
Hay preguntas que se hacen desde la curiosidad y hay preguntas que se hacen desde el piso de un hospital. Por qué Dios permite el sufrimiento es de las segundas. La Biblia responde que Dios creó seres capaces de amarlo por decisión propia, y esa capacidad incluía la posibilidad de rechazarlo; ese rechazo quebró al ser humano y al mundo que administraba. El dolor que hoy existe es consecuencia de esa fractura, y la Escritura añade algo que ninguna filosofía añade: Dios no se quedó mirando desde afuera, entró en el sufrimiento y lo cargó en persona.
Conviene decir de entrada lo que la Biblia no responde. En ningún lugar Dios le explica a una persona concreta por qué le tocó a ella. A Job nunca le dio el motivo. Quien te prometa el porqué exacto de tu dolor ofrece algo que Dios mismo no ofreció.

Por qué las respuestas rápidas al sufrimiento hacen más daño
Existe una manera cristiana de hablar del dolor que empeora el dolor: la frase que llega antes que el abrazo. “Todo pasa por algo”, “Dios necesitaba un ángel más”. Quien la dice suele tener buena intención y está intentando cerrar una herida que lo incomoda a él, no al que sufre.
La Biblia hace lo contrario. Un tercio de los Salmos son lamentos, y varios terminan sin resolución: el Salmo 88, usado en la liturgia del templo, cierra literalmente con la frase “las tinieblas”. Si Dios le dio espacio a ese lenguaje dentro de la adoración de Israel, nadie tiene autoridad para exigirle a otro que se anime rápido.
Hay además una objeción filosófica detrás de esta pregunta, la del dilema de Epicuro, que merece su propio espacio y la desarrollo en si Dios es bueno, ¿por qué existe el mal?. Aquí vamos por el camino bíblico: el origen del dolor, lo que Jesús corrigió y lo que Dios promete.

¿Por qué Dios nos dio libre albedrío si sabía que traería dolor?
Dios dio capacidad de decisión porque quería ser amado, y un amor obligado deja de ser amor en el mismo momento en que se obliga. No existe manera de crear un ser que ame libremente y que a la vez no pueda negarse; esas dos cosas se excluyen entre sí, como un círculo cuadrado.
El árbol en medio del huerto: Génesis 2:16-17
Dios planta un huerto, lo llena de árboles buenos y en el centro pone uno prohibido con una advertencia clara.
De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.
Génesis 2:16-17 (RVR1960)
Ese árbol es la posibilidad de decir que no. La proporción importa: lo permitido es “de todo árbol del huerto” y la prohibición es de uno solo; el primer oyente hebreo escuchaba generosidad con un límite. Dios pudo crear humanos incapaces de desobedecer y habría tenido criaturas que jamás lo lastimarían, pero también incapaces de amarlo, porque quien no puede elegir tampoco puede entregarse.
“Escoge, pues, la vida”: Deuteronomio 30:19
Siglos más tarde, con el pueblo acampado en las llanuras de Moab y a punto de entrar a la tierra prometida, Moisés repitió la misma estructura en su último discurso: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida” (Deuteronomio 30:19).
Llamar al cielo y a la tierra como testigos era el lenguaje jurídico de los tratados del antiguo Cercano Oriente. El verbo está en imperativo, pero la acción es del que escucha, y eso desmonta la caricatura del Dios tirano: un tirano no advierte, obliga.

