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Cómo se salvaban antes de Jesús

agosto 8, 2026
Cómo se salvaban antes de Jesús

La respuesta de la teología cristiana a cómo se salvaban antes de Jesús es: por fe, exactamente igual que después, pero mirando hacia adelante a una promesa todavía no cumplida. El creyente del Antiguo Testamento confiaba en un Dios que había prometido resolver el problema del pecado; el creyente posterior a la cruz mira hacia atrás a un hecho consumado. Cambia la dirección de la mirada, no el mecanismo. En ambos casos la salvación se recibe confiando, y en ambos casos lo que la sostiene es la obra de Cristo, aplicada retroactivamente a quienes murieron antes del año 30 de nuestra era.

Es el argumento central de Romanos 4, Gálatas 3 y Hebreos 11, tres pasajes escritos para explicar la situación de los que creyeron antes.

¿Qué demuestra Pablo con Abraham en Romanos 4?

¿Qué demuestra Pablo con Abraham en Romanos 4?

Pablo elige a Abraham porque era el patriarca fundador y porque su caso permite fechar los acontecimientos. En Romanos 4:3 cita Génesis 15:6: “Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia”. Toda la argumentación depende de un verbo y de un calendario.

El verbo hebreo de Génesis 15:6 es jashab, término del vocabulario contable: registrar algo en una cuenta, imputar. Pablo lo traduce con el griego logizomai, que aparece once veces en Romanos 4 y significa lo mismo: anotar en el haber de alguien. Abraham no produjo justicia; le fue acreditada.

El calendario es el segundo golpe. En Romanos 4:9-12 Pablo pregunta cuándo ocurrió esa acreditación: si estando Abraham circuncidado o sin circuncidar. La respuesta está en el orden de Génesis: la declaración de justicia es del capítulo 15, la circuncisión del capítulo 17, con Ismael de por medio, lo que implica un intervalo mínimo de unos catorce años. Abraham fue declarado justo siendo todavía, en términos técnicos, un incircunciso.

De ahí la conclusión de Romanos 4:11, que llama a la circuncisión “señal” y “sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso”. El rito certifica algo que ya existía. Por eso Pablo puede llamarlo padre de los creyentes circuncidados y de los incircuncisos a la vez.

Romanos 4:13-16 cierra el círculo con la herencia: la promesa no vino “por la ley”, sino por la justicia de la fe, “porque la ley produce ira” (Romanos 4:15). Si la herencia dependiera del cumplimiento legal, la promesa quedaría anulada, porque nadie cumple. Al depender de la fe, la promesa queda garantizada por gracia para toda la descendencia de Abraham (Romanos 4:16).

Gálatas 3 y el dato de los 430 años

Gálatas 3:6-9 repite la cita de Génesis 15:6 y añade un matiz que Romanos deja implícito: el evangelio ya estaba anunciado en la promesa a Abraham. “Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones” (Gálatas 3:8). Los que confían son llamados “hijos de Abraham” (Gálatas 3:7).

El argumento cronológico llega en Gálatas 3:17: “la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa”. La cifra procede de Éxodo 12:40, que fija en 430 años la estancia de Israel en Egipto. Pablo la usa como distancia entre el pacto con los patriarcas y el Sinaí.

La lógica es jurídica: un testamento ratificado no se modifica con una cláusula añadida siglos después. Si Dios estableció el trato con Abraham sobre la promesa, la legislación mosaica no cambia los términos de acceso.

Entonces, ¿para qué la ley? Gálatas 3:19 responde que fue añadida “a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente”, y Gálatas 3:24 la llama paidagogós, el esclavo que en las casas grecorromanas conducía al niño hasta la escuela sin enseñarle nada.

¿Qué muestra el catálogo de Hebreos 11?

¿Qué muestra el catálogo de Hebreos 11?

Hebreos 11 recorre la historia previa a Cristo y evalúa a cada personaje con un solo criterio. Abel ofrece un sacrificio “por la fe” (11:4). Enoc es traspuesto (11:5). Noé construye un arca por algo “que aún no se veía” (11:7). Abraham sale sin saber a dónde iba (11:8).

Moisés aparece renunciando a la corte egipcia y teniendo “por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios” (Hebreos 11:26). Rahab, una prostituta cananea sin ningún vínculo étnico con Israel, entra en la lista por haber recibido a los espías en paz (11:31).

El versículo que define el estatus de todos ellos es Hebreos 11:13: “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo”. Murieron con la promesa pendiente. El texto usa la imagen del viajero que divisa la costa y saluda desde el barco sin haber desembarcado.

El cierre del capítulo, en Hebreos 11:39-40, dice que todos ellos “alcanzaron buen testimonio mediante la fe” pero “no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros”. Su situación quedó abierta hasta la llegada de Cristo. La salvación de los antiguos y la de los posteriores se completan en el mismo acontecimiento.

