
El tercer cielo es la esfera donde Dios habita, el nivel más alto en la manera hebrea de ordenar lo que hay sobre nuestra cabeza: primero el cielo de las aves y las nubes, después el de los astros y, por encima de ambos, la morada de Dios. La expresión aparece una sola vez en toda la Escritura, en 2 Corintios 12:2, escrita por Pablo a regañadientes dentro de una discusión que él nunca quiso tener. Entender qué es el tercer cielo empieza por leer ese versículo donde está y no donde lo han puesto los afiches.
¿Qué es el tercer cielo según la Biblia?
El tercer cielo, según la Biblia, es el lugar de la presencia de Dios, distinto de la atmósfera y distinto del espacio estrellado. Pablo lo llama “tercero” porque cuenta desde abajo hacia arriba, en el orden en que un lector judío del primer siglo organizaba lo que veía al levantar la mirada.
Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo.
2 Corintios 12:2 (RV1960)
Hay un detalle que cambia toda la lectura. Pablo no está enseñando cosmología ni levantando un mapa del más allá: suelta la expresión como quien nombra una dirección que todos conocen y sigue de largo. No describe puertas, no da medidas, no menciona colores. Para los corintios, “tercer cielo” no necesitaba explicación.
Esa naturalidad importa hoy, porque la frase se repite como si fuera una contraseña revelada a unos pocos. En el texto ocurre lo contrario. Era vocabulario ordinario para decir “hasta donde está Dios”.
Por qué la palabra “cielos” aparece en plural desde el primer versículo
El hebreo no tiene una palabra singular para cielo en el uso corriente del Antiguo Testamento. El término shamayim es plural, y por eso Génesis 1:1 dice literalmente “en el principio creó Dios los cielos y la tierra”. No se trata de un adorno del idioma: los escritores bíblicos distinguían niveles dentro de aquello que estaba por encima de ellos.
Salomón lo dice con una expresión que suena a superlativo hebreo: “He aquí que los cielos, y los cielos de los cielos, no te pueden contener” (1 Reyes 8:27). Está orando en la dedicación del templo, delante de un edificio recién terminado, y admite que ni el nivel más alto que su idioma podía nombrar alcanza para encerrar a Dios. El templo no guardaba a Dios; guardaba un lugar de encuentro.

¿Cuáles son los tres cielos según la Biblia?
Los tres cielos son la atmósfera donde vuelan las aves, el espacio donde están el sol, la luna y las estrellas, y la morada de Dios. La Biblia nunca los numera en una lista ordenada, pero los describe uno por uno con tanta claridad que la cuenta de Pablo se sostiene sola.
El primer cielo: el de las aves y las nubes
En el quinto día de la creación, Dios ordena que “vuelen las aves sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos” (Génesis 1:20). Es el aire respirable, el lugar de la lluvia y de las nubes. Cuando Jesús dice “mirad las aves del cielo” (Mateo 6:26), habla de este piso, el que cualquiera puede señalar con el dedo.
El segundo cielo: el de los astros
En el cuarto día aparecen “lumbreras en la expansión de los cielos” para separar el día de la noche y servir de señales para las estaciones (Génesis 1:14-17). Es el espacio de las estrellas, el mismo que Dios le muestra a Abram cuando lo saca de noche y le dice: “Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar” (Génesis 15:5). Aquella promesa se dirigía a un hombre anciano y sin hijos, y el cielo estrellado fue el argumento.
El tercer cielo: la morada de Dios
Salomón, en esa misma oración del templo, le pide a Dios que escuche “desde los cielos, desde el lugar de tu morada” (1 Reyes 8:30). Jesús enseña a orar diciendo “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mateo 6:9), y Esteban, mientras lo apedrean, mira “al cielo” y ve la gloria de Dios y a Jesús a su diestra (Hechos 7:55). Ese es el tercer cielo: no un lugar más alto en kilómetros, sino la esfera donde la presencia de Dios está sin velo.