¿De dónde viene el sufrimiento según la Biblia?
Según la Biblia, el sufrimiento entró al mundo por la ruptura de la relación entre el ser humano y Dios en Génesis 3, y desde ahí se extendió a todo lo que el ser humano administraba. El dolor no es parte del diseño original; es un intruso que llegó después y que tiene fecha de salida.
Génesis 3: las cuatro fracturas de aquel día
El relato describe cuatro rupturas simultáneas que explican categorías distintas de sufrimiento.
- Con Dios: se escondieron entre los árboles cuando oyeron su voz (Génesis 3:8). Empieza la distancia espiritual.
- Consigo mismos: supieron que estaban desnudos y sintieron vergüenza (Génesis 3:7). Empieza el conflicto interno.
- Entre ellos: Adán culpó a su esposa y de paso a Dios por habérsela dado (Génesis 3:12). Empieza el daño relacional.
- Con la tierra: el suelo produce espinos y exige sudor (Génesis 3:17-19). Empieza el desgaste físico.
Romanos 5:12 y la muerte que se extendió a todos
Pablo, escribiendo a una iglesia mixta de judíos y gentiles en la capital del imperio, resumió ese origen así: “como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres” (Romanos 5:12).
El verbo “entró” carga todo el peso. Pablo no dice que el pecado y la muerte estuvieran ahí desde el principio; dice que entraron, como quien entra a una casa que ya existía y estaba en orden: el mal no viene del carácter de Dios, viene de la ruptura con Él.
“Toda la creación gime a una”: Romanos 8:20-22
Tres capítulos después, Pablo amplía el cuadro hasta el universo entero: “la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad… toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:20-22).
Mira la imagen que eligió para el gemido: dolores de parto. Pudo comparar el sufrimiento del mundo con una agonía o con una condena. Escogió el único dolor humano que anuncia una llegada, el que nadie confunde con el final de algo.
¿El sufrimiento es un castigo de Dios por el pecado?
Jesús negó de manera explícita que el sufrimiento sea un indicador del pecado de quien lo padece. Lo hizo en dos ocasiones registradas, una frente a un hombre enfermo desde su nacimiento y otra frente a una tragedia colectiva. En ambas desarmó la ecuación de que el que sufre más pecó más.
Juan 9: el ciego de nacimiento y la pregunta equivocada
Los discípulos ven a un hombre ciego de nacimiento y preguntan: “Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?” (Juan 9:2). Para ellos las opciones eran dos y ambas culpaban a alguien. La categoría de “sufrimiento sin culpable” no existía en su mapa.
Jesús respondió: “No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:3). Rechaza las dos opciones de un golpe. Y hay que leer con cuidado la segunda parte: Jesús no dice que Dios haya dejado ciego a ese hombre durante décadas para tener luego una buena demostración. La frase apunta hacia adelante, no hacia atrás; señala qué va a hacer Dios con esa situación, no por qué ocurrió.
Lucas 13: la torre de Siloé y los galileos
Le cuentan a Jesús que Pilato mandó matar a unos galileos mientras ofrecían sacrificios, mezclando su sangre con la de sus ofrendas, y él responde: “¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No” (Lucas 13:2-3). Y agrega un segundo caso que nadie le mencionó, esta vez sin culpable humano: los dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, “¿pensáis que eran más culpables…? Os digo: No” (Lucas 13:4-5).
Un accidente de construcción, dieciocho muertos, sin autor del daño. Jesús eligió los dos tipos de tragedia que existen, la causada por la maldad humana y la accidental, y negó la misma explicación para las dos. Este punto duele más cuando la víctima es un niño, y lo trato aparte en por qué Dios permite que mueran niños inocentes.

¿Qué promete Dios a quien está sufriendo?
Dios promete cuatro cosas concretas a quien sufre, y ninguna de ellas es una explicación: su presencia mientras dura, un propósito que Él construye con los pedazos, un consuelo que después se puede pasar a otros, y un final del dolor con fecha.
Presencia y fin del dolor: Salmo 23:4 y Apocalipsis 21:4
David escribe: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Salmo 23:4). Observa el verbo: “ande”. Un valle en Judea es un paso estrecho entre montañas por donde el pastor guiaba el rebaño hacia otro pastizal. David, que fue pastor antes que rey, no promete que no habrá valle. Promete que tiene salida.
Juan, desterrado en Patmos y escribiendo a iglesias bajo presión del imperio, cierra la Biblia así: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21:4). Dios no manda a un ángel a secar lágrimas ni las elimina por decreto: Él mismo las enjuga, cara a cara, uno por uno.
Propósito: Romanos 8:28 explicado con precisión
Este es el versículo más citado y peor usado en funerales: “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). No dice que todas las cosas sean buenas. Dice que “ayudan a bien”, es decir, que Dios las encamina hacia un desenlace bueno.
El cáncer no es bueno. El abuso no es bueno. Y el mismo pasaje define cuál es ese bien en el versículo siguiente: “para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29). El bien prometido no es que todo salga como querías; es que te vayas pareciendo a Cristo.
Consuelo que se transfiere: 2 Corintios 1:3-4
Pablo escribe a los corintios que Dios “nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación” (2 Corintios 1:4). La palabra griega es paráklesis, de la misma raíz que Paracleto, el nombre que Jesús le dio al Espíritu Santo. Significa literalmente llamar a alguien a tu lado.

