
La destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. fue el asedio y la toma de la ciudad por las legiones romanas al mando de Tito, que terminó con el incendio del templo, el fin del sistema de sacrificios y la desaparición de la nación judía como entidad política durante siglos. Es el acontecimiento que cierra el mundo del Nuevo Testamento.
También es el episodio que Daniel 9:26 anuncia y que Jesús describió cuarenta años antes con detalles incómodos de precisos. Aquí tienes qué pasó, quién lo contó y qué significa para la lectura de la profecía.

¿Por qué Roma destruyó Jerusalén en el año 70 d.C.?
Roma destruyó Jerusalén para aplastar una rebelión abierta. La revuelta judía estalló en el 66 d.C., cuando las tensiones acumuladas por décadas de administración romana abusiva desembocaron en la suspensión del sacrificio diario ofrecido por el emperador y en la expulsión de la guarnición romana de la ciudad.
El detonante inmediato fue una serie de agravios acumulados: la confiscación de fondos del tesoro del templo por el procurador Gesio Floro, choques violentos en Cesarea y la sensación creciente de que ningún acuerdo con Roma sería respetado. Cuando el gobernador de Siria, Cestio Galo, marchó sobre Jerusalén y tuvo que retirarse con grandes pérdidas, la rebelión se convirtió en guerra abierta.
De Vespasiano a Tito: cómo llegó el ejército a las murallas
Nerón envió al general Vespasiano con tres legiones. La campaña avanzó metódicamente por Galilea y Judea entre el 67 y el 69 d.C., sometiendo ciudad por ciudad y dejando Jerusalén para el final. Mientras tanto Roma entraba en su propia crisis: tras la muerte de Nerón, el año 69 vio pasar cuatro emperadores.
Vespasiano fue proclamado emperador por sus tropas y viajó a Roma, dejando la campaña en manos de su hijo Tito. El asedio de Jerusalén comenzó en la primavera del 70 d.C., y la fecha importa: la ciudad estaba llena de peregrinos venidos para la Pascua, lo que multiplicó la población atrapada dentro de las murallas y aceleró el hambre.

Qué pasó durante el asedio según Flavio Josefo
La fuente principal es Flavio Josefo, un comandante judío capturado por Vespasiano que terminó como intérprete y cronista en el campamento romano. Su obra La guerra de los judíos describe un asedio atroz, y aunque escribió bajo patrocinio imperial y hay que leerlo con cautela, es testigo presencial de lo que narra.
Josefo cuenta tres cosas que conviene separar. Primero, la guerra civil dentro de la ciudad: las facciones zelotes de Juan de Giscala, Simón bar Giora y Eleazar peleaban entre sí mientras Roma cercaba, y llegaron a incendiar los almacenes de grano que habrían sostenido a la población durante años. Segundo, el hambre: describe escenas de gente registrando cloacas en busca de comida. Tercero, el muro de circunvalación que Tito mandó levantar alrededor de Jerusalén en pocos días para que nadie pudiera salir.
El incendio del templo y el saqueo
En agosto del 70 d.C., tras meses de asedio y de combates dentro del recinto, el templo ardió. Josefo sostiene que Tito quiso preservar el edificio y que el fuego se propagó por la acción de un soldado, versión que muchos historiadores atribuyen a su posición como cronista de la familia imperial.
Lo que sigue explica el estado en que quedaron las ruinas. El oro del santuario se fundió con el calor y se filtró entre las juntas de las piedras, y los soldados desmontaron los sillares uno por uno para recuperarlo. El resultado fue un desmantelamiento piedra por piedra, no un simple derrumbe.
El botín viajó a Roma. El Arco de Tito, todavía en pie en el foro romano, muestra en relieve a los soldados cargando el candelabro de siete brazos y las trompetas del templo en el desfile triunfal. Es una de las pocas escenas del mobiliario del santuario conservadas en piedra por quienes lo saquearon.
Los restos que todavía se pueden ver
El asedio dejó huellas materiales que la arqueología ha ido documentando. Al pie del muro occidental del monte del templo, en la calle herodiana excavada, siguen amontonados los sillares que los romanos empujaron desde arriba, con el pavimento hundido por el impacto; es uno de los pocos escombros antiguos que nadie retiró.
En el barrio judío de la Ciudad Vieja se excavó la llamada Casa Quemada, una vivienda sacerdotal con la capa de ceniza y las lanzas del incendio todavía en su sitio. Y Roma acuñó una serie de monedas con la leyenda Iudaea Capta, con una figura sentada bajo una palmera, para celebrar la victoria en todo el imperio. Son tres testimonios independientes de la crónica de Josefo.

