos 420 gramos de plata: algo menos de medio kilo, una bolsa que cabe en una mano.
Para traducir eso a poder adquisitivo hay que ir a Mateo 20:2, la parábola de los obreros de la viña: “Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña” (RVR1960). El denario era el jornal de un día de trabajo agrícola.
Un tetradracma equivalía a cuatro dracmas, y la dracma griega se cambiaba a la par con el denario romano en la práctica comercial del oriente del imperio. Un siclo de Tiro valía, entonces, unos cuatro denarios: cuatro jornadas de trabajo.
La cuenta sale sola. Treinta siclos por cuatro denarios cada uno dan 120 denarios, es decir 120 días de salario. Descontando sábados y fiestas, hablamos de unos cuatro meses de ingresos de un jornalero.
Es una suma apreciable, pero no una fortuna. No compraba una casa ni retiraba a nadie del trabajo. Sirve como referencia el perfume de Juan 12:5, valorado en trescientos denarios, más del doble de lo que Judas recibió.

Éxodo 21:32: el precio de un esclavo muerto por un buey
La ley del Sinaí regulaba el caso de un buey que embestía a alguien. Éxodo 21:32 lo resuelve así: “Si el buey acorneare a un siervo o a una sierva, pagará su dueño treinta siclos de plata, y el buey será apedreado” (RVR1960).
Treinta siclos era, en el derecho israelita, la indemnización fija que el propietario del animal debía al amo del esclavo muerto. No se calculaba caso por caso: la ley cerraba la cifra de antemano.
La comparación con Levítico 27:3-7 ayuda a medirla. Allí, el valor de un varón adulto entre veinte y sesenta años para efectos de voto era de cincuenta siclos, y el de una mujer treinta. Los treinta siclos de Éxodo 21:32 quedan por debajo de la tasación de un hombre libre.
La coincidencia con Mateo 26:15 es difícil de pasar por alto. Los principales sacerdotes tasaron a Jesús exactamente en lo que la ley que ellos custodiaban asignaba a un esclavo muerto por accidente.
Los comentaristas discrepan sobre cuánta intención hubo en ello. Algunos leen un cálculo consciente y burlón por parte del sanedrín; otros sostienen que treinta siclos funcionaba en el mundo semita como una cantidad convencional para el precio de una persona, y que la carga irónica la aporta Mateo al narrarlo.

Zacarías 11:12-13: el pastor rechazado y el alfarero
El texto profético que más de cerca reproduce la escena está en Zacarías. El profeta actúa como pastor del rebaño destinado al matadero, rompe sus cayados y pide su salario a un pueblo que lo ha despreciado.
“Y les dije: Si os parece bien, dadme mi salario; y si no, dejadlo. Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata. Y me dijo Jehová: Échalo al tesoro; ¡hermoso precio con que me han apreciado! Y tomé las treinta piezas de plata, y las eché en la casa de Jehová al tesoro” (Zacarías 11:12-13, RVR1960).
El hebreo del versículo 13 dice hayotser, “el alfarero”, donde la RVR1960 traduce “el tesoro”. La diferencia viene de una variante textual: la Peshitta siríaca y algunos manuscritos leen ha’otsar, “el tesoro”, y varias versiones modernas siguen esa lectura por el contexto del templo.
El texto masorético, que es la base hebrea estándar, dice alfarero. Mateo recoge esa lectura y encuentra en la compra del campo del alfarero el punto donde ambas cosas confluyen: el dinero termina a la vez en la casa de Jehová y en manos de un alfarero.
La ironía de Zacarías 11:13, “hermoso precio con que me han apreciado”, es abiertamente sarcástica en hebreo. La suma no honra al pastor: lo devalúa. Ese es uno de los motivos por los que este pasaje aparece entre las profecías cumplidas de Jesús en el Antiguo Testamento que los evangelistas señalan con más insistencia.
¿Por qué Mateo 27:9-10 atribuye la cita a Jeremías?
Aquí aparece uno de los problemas de atribución más discutidos del Nuevo Testamento. Mateo cita un texto que corresponde a Zacarías, pero lo introduce con el nombre de otro profeta: “Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel” (Mateo 27:9, RVR1960).
La copia manuscrita es sólida: los principales códices traen “Jeremías”. Unos pocos testigos omiten el nombre o ponen “Zacarías”, pero los críticos textuales consideran esas lecturas correcciones posteriores de escribas incómodos con la dificultad.
Las explicaciones que manejan los especialistas
- El rollo profético encabezado por Jeremías. En algunas ordenaciones rabínicas del canon hebreo, recogidas en el tratado Baba Batra 14b, Jeremías abre la sección de los profetas. Citar una sección por su primer libro era una práctica reconocida.
- Una alusión combinada. Mateo mezclaría el texto de Zacarías con imágenes de Jeremías: la casa del alfarero de Jeremías 18:1-6, la vasija rota en el valle de Hinom de Jeremías 19:1-13 y la compra del campo de Anatot pesando plata en Jeremías 32:6-15.
- Preeminencia del profeta mayor. Cuando se combinaban fuentes, era habitual nombrar solo al autor más conocido, un procedimiento visible también en Marcos 1:2-3, que atribuye a Isaías una cita que empieza en Malaquías.
- Un error de copia temprano o del propio evangelista. Es la lectura que sostienen quienes no ven necesario armonizar el dato, y que Agustín ya discutía en el siglo V.
Las tres primeras explicaciones tienen la ventaja de dar cuenta de los elementos que solo están en Jeremías: el alfarero, el campo comprado y la sangre inocente derramada en Hinom, que Jeremías 19:4 denuncia y que el campo de sangre vuelve a evocar.

