
¿La torre de Babel existió realmente o es una leyenda que Israel tomó prestada de sus vecinos? La pregunta se repite cada vez que alguien lee Génesis 11 por primera vez y se topa con una ciudad entera hablando un solo idioma, una torre que sube y un Dios que baja a mirarla.
Este estudio se concentra en una cuestión: qué se puede sostener con evidencia sobre la existencia de esa torre. Revisamos el texto hebreo, la llanura donde el pasaje la ubica y los edificios excavados en esa región.
¿La torre de Babel existió realmente?
La torre de Babel existió realmente como tipo de construcción: en Mesopotamia se levantaron decenas de torres escalonadas de ladrillo, llamadas zigurats, y varias siguen en pie hoy. Lo que la arqueología no puede hacer es señalar una ruina concreta y certificar con una firma que esa, y no otra, es la torre de Génesis 11.
De ahí sale casi toda la confusión del debate: una cosa es preguntar si existió una torre así, y otra distinta es preguntar si tenemos su acta de nacimiento.
Lo primero está fuera de discusión: el paisaje de la antigua Babilonia estaba lleno de torres de ladrillo cocido levantadas para alcanzar la altura de los dioses. Lo segundo depende de identificar una ruina específica, y ahí los especialistas discuten. Quien te diga que la torre está arqueológicamente demostrada, y quien te diga que está refutada, está estirando la evidencia hacia su lado.
Lo que la arqueología puede y no puede confirmar
La arqueología trabaja con lo que sobrevive, y en Mesopotamia sobrevive poco por una razón física: allí no se construía en piedra, se construía en barro. Un edificio de adobe abandonado se disuelve con las lluvias en pocas generaciones.
Súmale la historia de Babilonia. Su zigurat central fue destruido, reconstruido y saqueado varias veces, y en el año 331 a.C. Alejandro Magno ordenó desmontar lo que quedaba para reconstruirlo entero. Murió antes de terminarlo.
Entonces, ¿qué sí tenemos? Tablillas de arcilla con las medidas del edificio, inscripciones reales que cuentan quién lo reconstruyó, textos griegos que lo describen de memoria y la excavación de sus cimientos. Es material sólido para reconstruir un edificio, e insuficiente para etiquetarlo como el de Génesis 11.
Por qué el relato no se comporta como una leyenda
Hay un detalle que suele decidir la opinión de quienes estudian el pasaje en serio, y no es teológico sino técnico. Génesis 11:3 describe el material de construcción con una precisión que no encaja con la tierra donde se escribió la mayor parte del Antiguo Testamento: ladrillo cocido al fuego en lugar de piedra, y asfalto en lugar de mezcla.
El sur de Irak es una llanura aluvial. No hay canteras en cientos de kilómetros, y sí hay barro ilimitado a orillas del Tigris y el Éufrates. Por eso toda la arquitectura sumeria, acadia y babilónica es de ladrillo: adobe secado al sol para el relleno, y ladrillo cocido en horno para las caras exteriores.
El betún, que la RV1960 traduce como asfalto, aflora de forma natural en esa región; los manantiales de Hit, sobre el Éufrates, se explotaron durante milenios. La excavación de Babilonia encontró capas de betún entre los ladrillos.
Piensa en lo que implica esa frase para alguien que escribe desde Canaán, donde la piedra sobra y el betún no existe. El autor no dice “construyeron con ladrillo” y sigue; explica la sustitución, como quien traduce una costumbre extranjera. Un inventor de leyendas no interrumpe la acción para aclarar la composición del mortero.

¿Qué dice la Biblia sobre la torre de Babel en Génesis 11?
La Biblia dedica nueve versículos a la torre de Babel, en Génesis 11:1-9, y son de los más comprimidos del libro. En ese espacio hay un traslado de población, un plan de construcción, un discurso humano, un descenso de Dios, una confusión de idiomas y una dispersión mundial.
Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y dijeron los unos a los otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla.
Génesis 11:1-3 (RV1960)
Nota el orden: primero se asientan, después inventan una técnica constructiva, y solo entonces aparece el proyecto. Un pueblo que cuece ladrillos en serie ya es una sociedad con hornos, mano de obra y jefes que la coordinan.
“Hagámonos un nombre”: el propósito declarado
El versículo 4 es el corazón del relato y el que menos se cita. Ahí los constructores explican con sus propias palabras para qué levantan la torre: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra” (Génesis 11:4).
Hay dos motivos ahí, declarados por ellos mismos: fabricarse una reputación que los identifique y tener un centro que impida que el grupo se disperse. La torre sirve a las dos cosas.
La expresión hebrea es na’aseh-lanu shem. En el antiguo Oriente Próximo, tener nombre era existir socialmente, y los reyes mesopotámicos enterraban cilindros de arcilla inscritos en los cimientos de sus templos con esa lógica exacta.
