
La teoría del Big Bang la propuso Georges Lemaître, un sacerdote católico belga que además era físico y matemático, en un artículo publicado en 1927. Es decir, la idea de que el universo tuvo un comienzo no llegó desde el ateísmo ni desde un laboratorio empeñado en contradecir Génesis: llegó de un hombre ordenado al ministerio que también resolvía ecuaciones de relatividad general.
El dato suele sorprender porque la historia se cuenta al revés. Se asume que la cosmología moderna nació como un desafío a la fe, cuando la resistencia inicial vino de científicos que preferían un universo eterno y el nombre “Big Bang” lo puso, en tono de burla, uno de esos opositores.
Lo que sigue es la secuencia con fechas y nombres: quién fue Lemaître, qué publicó, cómo reaccionó Einstein, quién confirmó sus cálculos con observaciones, de dónde salió el apodo que quedó en los libros de texto y por qué el propio autor se negó a usar su modelo como prueba de la creación.

¿Quién fue Georges Lemaître?
Fue un sacerdote y científico belga nacido en Charleroi en 1894. Estudió ingeniería civil, sirvió como artillero en el ejército belga durante la Primera Guerra Mundial y, terminada la guerra, entró al seminario. Fue ordenado sacerdote en 1923.
Ese mismo año viajó a Cambridge para estudiar con el astrónomo Arthur Eddington, y después pasó a Estados Unidos, donde trabajó en el Observatorio de Harvard y obtuvo un doctorado en el MIT. No fue un aficionado con inquietudes: tenía formación de primera línea en la física de su tiempo.
Compaginó las dos vocaciones toda su vida. Enseñó en la Universidad Católica de Lovaina hasta su jubilación, siguió ejerciendo el sacerdocio y en 1960 fue nombrado presidente de la Academia Pontificia de las Ciencias. Murió en 1966, poco después de enterarse de que se había detectado la radiación de fondo de microondas.

¿Qué publicó Lemaître en 1927?
Publicó un trabajo donde mostraba que las ecuaciones de la relatividad general de Einstein admitían soluciones que describían un universo en expansión, y donde además relacionaba esa expansión con la velocidad de alejamiento de las galaxias observada hasta entonces.
El artículo apareció en los Annales de la Société Scientifique de Bruxelles, una revista belga de circulación modesta y en francés. Por eso su trabajo pasó casi desapercibido durante años en el mundo anglosajón, donde se concentraba la astronomía observacional de la época.
Recién en 1930, cuando Eddington y otros astrónomos discutían públicamente si un universo estático podía ser estable, Lemaître le escribió a su antiguo maestro recordándole que el problema ya estaba resuelto en su artículo de tres años atrás. Eddington reconoció el descuido y promovió la traducción al inglés, que se publicó en 1931.
Conviene aclarar que Lemaître no fue el único en encontrar soluciones de universo en expansión. El matemático ruso Alexander Friedmann las había derivado en 1922, por vía puramente matemática. La diferencia es que Lemaître conectó las ecuaciones con datos astronómicos y dio el paso siguiente: si el universo se expande, tuvo un estado inicial.
El “átomo primitivo”
Su razonamiento fue de una sencillez desarmante. Si el universo se expande hoy, ayer era más pequeño, y anteayer más pequeño todavía. Rebobinando esa película lo suficiente se llega a un punto donde todo estuvo concentrado en un estado inicial único.
A esa condición Lemaître la llamó “átomo primitivo” y también “huevo cósmico”. Desarrolló la hipótesis en 1931, en la revista Nature, en un texto titulado “El comienzo del mundo desde el punto de vista de la teoría cuántica”.
Allí sostuvo algo que en aquel momento resultaba incómodo para buena parte de la comunidad científica: que el universo tuvo un principio en el tiempo. No era un detalle técnico, era una ruptura con el consenso.

¿Por qué los científicos se resistieron a la idea?
Buena parte de la resistencia no vino de los datos, sino de la incomodidad filosófica que producía. Un universo con principio implica que hubo un antes y un después, y eso abre la puerta a la pregunta por una causa.
Durante siglos, la posición cómoda para el pensamiento no creyente había sido un universo eterno, sin comienzo, que sencillamente siempre estuvo ahí. Un cosmos eterno no necesita explicación de origen porque no tiene origen. La propuesta de Lemaître desarmaba esa comodidad.