¿Dónde estaba Dios cuando yo sufría?
La respuesta cristiana a esa pregunta es distinta a la de cualquier otra religión o filosofía: Dios estaba en una cruz. No resolvió el problema del sufrimiento explicándolo desde arriba; se metió dentro de él, lo padeció en carne humana y lo derrotó desde adentro.
Setecientos años antes de Cristo, Isaías describió a un siervo cuya biografía está hecha de dolor: “varón de dolores, experimentado en quebranto… Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Isaías 53:3-4). La expresión “experimentado en quebranto” traduce una idea hebrea de conocimiento por experiencia, no por estudio. Es la diferencia entre un médico que leyó sobre una enfermedad y uno que la tuvo.
Getsemaní: un Dios que sabe cómo se siente
El autor de Hebreos, escribiendo a cristianos judíos tentados a volver atrás por la persecución, les dice: “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades” (Hebreos 4:15). El verbo griego traducido “compadecerse” es sympathéo, sufrir junto con: no es lástima desde una distancia segura.
Y llega Getsemaní. “Comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera”, y les dijo a sus discípulos “mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:37-38). Lucas, que era médico, anota que “era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44).
Oró tres veces pidiendo que pasara de él esa copa (Mateo 26:39, 42, 44). Léelo otra vez: Dios el Hijo pidió que el sufrimiento se detuviera, y la respuesta que recibió fue no. Si alguna vez le pediste a Dios que quitara algo y no lo quitó, estás orando la misma oración que él oró en ese huerto.
La cruz: el grito que Dios dejó registrado
En la cruz, Jesús gritó “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Esa frase es la primera línea del Salmo 22, un salmo que cualquier judío presente reconocía de memoria y que después de la queja termina en confianza. Pero el hecho central sigue en pie: la pregunta “¿por qué?” dirigida a Dios está en labios de Jesús.
Otras cosmovisiones dicen que el dolor es ilusión, o karma merecido, o un dato indiferente del universo. El cristianismo dice que es un intruso que Dios odia y que para acabarlo pagó con su propia carne. No tenemos un Dios que explique el sufrimiento desde un trono; tenemos uno que lo firmó con cicatrices, las que le mostró a Tomás (Juan 20:27).
Preguntas frecuentes sobre por qué Dios permite el sufrimiento
¿Dios manda el sufrimiento o solo lo permite?
La Escritura distingue entre lo que Dios hace y lo que permite. En Job, Dios pone límites explícitos a lo que Satanás puede tocar (Job 1:12; 2:6): permiso con frontera, no autoría. Santiago es directo, “Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie” (Santiago 1:13). Y sin embargo nada ocurre fuera de su control: la mayor injusticia de la historia, la cruz, terminó siendo el instrumento de la salvación (Hechos 2:23). Permitir no es aprobar.
¿Está mal preguntarle a Dios por qué me pasó esto?
No, y la Biblia lo demuestra con sus personajes principales. Job exigió una audiencia con Dios (Job 23:3-4), David preguntó “¿hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?” (Salmo 13:1), Habacuc reclamó “¿hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás?” (Habacuc 1:2), y Jesús en la cruz dijo “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Dios reprendió a los amigos de Job por su discurso correcto y aprobó al que le reclamó de frente (Job 42:7).
¿Por qué Dios no elimina el mal de una vez?
Pedro respondió esa objeción en el primer siglo: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca” (2 Pedro 3:9). Lo que se percibe como indiferencia, Pedro lo llama paciencia con destinatario. Y hay una consecuencia incómoda: el día en que Dios elimine todo el mal de la tierra, tendrá que empezar por el mal que hay en cada persona.
Lo que puedes hacer hoy
Si estás en medio del dolor mientras lees esto, no te pido que entiendas nada. Te propongo hacer lo que hizo Job: llevar la queja al lugar correcto. Escríbele a Dios lo que sientes, sin editarlo para que suene espiritual, con las palabras exactas que usarías si nadie te estuviera escuchando.
Una pregunta para esta semana: si Dios nunca te explicara el porqué de lo que te pasó, y en cambio te diera su presencia hasta el último día, ¿te alcanzaría? Si este estudio te ayudó, compártelo con alguien que esté atravesando una pérdida.
Sigue estudiando: continúa con qué enseña el libro de Job sobre el sufrimiento y con cómo confiar en Dios en los tiempos difíciles.