¿Qué pasó con el dinero? Mateo 27:3-10 y el campo del alfarero
Judas no se quedó con las monedas. Al ver condenado a Jesús, devolvió el dinero: “devolvió las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente” (Mateo 27:3-4, RVR1960).
La respuesta del sanedrín fue seca: “¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!” (Mateo 27:4). Judas arrojó las monedas en el templo, salió y se ahorcó, según Mateo 27:5. El desenlace y las preguntas que abre se tratan aparte en el artículo sobre cómo murió Judas Iscariote.
Los sacerdotes se negaron a poner ese dinero en el tesoro por considerarlo precio de sangre, y compraron con él el campo del alfarero para sepultura de forasteros (Mateo 27:6-8). El terreno pasó a llamarse Acéldama, “campo de sangre”, nombre arameo que Hechos 1:19 traduce.
Hay una paradoja jurídica en la escena. El dinero no podía volver al tesoro por impureza, pero el precio con que se había pagado la entrega de Jesús salió originalmente de ese mismo tesoro.
La diferencia con Hechos 1:18-19
Lucas presenta los hechos con otro énfasis: “Este, pues, con el salario de su iniquidad adquirió un campo, y cayendo de cabeza, se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron” (Hechos 1:18, RVR1960).
Dos puntos difieren. En Mateo compran el campo los sacerdotes; en Hechos el sujeto de la compra es Judas. Y la muerte se describe como ahorcamiento en un texto y como caída con evisceración en el otro.
La armonización más común señala que el dinero era jurídicamente de Judas, de modo que la compra podía imputársele a él aunque la ejecutaran los sacerdotes, y que la caída se produjo al romperse la cuerda o la rama sobre el terreno escarpado del valle de Hinom.
Otros exegetas prefieren no forzar la conciliación y hablan de dos tradiciones sobre el mismo suceso, cada una con la finalidad teológica de su autor. Ambas coinciden en el nombre del lugar, en el dinero como origen de la compra y en un final violento.
¿Por qué es engañoso convertir las treinta monedas a dólares de hoy?
La conversión más directa es la del metal. Unos 420 gramos de plata, al precio de mercado del metal, dan una cifra de tres dígitos en dólares. Esa cuenta mide plata, no capacidad de compra.
La plata ha perdido casi todo su papel monetario desde el siglo XIX. En el siglo I era el respaldo del sistema; hoy es una materia prima industrial cuyo precio depende de la demanda de paneles solares y electrónica.
La conversión por jornales es más informativa, pero tampoco es exacta. Ciento veinte días de salario mínimo cambian de país a país, y una canasta de bienes del siglo I y una del siglo XXI no contienen las mismas cosas ni en la misma proporción.
Lo que sí se puede decir con precisión es esto: era una cantidad significativa para un hombre sin patrimonio, insuficiente para cambiar de vida, y exactamente igual a la tarifa legal por un esclavo muerto. El detalle que Mateo subraya no es la cuantía, sino el precio como forma de desprecio.
Juan 12:6 añade un dato sobre el personaje: Judas llevaba la bolsa del grupo y sustraía de lo que se echaba en ella. El motivo económico no aparece de golpe en la traición, y ese trasfondo conecta con lo que la Biblia enseña sobre la codicia y el amor al dinero.
Preguntas frecuentes sobre las treinta monedas de plata
¿Cuánto valían hoy las treinta monedas de plata de Judas?
No hay equivalencia exacta. Las treinta monedas sumaban unos 420 gramos de plata y equivalían a unos 120 denarios, es decir 120 jornadas de trabajo de un obrero agrícola, cerca de cuatro meses de salario. Traducirlo a una cifra en dólares actuales distorsiona el dato, porque la plata ya no funciona como base monetaria y las canastas de consumo no son comparables.
¿Qué moneda era exactamente el siclo de Tiro?
Era un tetradracma de plata acuñado en Tiro desde el 126 a.C., de unos 14 gramos y con una pureza cercana al 94 por ciento. Llevaba la cabeza del dios Melqart y un águila. Pese a su iconografía pagana, el templo de Jerusalén lo exigía para el impuesto de medio siclo por ser la moneda de plata más pura en circulación.
¿Por qué treinta piezas de plata y no otra cantidad?
Porque treinta siclos era la indemnización que Éxodo 21:32 fijaba por un esclavo muerto por un buey, y la misma suma que recibe el pastor rechazado de Zacarías 11:12-13. La cifra funcionaba como el precio convencional de una persona esclavizada, por debajo de la tasación de cincuenta siclos para un varón libre en Levítico 27:3.
¿Quién compró el campo del alfarero, Judas o los sacerdotes?
Mateo 27:6-8 dice que lo compraron los principales sacerdotes con el dinero devuelto, mientras que Hechos 1:18 atribuye la adquisición a Judas. La explicación más común es que el dinero seguía siendo legalmente suyo, por lo que la compra podía imputársele. Otros exegetas ven dos tradiciones distintas sobre el mismo hecho; ambas coinciden en el nombre del lugar, Acéldama, campo de sangre.