Einstein: “sus matemáticas son correctas, su física es abominable”
El propio Einstein tardó en aceptar la propuesta. Cuando Lemaître le expuso sus cálculos en el Congreso Solvay de 1927, en Bruselas, Einstein le respondió que sus matemáticas eran correctas pero su física era abominable.
El motivo era que Einstein prefería un universo estático. Para sostenerlo había introducido en sus ecuaciones un término, la constante cosmológica, que compensaba el efecto de la gravedad y mantenía el cosmos en equilibrio. Ese término no salía de ninguna observación; salía de una expectativa.
Años después, ante las observaciones acumuladas, Einstein cambió de opinión y llegó a calificar ese ajuste como el mayor error de su carrera. En 1933, en California, escuchó a Lemaître exponer su modelo y comentó públicamente que era la explicación más hermosa y satisfactoria de la creación que había escuchado.
Hubble y el crédito que tardó noventa años en repartirse
En 1929, dos años después del artículo belga, Edwin Hubble publicó desde el observatorio de Monte Wilson la relación entre la distancia de las galaxias y su velocidad de alejamiento: mientras más lejos, más rápido se alejan. Esa relación se conoció durante décadas como ley de Hubble.
Lemaître ya había deducido esa proporcionalidad en el papel en 1927, e incluso había estimado un valor para la constante. Cuando su artículo se tradujo al inglés en 1931 para los Monthly Notices de la Real Sociedad Astronómica, los párrafos con ese cálculo no aparecieron en la traducción.
Durante años se sospechó que alguien había suprimido esos párrafos. La correspondencia recuperada en 2011 mostró que fue el propio Lemaître quien decidió omitirlos, porque consideraba que los datos de Hubble ya eran mejores que su estimación. En octubre de 2018, la Unión Astronómica Internacional votó renombrar la relación como ley de Hubble-Lemaître.

¿Quién le puso el nombre “Big Bang”?
El nombre se lo puso un opositor de la teoría, y lo hizo para ridiculizarla. El astrofísico británico Fred Hoyle usó la expresión el 28 de marzo de 1949, en una charla de divulgación sobre cosmología transmitida por la BBC.
Hoyle defendía el modelo contrario, llamado estado estacionario, según el cual el universo no tuvo comienzo ni tendrá fin y la materia se va creando de manera continua a medida que el espacio se expande. Para él, la idea de un instante inicial era poco elegante, y bautizarla como “gran estallido” mostraba lo burda que le parecía.
La ironía es doble. El apodo burlón resultó tan pegajoso que quedó como etiqueta oficial en libros de texto de todo el mundo, y además instaló en el imaginario popular justamente la imagen equivocada, la del estallido con centro y fragmentos volando, que es lo que la teoría no describe.
El modelo de Hoyle perdió terreno en 1965, cuando Arno Penzias y Robert Wilson detectaron la radiación de fondo de microondas. El estado estacionario no predecía ese resplandor uniforme repartido por todo el cielo; el modelo del universo en expansión sí lo había anticipado.
La predicción había salido del equipo de George Gamow, Ralph Alpher y Robert Herman a finales de los años cuarenta, que calcularon que si el universo pasó por una etapa caliente debía quedar un remanente de radiación enfriado por la expansión. Penzias y Wilson no la estaban buscando: se toparon con ella intentando eliminar un zumbido en su antena, y recibieron el Nobel en 1978.
¿Lemaître usó su teoría para probar la creación?
No, y se opuso expresamente a que se hiciera. Sostenía que la física y la teología responden preguntas distintas, y que convertir un modelo científico en demostración de una doctrina era un error de método que perjudicaba a las dos.
Su formulación más citada resume esa distinción: la Biblia enseña cómo se va al cielo, no cómo funciona el cielo. Para Lemaître, el autor de Génesis no estaba entregando información astronómica y exigirle ese contenido era leerlo mal.
El episodio con el papa Pío XII
En noviembre de 1951, Pío XII pronunció un discurso ante la Academia Pontificia de las Ciencias en el que presentó los hallazgos cosmológicos como una confirmación de la creación relatada en Génesis. La prensa lo recogió con entusiasmo.