¿Dónde aparece el tercer cielo en la Biblia?
La expresión “tercer cielo” aparece únicamente en 2 Corintios 12:2, dentro de una carta que Pablo escribe a una iglesia que estaba dejándose impresionar por predicadores rivales. Ese contexto explica por qué el tema sale a relucir y por qué Pablo lo trata como algo incómodo.
En Corinto habían llegado maestros que Pablo llama con ironía “grandes apóstoles” (2 Corintios 11:5). Presumían de cartas de recomendación, de oratoria y de experiencias sobrenaturales, y comparados con ellos Pablo parecía poca cosa: hablaba mal, se veía desgastado y trabajaba con sus manos en vez de vivir de la ofrenda.
Entonces Pablo hace algo que ellos no esperaban. Antes de mencionar el tercer cielo, presenta su propio currículum al revés: azotes, cárceles, naufragios, un día y una noche en alta mar, hambre, frío y desnudez (2 Corintios 11:23-27). Enumera las cicatrices en vez de los trofeos. Y solo después, casi obligado, admite que también tuvo visiones.
El versículo que abre el capítulo lo dice sin rodeos: “Ciertamente no me conviene gloriarme; pero vendré a las visiones y a las revelaciones del Señor” (2 Corintios 12:1). Quien tiene el testimonio más impresionante del Nuevo Testamento lo cuenta pidiendo disculpas.
¿Por qué Pablo dice “conozco a un hombre” y no “yo”?
Pablo habla de sí mismo en tercera persona para poner distancia entre su persona y la experiencia. Sabemos que se refiere a él porque tres versículos después escribe: “para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase sobremanera, me fue dado un aguijón en mi carne” (2 Corintios 12:7). El “hombre” del versículo 2 y el “me” del versículo 7 son la misma persona.
Los catorce años que estuvo callado
“Hace catorce años”, dice el texto. Durante ese tiempo Pablo plantó iglesias, discutió en Atenas, escribió cartas enteras y pasó por Corinto varias veces sin mencionar el episodio ni una sola vez. Catorce años de silencio sobre lo que hoy sería el titular de una gira de conferencias.
Lo cuenta cuando la salud de una iglesia depende de que alguien desinfle la fanfarronería de los recién llegados. La experiencia no salió como credencial, sino como argumento de última hora.
“Si en el cuerpo, no lo sé”: lo que Pablo admitió ignorar
Dos veces en cuatro versículos repite la misma frase: no sabe si fue arrebatado en el cuerpo o fuera del cuerpo. El apóstol que escribió la mitad del Nuevo Testamento no logra explicar la mecánica de lo que le pasó, y cierra con tres palabras que resuelven el asunto: “Dios lo sabe”.
Ese margen de ignorancia es una lección de método. Cuando alguien describe hoy una visita al cielo con precisión de guía turístico, vale la pena recordar que el testigo mejor acreditado de la Escritura no supo ni en qué estado viajó. Si quieres profundizar en cómo distinguir una experiencia genuina de una impresión propia, el artículo sobre cómo discernir si es Dios o soy yo trabaja esos criterios paso a paso.

¿El tercer cielo y el paraíso son lo mismo?
Sí. En el mismo pasaje Pablo usa los dos nombres para el mismo destino: primero dice que el hombre “fue arrebatado hasta el tercer cielo” (12:2) y enseguida que “fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables” (12:4). Es una repetición hebrea, la forma de decir dos veces lo mismo con palabras distintas.
De dónde viene la palabra paraíso
“Paraíso” viene del persa pairidaeza, que designaba el jardín amurallado de un rey: un huerto cerrado, cuidado, con árboles y agua, al que solo entraba quien el rey invitaba. Los traductores griegos del Antiguo Testamento usaron esa palabra para el huerto de Edén. Al llamar paraíso a la morada de Dios, el Nuevo Testamento está diciendo que aquel jardín perdido tiene continuación.
El paraíso prometido al ladrón en la cruz
Uno de los crucificados junto a Jesús le pide: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. La respuesta llega sin trámites: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Aquel hombre no tenía obras, ni bautismo, ni tiempo para enmendar nada. Tenía horas de vida y una petición.
La palabra vuelve a aparecer en Apocalipsis 2:7, en la carta a la iglesia de Éfeso: “Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios”. El árbol que quedó custodiado en Génesis 3:24 reaparece accesible al final del libro. El círculo se cierra.