Que ese sea el propósito declarado cambia por completo la interpretación del castigo, y por eso el asunto se examina aparte en el estudio sobre cuál fue el pecado de la torre de Babel, donde se comparan la autoexaltación y la desobediencia al mandato de llenar la tierra.
“Descendió Jehová para ver”: la ironía del narrador
Los hombres construyen hacia arriba una cúspide que “llegue al cielo”, y el narrador responde con una escena en la que Dios tiene que bajar para poder verla.
Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer.
Génesis 11:5-6 (RV1960)
Ese “descendió para ver” no es una limitación de Dios; es sarcasmo literario. El edificio que se anunciaba como conquista del cielo resulta tan diminuto desde arriba que hace falta acercarse para distinguirlo.
Y en el versículo 6 Dios no dice que el proyecto sea imposible, dice que nada los detendrá. El problema no era que fueran a fracasar, sino hacia dónde apuntaba esa capacidad.

¿Dónde estaba la torre de Babel?
La torre de Babel estaba en la llanura de Sinar, la región del sur de Mesopotamia entre el Tigris y el Éufrates, en lo que hoy es el centro-sur de Irak. El texto lo dice sin ambigüedad en Génesis 11:2, y es una de las coordenadas más precisas del libro.
Sinar, Shinar en hebreo, no aparece solo aquí. El capítulo anterior la nombra al describir el reino de Nimrod: “Babel, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Sinar” (Génesis 10:10). Erec es la Uruk de las tablillas sumerias; Acad da nombre al imperio acadio. Son lugares con ruinas visitables y archivos propios.
En Daniel 1:2 los utensilios del templo de Jerusalén se llevan “a tierra de Sinar, a la casa de su dios”: para ese autor, Sinar y Babilonia son el mismo territorio.
Los sitios propuestos: Babilonia, Borsippa y Aqar Quf
Dentro de esa región aparecen tres candidatos en la discusión académica. El primero es el zigurat central de Babilonia, junto al Éufrates, a unos 85 kilómetros al sur de Bagdad, en el distrito de Hilla. Es el candidato mayoritario.
El segundo es Borsippa, a unos 17 kilómetros de Babilonia. Su zigurat conserva una masa de ladrillo vitrificado por el calor que alimentó durante siglos la idea de un fuego caído del cielo; hoy se sabe que ese vitrificado tiene explicaciones ordinarias, entre ellas incendios y rayos. La tradición judía posterior y varios viajeros medievales identificaron ese montículo, el Birs Nimrud, con la torre.
El tercero es Aqar Quf, a las afueras de Bagdad, la antigua Dur-Kurigalzu. Su zigurat casita conserva casi 57 metros de núcleo y es lo más parecido a la silueta de una torre mesopotámica en pie. Durante décadas los viajeros europeos lo confundieron con Babel.
Ninguna de las tres identificaciones se apoya en una inscripción que las conecte con Génesis: se apoyan en ubicación, escala y tradición. Para entender qué eran esos edificios y por qué se levantaban, conviene leer el estudio sobre qué eran los zigurats de Mesopotamia, donde se explica su función religiosa y su construcción.

¿El Etemenanki de Babilonia fue la torre de Babel?
El Etemenanki es el candidato más citado por arqueólogos e historiadores, y con buenas razones: era el zigurat de la ciudad que la Biblia nombra, estaba dedicado a su dios principal y su tamaño no tenía comparación en la región. Aun así, no existe una prueba que lo iguale al edificio de Génesis 11.
Su nombre sumerio, É-temen-an-ki, se traduce como “casa del fundamento del cielo y la tierra”. Estaba en el recinto sagrado de Babilonia, junto al Esagila, el templo de Marduk. En la cúspide había un santuario, y las fuentes antiguas describen dentro un lecho y una mesa, el mobiliario de una residencia esperando a su ocupante.
Las cifras proceden sobre todo de la llamada Tablilla del Esagila, que registra las medidas del complejo, y de la excavación alemana de Robert Koldewey a comienzos del siglo XX. De ahí sale la reconstrucción habitual: base cuadrada de unos 91 metros de lado y unos 91 metros de altura en siete niveles, con márgenes de interpretación en la conversión de las unidades babilónicas.
Por qué la identificación es probable y por qué no es concluyente
A favor juega casi todo lo circunstancial: la ubicación coincide con la llanura que el texto nombra, el nombre de la ciudad coincide con el del relato y el tipo de edificio coincide con la descripción. La inscripción de Nabopolasar sobre su reconstrucción habla de levantar la cúspide “para que rivalice con el cielo”, una frase casi calcada de Génesis 11:4.
En contra juega la cronología. El edificio fue arrasado por el asirio Senaquerib en el 689 a.C., y la versión monumental que se reconstruye en las ilustraciones corresponde a Nabopolasar y a su hijo Nabucodonosor II, en el siglo VI a.C. El Etemenanki que conocemos en detalle es muy posterior a la escena de Génesis 11.
La salida más razonable, y la que sostienen bastantes autores, es que el Etemenanki no sea la torre original sino su heredero: el mismo lugar, la misma idea, reconstruida una y otra vez durante milenios sobre los cimientos anteriores.