Si la fe salvaba, ¿para qué servían los sacrificios?

Si la fe salvaba, ¿para qué servían los sacrificios?

El sistema levítico ocupa capítulos enteros del Pentateuco: holocaustos, ofrendas por el pecado, el chivo expiatorio de Levítico 16. Un israelita que pecaba llevaba un animal al santuario y el sacerdote hacía expiación por él.

Hebreos 10:1-4 responde con dureza. La ley tenía “la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas” (10:1). Si los sacrificios hubieran limpiado la conciencia, habrían cesado; en cambio se repetían cada año, y esa repetición funcionaba como recordatorio anual de pecados (10:3). La sentencia es Hebreos 10:4: “la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados”.

Romanos 3:25 aporta el término técnico. Pablo dice que Dios había pasado por alto los pecados anteriores, y el sustantivo griego es páresis: suspensión, aplazamiento del cobro, distinto de áfesis, que es remisión definitiva. Durante siglos la deuda quedó en suspenso, no cancelada, a la espera del pago.

Hebreos 9:15 explica el desenlace: Cristo es mediador de un nuevo pacto “para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto”. La muerte de Jesús salda hacia atrás las cuentas abiertas de los creyentes anteriores. Los sacrificios eran la señal que mantenía viva la expectativa y educaba a Israel en la gravedad de la culpa.

Los profetas ya habían advertido que el rito sin arrepentimiento no valía nada. David escribe en el Salmo 51:16-17: “no quieres sacrificio, que yo lo daría… Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. Miqueas 6:6-8 descarta los becerros de un año, los millares de carneros y hasta el sacrificio del primogénito, y resume la exigencia: “hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8).

¿Cómo encaja Hechos 4:12 con todo esto?

Pedro declara ante el sanedrín en Hechos 4:12: “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. El texto es exclusivo y la tradición cristiana lo ha sostenido sin rebajas. Abraham, sin embargo, nunca oyó el nombre de Jesús.

La distinción que resuelve la tensión es entre el contenido consciente de la fe y el fundamento objetivo de la salvación. El fundamento es siempre el mismo: la muerte y resurrección de Cristo. El contenido que el creyente conoce varía según el momento de la historia en que le tocó vivir.

Abraham creyó en un Dios que prometía descendencia y bendición para todas las naciones: ese era el contenido disponible en el siglo XIX a. C. Un judío del siglo VIII a. C. tenía además los profetas. Un creyente posterior a Pentecostés tiene el nombre, la fecha y el lugar. Ese matiz aparece también al discutir por qué Jesús es el único camino.

Agustín de Hipona lo formuló en el siglo V: la fe de los antiguos y la de los cristianos es una sola, distinta solo en el tiempo verbal. Tomás de Aquino, en la Summa Theologiae II-II q.2, distingue entre creer explícitamente en el misterio de Cristo y creer implícitamente en la providencia de Dios, suficiente antes de esa revelación.

¿Y los que vivían fuera de Israel?

La Biblia registra varios casos de personas ajenas a Israel aceptadas por Dios, y no como anécdotas marginales.

  • Melquisedec, en Génesis 14:18-20, es “rey de Salem” y “sacerdote del Dios Altísimo” sin pertenecer a ninguna línea israelita, que aún no existía. Abraham le paga el diezmo, gesto de reconocimiento de superioridad.
  • Job es presentado como habitante de Uz, fuera del territorio de Israel, y descrito como “perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1).
  • Rahab, cananea de Jericó, y Rut, moabita, terminan ambas en la genealogía de Jesús que abre Mateo 1.
  • Naamán, general sirio, se sumerge en el Jordán por indicación de Eliseo y confiesa en 2 Reyes 5:15 que no hay Dios en toda la tierra sino en Israel.
  • Los ninivitas de Jonás 3 ayunan y se apartan de su mal camino, y el texto dice que Dios “se arrepintió del mal que había dicho que les haría” (Jonás 3:10).

Romanos 2:14-16 ofrece el marco teórico. Pablo afirma que los gentiles que no tienen la ley “hacen por naturaleza lo que es de la ley” y muestran “la obra de la ley escrita en sus corazones”, con la conciencia acusándolos o defendiéndolos, y añade que Dios juzgará esos secretos “por Jesucristo”.

Hay desacuerdo sobre su alcance. La lectura mayoritaria en la tradición reformada entiende que Pablo describe la responsabilidad moral de los gentiles para demostrar que también están sin excusa, no para abrir una vía alterna. Otra, presente en el Catecismo de la Iglesia Católica 847 y en varios autores evangélicos, ve ahí la posibilidad de responder a la luz recibida. La discusión se cruza con el caso de quien nunca oyó de Cristo.

¿A dónde iban los que morían antes de Cristo?

¿A dónde iban los que morían antes de Cristo?