Lemaître reaccionó en sentido contrario a lo que muchos esperaban de un sacerdote. Gestionó para que el papa no volviera a hacer ese tipo de afirmaciones, y Pío XII no repitió el planteamiento en sus discursos posteriores sobre el tema.
Su motivo era práctico además de metodológico: un modelo científico se revisa cuando aparecen datos nuevos, y atar una doctrina a un modelo deja esa doctrina expuesta a la próxima revisión. Ese criterio sigue siendo útil para cualquier conversación entre fe y ciencia hoy.
Vale notar qué es lo que la Escritura afirma en este terreno y qué no. Génesis 1:1 dice «en el principio creó Dios los cielos y la tierra», y ahí se detiene: declara que hubo un principio y quién lo causó, sin describir mecanismos ni ofrecer cifras. Lemaître leía esa frase como una afirmación de autoría, no como el resumen de un procedimiento físico.
Qué cambia saber quién propuso la teoría
Cambia el planteamiento completo de la discusión. Si la teoría de un universo con comienzo la formuló un sacerdote, y el nombre se lo puso en burla quien defendía un universo eterno, entonces el esquema de “ciencia atea contra Biblia” no describe lo que ocurrió.
También sirve como dato de conversación, porque casi nadie lo conoce y es verificable en cualquier historia de la cosmología. Cuando alguien te plantee que la ciencia moderna nació para desplazar a Dios del origen del universo, este episodio concreto le pide revisar la fecha y el nombre.
Ahora bien, saber quién propuso una idea no decide si es correcta ni si encaja con el texto bíblico. Eso se examina aparte, y lo trabajo en ¿El Big Bang contradice la Biblia?, donde comparo el modelo con Génesis 1 punto por punto, incluidas las dos diferencias que sí existen.
Preguntas frecuentes sobre el origen de la teoría del Big Bang
¿Es cierto que un sacerdote propuso la teoría del Big Bang?
Sí. Georges Lemaître fue ordenado sacerdote católico en 1923 y publicó en 1927 el trabajo que describe un universo en expansión a partir de las ecuaciones de la relatividad general. Ejerció las dos vocaciones simultáneamente, enseñó física en la Universidad Católica de Lovaina y presidió la Academia Pontificia de las Ciencias desde 1960.
¿Entonces Einstein no propuso el Big Bang?
No. Einstein aportó la relatividad general, que es el marco matemático dentro del cual el modelo se formula, pero él prefería un universo estático y añadió a sus ecuaciones una constante cosmológica para mantenerlo así. Rechazó la propuesta de Lemaître cuando se la expuso en 1927 y la aceptó años después, ante las observaciones.
¿Por qué la teoría se llama Big Bang si no fue una explosión?
Porque el nombre lo acuñó Fred Hoyle en una charla de la BBC en 1949 para burlarse de la idea. Hoyle defendía el modelo del estado estacionario, un universo eterno sin comienzo. El apodo se popularizó tanto que se volvió la etiqueta oficial, y de paso instaló la imagen equivocada de un estallido con centro y fragmentos.
¿Lemaître creía que su teoría probaba a Dios?
No. Se negó a usar su modelo como demostración de la doctrina de la creación y pidió que no se mezclaran la física y la teología como si una fuera prueba de la otra. Cuando Pío XII presentó la cosmología como confirmación de Génesis en 1951, Lemaître gestionó para que el papa no repitiera esa afirmación.
Lo que puedes hacer hoy
Guarda tres fechas, que es todo lo que necesitas para contar esta historia bien: 1927, el artículo de Lemaître; 1929, la relación medida por Hubble; 1949, la burla de Hoyle que terminó dando nombre a la teoría.
Con esas tres fechas puedes responder sin discutir cuando alguien plantee el tema como una guerra entre la fe y la ciencia. No hace falta ganar la conversación; basta con poner el orden real de los hechos sobre la mesa y dejar que la otra persona lo verifique.
Sigue estudiando: continúa con ¿El Big Bang contradice la Biblia?, donde se comparan el modelo cosmológico y Génesis 1, y con ¿El Big Bang fue una explosión?, que corrige la imagen que dejó el nombre de Hoyle.