La Tablilla de la Torre de Babel de la colección Schøyen
La llamada Tablilla de la Torre de Babel es una pieza de piedra oscura, de época neobabilónica, de la colección privada del empresario noruego Martin Schøyen. Combina tres cosas: el dibujo de un zigurat escalonado en alzado, la figura de un rey con tocado cónico y bastón identificado como Nabucodonosor II, y una inscripción que nombra el edificio como el zigurat de Babilonia.
El asiriólogo Andrew R. George, del SOAS de la Universidad de Londres y editor de la pieza, la considera la representación contemporánea más clara que existe de esa torre. Documenta, con imagen y texto de la propia época, un edificio de siete niveles asociado al rey que lo reconstruyó.
Conviene ser preciso, porque muchos titulares exageraron el hallazgo. La tablilla prueba que el Etemenanki existió y que Nabucodonosor II se atribuyó su restauración. No prueba que ese edificio sea el de Génesis 11, ni menciona ninguna confusión de idiomas. Y las piezas de colecciones privadas sin excavación documentada plantean problemas de procedencia que obligan a citarla con reserva.
¿Qué significa Babel y por qué su nombre es un juego de palabras?
Babel significaba “puerta de dios” en el idioma de la propia ciudad, y el autor de Génesis lo asocia deliberadamente con el verbo hebreo balal, que significa confundir o mezclar. El nombre elegido para presumir de acceso al cielo termina sonando, en hebreo, a “confusión”.
En acadio, la lengua de los babilonios, la ciudad se llamaba Bab-ilu. Bab es puerta, la misma raíz que sobrevive en el árabe bab; ilu es dios. Ese eslogan quedó grabado en ladrillos, himnos y documentos oficiales.
Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra.
Génesis 11:9 (RV1960)
Desde la lingüística técnica, Babel y balal no comparten raíz; el autor no está haciendo etimología, está haciendo literatura, y el lector hebreo captaba la burla sin explicación.
La ciudad que quiso hacerse un nombre lo consiguió, pero no el que había planeado. Se quedó con el que Dios le dio, y ese es el que seguimos pronunciando cada vez que alguien dice “esto es una babel”.

¿Qué pasó después de la torre de Babel?
Después de Babel, según Génesis 11:8, los constructores dejaron de edificar la ciudad y quedaron esparcidos sobre la faz de toda la tierra. El texto no describe una torre derribada, sino una obra abandonada y una población repartida.
El capítulo anterior ya había presentado a los descendientes de Noé repartidos “cada uno según su lengua, conforme a sus familias en sus naciones” (Génesis 10:5). Génesis 10 y 11 no van en orden cronológico estricto: el capítulo 10 muestra el resultado y el 11 retrocede para contar la causa.
Qué se puede afirmar con honestidad sobre esa confusión de lenguas y qué alcanza a decir la lingüística histórica es un asunto propio, y lo trato en el estudio sobre de dónde vienen los idiomas del mundo.
Y la Escritura vuelve sobre esta escena una vez más, en Hechos 2, con las mismas piezas en orden invertido: gente de todas las naciones entendiendo un mismo mensaje cada uno en su idioma. Ese paralelo lo desarrollo en el estudio sobre la torre de Babel y Pentecostés.
El mismo tramo de Génesis se trabaja en el estudio sobre si el diluvio fue mundial o local y en el análisis de dónde sacó Caín a su esposa.
Preguntas frecuentes sobre la torre de Babel
¿Cuántos años tiene la torre de Babel?
No hay una fecha establecida. Ubicando el episodio en las generaciones posteriores al diluvio según la genealogía de Génesis 11:10-26, las cronologías tradicionales lo sitúan entre los siglos XXII y XX a.C. El Etemenanki que se reconstruye en las ilustraciones es muy posterior: su versión monumental corresponde al siglo VI a.C.
¿Qué altura tenía la torre de Babel?
La Biblia no da ninguna medida; solo dice que su cúspide llegue al cielo, expresión habitual para describir un zigurat. Las cifras que circulan, unos 91 metros de altura sobre una base de 91 metros de lado y siete niveles, corresponden al Etemenanki y proceden de la Tablilla del Esagila y de Koldewey.
¿Dios destruyó la torre de Babel?
El texto bíblico no dice que Dios la destruyera. Génesis 11:8 describe una obra abandonada, no derribada. Las imágenes de una torre partida por un rayo vienen de tradiciones posteriores y de la pintura europea, no del pasaje. Lo que Dios interrumpió fue el proyecto, no el edificio.
¿Se puede visitar hoy la torre de Babel?
Se puede visitar el sitio del Etemenanki, dentro del recinto arqueológico de Babilonia, en la provincia iraquí de Babil, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2019. De la torre solo queda la huella de los cimientos, un rectángulo hundido y anegado. También se visitan los zigurats de Borsippa, Aqar Quf y Ur.