¿Qué vio Pablo en el tercer cielo?
No lo sabemos, y no lo sabemos por decisión de Pablo. El texto dice que oyó “palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Corintios 12:4). No escribió un capítulo descriptivo, no dictó una lista de lo que había allí, no dejó un croquis.
El adjetivo griego traducido “inefables” (árrēta) tiene un matiz doble: cosas que no se pueden decir porque el idioma no alcanza, y cosas que no está permitido decir. Ambas lecturas apuntan al mismo resultado. Lo que Pablo escuchó allí quedó allí.
El contraste con el mercado editorial actual salta a la vista. Hoy circulan relatos de viajes al cielo con diálogos completos, descripciones de mobiliario y mensajes personalizados, y algunos de ellos han sido desmentidos por sus propios protagonistas. Si te interesa cómo evaluarlos con criterio bíblico, lo desarrollamos aparte en los testimonios de personas que dicen haber ido al cielo.

¿Qué pasó después de que Pablo vio el tercer cielo?
Le fue dado un aguijón en la carne. Así lo cuenta él mismo: “para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase sobremanera, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee” (2 Corintios 12:7). La experiencia más alta de su vida vino acompañada de un dolor permanente.
Pablo oró tres veces pidiendo que se lo quitara, y la respuesta fue otra: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). No recibió la retirada del problema; recibió compañía dentro de él. Qué era exactamente ese aguijón y por qué Dios no lo quitó lo tratamos en el artículo sobre el aguijón en la carne de Pablo.
La secuencia del capítulo importa para entender el tercer cielo. Subir hasta la morada de Dios no convirtió a Pablo en un hombre intocable. Lo dejó con una espina y con una frase de la que vivió el resto de sus días.
Preguntas frecuentes sobre qué es el tercer cielo
¿Pablo estuvo en el cielo o fue una visión?
El texto no lo define y Pablo tampoco. Repite dos veces que no sabe si ocurrió en el cuerpo o fuera del cuerpo y concluye “Dios lo sabe” (2 Corintios 12:2-3). Lo que sí afirma es que fue arrebatado, un verbo que en griego indica una acción hecha sobre él, no una experiencia que él provocara.
¿Cuántos cielos hay según la Biblia?
La Escritura describe tres niveles: la atmósfera (Génesis 1:20), el espacio de los astros (Génesis 1:14-17) y la morada de Dios (1 Reyes 8:30). El número siete que aparece en algunos escritos judíos posteriores no proviene de la Biblia, sino de literatura extrabíblica del período intertestamentario.
¿Se puede pedir una visita al tercer cielo?
No hay un solo pasaje que enseñe a buscar esa experiencia, ni un método, ni una oración para provocarla. En todos los casos bíblicos la iniciativa fue de Dios y tomó por sorpresa a quien la recibió. Pablo, además, la contó una sola vez y catorce años después.
¿El tercer cielo es donde van los creyentes al morir?
Sí, en el sentido de que es la presencia de Dios, y Pablo escribe que estar ausentes del cuerpo es estar “presentes al Señor” (2 Corintios 5:8). Al ladrón de la cruz le prometió el paraíso para ese mismo día (Lucas 23:43), lo cual descarta cualquier espera intermedia.
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Lo que puedes hacer hoy
Abre 2 Corintios 11 y 12 y léelos seguidos, sin saltarte la lista de naufragios y azotes. Vas a ver el tercer cielo donde Pablo lo puso: al lado de sus cicatrices, no encima de ellas.
La pregunta para esta semana es sencilla y algo incómoda: ¿qué experiencia espiritual estás usando como credencial delante de otros? Pablo tenía la más alta posible y la guardó catorce años.
Si este estudio te aclaró el pasaje, compártelo con alguien que esté leyendo un libro de visitas al cielo. Y sigue el hilo en qué era el aguijón en la carne de Pablo y en cómo escuchar la voz de Dios.