El Antiguo Testamento usa la palabra sheol unas 65 veces para el lugar de los muertos. No equivale al infierno de la teología posterior: describe un estado común, con poca diferenciación entre justos e injustos en los textos más antiguos. Jacob dice que descenderá al sheol enlutado (Génesis 37:35). La Septuaginta lo tradujo como hades.

Lucas 16:19-31, la escena del rico y Lázaro, presenta dos zonas separadas por “una gran sima” (16:26): Lázaro en el seno de Abraham y el rico en tormento. Los intérpretes se dividen entre quienes leen ahí el estado intermedio antes de Cristo y quienes lo tratan como parábola con lenguaje del judaísmo del segundo templo, sin intención topográfica.

1 Pedro 3:18-20 dice que Cristo “fue y predicó a los espíritus encarcelados” que fueron desobedientes en los días de Noé. Efesios 4:8-10 habla de que ascendió “llevó cautiva la cautividad” y de que antes “había descendido primero a las partes más bajas de la tierra”.

Sobre esos dos pasajes existen al menos tres lecturas históricas. La primera, sostenida por la tradición católica y ortodoxa y reflejada en el artículo del Credo de los Apóstoles sobre el descenso a los infiernos, entiende que Cristo bajó al lugar de los muertos justos y los llevó consigo. La segunda, defendida por Agustín y retomada por muchos reformados, interpreta que Cristo predicó por medio de Noé a los contemporáneos del diluvio, ya muertos en tiempos de Pedro. La tercera, con apoyo en el uso del término “espíritus” en 1 Enoc, sostiene que se trata de una proclamación de victoria sobre potencias angélicas rebeldes, no de una oferta de salvación.

Ninguna de las tres es dogma compartido por todas las iglesias, y el Nuevo Testamento no las desarrolla lo suficiente como para cerrar el debate. Las tres coinciden en que la situación de los muertos anteriores quedó resuelta por Cristo y no por sus méritos. El asunto conecta con qué pasa cuando uno muere.

¿En qué se diferencian el dispensacionalismo y la teología del pacto aquí?

Las dos escuelas protestantes principales coinciden en que la salvación siempre fue por gracia mediante la fe, y discrepan en la estructura que le dan a la historia.

La teología del pacto, sistematizada en el siglo XVII por autores como Johannes Cocceius y presente en la Confesión de Westminster (VII.5-6), sostiene que existe un solo pacto de gracia administrado de dos maneras: bajo la ley, con promesas, sacrificios y ritos que prefiguraban a Cristo; y bajo el evangelio, con la predicación y los sacramentos. Un mismo pacto, dos administraciones.

El dispensacionalismo, formulado por John Nelson Darby en el siglo XIX y popularizado por la Biblia de Scofield en 1909, divide la historia en periodos con condiciones distintas de mayordomía. Autores como Charles Ryrie precisan que la base es siempre la muerte de Cristo y el medio siempre la fe: lo que cambia entre dispensaciones es el contenido revelado.

La enseñanza católica coincide en lo esencial. El Catecismo 121-123 mantiene el valor permanente del Antiguo Testamento y describe esos libros como testimonio de la pedagogía con que Dios preparaba la venida de Cristo.

Preguntas frecuentes sobre la salvación antes de Cristo

¿Los judíos del Antiguo Testamento se salvaban cumpliendo la ley?

No. Romanos 3:20 afirma que “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado”. La ley definía la conducta del pueblo y señalaba la culpa, pero la aceptación delante de Dios llegaba por la confianza en su promesa, como en el caso de Abraham en Génesis 15:6, anterior al Sinaí por más de cuatro siglos.

¿Sabía Abraham quién era Jesús?

No conocía el nombre ni los datos históricos. Juan 8:56 recoge una frase de Jesús: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó”. La mayoría de los comentaristas entiende que se refiere a la promesa de bendición para todas las naciones, percibida de forma anticipada. Abraham confió en un Dios que se comprometía a resolver la situación, sin conocer el mecanismo.

¿Qué pasaba con los niños que morían antes de Cristo?

La Biblia no legisla el caso, y las tradiciones difieren. El episodio de David en 2 Samuel 12:23, cuando dice del hijo muerto “yo voy a él, mas él no volverá a mí”, ha sido leído por muchos como expresión de reencuentro. La discusión sobre a dónde van los niños que mueren se aplica de igual modo a las épocas anterior y posterior a la cruz, porque el criterio no depende de la fecha.

¿Cambió Dios el método de salvación con la venida de Jesús?

No según el Nuevo Testamento. Hebreos 13:8 dice que “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. Lo que cambió fue el momento del cumplimiento y la cantidad de información disponible. Antes se confiaba en una promesa pendiente; después, en un hecho ocurrido en un lugar y una fecha concretos, bajo el gobierno de Poncio Pilato entre los años 26 y 36.