Qué había anunciado Jesús sobre la destrucción de Jerusalén
Jesús anunció la caída del templo unos cuarenta años antes, y lo hizo con detalles que la crónica romana terminó reproduciendo. Los discípulos le señalaban las construcciones del templo de Herodes, la obra más impresionante de la Judea de su tiempo, y él respondió con una frase que debió sonarles absurda.
¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.
Mateo 24:2 (RVR1960)
Días antes, al acercarse a la ciudad, había llorado sobre ella y había descrito el método del asedio: “te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra… y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación” (Lucas 19:43-44). El vallado alrededor de la ciudad es exactamente el muro de circunvalación que Josefo describe.
Hay además una instrucción práctica. Jesús dijo que cuando vieran a Jerusalén rodeada de ejércitos, los que estuvieran en Judea huyeran a los montes y los que estuvieran dentro salieran (Lucas 21:20-21). Es lo contrario del instinto normal, que empuja a refugiarse tras las murallas. La tradición antigua registra que la comunidad cristiana de Jerusalén abandonó la ciudad antes del cerco final y se estableció en Pella, al otro lado del Jordán.
La destrucción del año 70 d.C. en Daniel 9:26
Daniel 9:26 anuncia el mismo suceso con cinco siglos de anticipación: “el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones”. La inmensa mayoría de los intérpretes, de cualquier escuela, identifica esa frase con el año 70 d.C.
Nota el orden del versículo, porque es lo que sostiene buena parte del debate escatológico. Primero se quita la vida al Mesías, después el pueblo del príncipe destruye la ciudad. Entre ambos hechos median cuarenta años reales, y el texto los coloca uno tras otro sin marcar la distancia. Puedes ver la cuenta completa en el estudio sobre las 70 semanas de Daniel explicadas.
¿Quién es el príncipe que ha de venir?
El texto no dice que el príncipe destruye la ciudad: dice que el pueblo del príncipe la destruye. El príncipe se menciona, el pueblo actúa. Esa distinción abre dos lecturas.
Una identifica al príncipe con Tito, el general que dirigió el asedio y llegó a ser emperador; su pueblo son las legiones romanas y todo queda en el siglo I. La otra observa que el título dice “que ha de venir”, en futuro, y entiende que el pueblo es Roma pero el príncipe es una figura posterior surgida de ese ámbito, el mismo que Pablo llama “el hombre de pecado” (2 Tesalonicenses 2:3-4) y Juan llama anticristo (1 Juan 2:18). De esa elección depende cómo se lea el versículo siguiente, según explica el estudio sobre la semana 70 de Daniel.

Qué cambió para el judaísmo y para la iglesia
La caída del templo terminó con el sistema de sacrificios que la ley de Moisés había ordenado, y no ha vuelto a funcionar desde entonces. Sin altar y sin sacerdocio operativo, el judaísmo se reorganizó alrededor del estudio de la Torá y de la sinagoga, en la escuela que se estableció en Yavne. Es el origen del judaísmo rabínico tal como se conoce hoy. El día de la expiación, que exigía la sangre de un animal llevada al lugar santísimo (Levítico 16:15-16), quedó sin altar donde celebrarse.
Para los primeros cristianos, la lectura fue distinta. La carta a los Hebreos, escrita antes de la caída, ya argumentaba que el sistema estaba cumplido: Cristo entró “una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (Hebreos 9:12), y por eso “donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado” (Hebreos 10:18). El velo del templo se había rasgado en dos de arriba abajo en el momento de la muerte de Jesús (Mateo 27:51), cuarenta años antes de que cayera el edificio.
Evita, eso sí, un uso indebido de este acontecimiento. La caída de Jerusalén no autoriza ningún desprecio hacia el pueblo judío; Pablo, escribiendo cuando el templo todavía estaba en pie, dijo de sus compatriotas que “en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres” (Romanos 11:28) y advirtió expresamente contra la arrogancia de los gentiles ante Israel (Romanos 11:18).
Preguntas frecuentes sobre la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C.
¿Quién destruyó Jerusalén en el año 70 d.C.?
El ejército romano, bajo el mando de Tito, hijo del emperador Vespasiano. La campaña había comenzado en el 67 d.C. con Vespasiano al frente, después de que la revuelta judía estallara en el 66; cuando Vespasiano fue proclamado emperador viajó a Roma y dejó a su hijo al mando. El asedio de Jerusalén empezó en la primavera del 70 d.C., con la ciudad llena de peregrinos por la Pascua, y el templo ardió en agosto de ese año.
¿Profetizó Jesús la destrucción del templo?
Sí, unos cuarenta años antes. Ante los discípulos que admiraban las construcciones del templo dijo: “no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada” (Mateo 24:2). Y al acercarse a la ciudad describió el método del asedio: “te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán” (Lucas 19:43). También dio una instrucción práctica: cuando vieran Jerusalén rodeada de ejércitos, los de Judea debían huir a los montes en lugar de refugiarse dentro (Lucas 21:20-21).
¿Es la caída de Jerusalén la abominación desoladora?
Depende de la escuela. Quienes leen la profecía como cumplida en el siglo I identifican la abominación desoladora de Mateo 24:15 con la profanación romana del santuario en el año 70 d.C., lectura que explica bien la orden de huir a los montes dirigida a quienes lo presenciaran. Quienes la leen como futura entienden que el año 70 fue un cumplimiento parcial y que el definitivo pertenece a la última semana de Daniel. Las dos posturas reconocen que el año 70 cumple lo anunciado en Daniel 9:26.
Lo que puedes hacer hoy
Haz una lectura comparada esta semana. Abre Lucas 19:41-44 y Lucas 21:20-24 y anota, frase por frase, qué elemento del asedio describe cada una: el vallado, el cerco, las piedras derribadas, la huida. Después lee Daniel 9:26 al lado. Vas a ver el mismo acontecimiento contado desde dos siglos distintos.
Y llévate una pregunta: Jesús lloró por una ciudad que no reconoció “el tiempo de su visitación”. ¿Qué estás dejando pasar hoy por no reconocer el momento en que ocurre? Comparte el estudio con alguien que esté leyendo profecía sin conocer la historia que hay detrás.
Sigue estudiando: continúa con Las 70 semanas de Daniel explicadas y con Qué es la abominación desoladora.
