
Si Dios es bueno, ¿por qué existe el mal? La respuesta cristiana es que el mal no procede del carácter de Dios sino de la ruptura de sus criaturas con Él, y que un Dios bueno y todopoderoso puede estar tratando ese mal mediante un proceso con plazo, juicio y redención en lugar de una eliminación instantánea. La objeción no se resuelve negando el problema, sino examinando la premisa escondida que la sostiene.
Este es el argumento más usado contra la fe cristiana y merece una respuesta seria, no una frase de consuelo. Vamos a mirar el dilema en su forma clásica, la premisa que casi nadie enuncia, lo que la Biblia dice sobre la naturaleza del mal y qué pasaría de verdad si Dios lo eliminara esta noche.

El dilema de Epicuro tal como se plantea hoy
El planteamiento se atribuye a Epicuro, filósofo griego del siglo IV antes de Cristo, y llegó hasta nosotros a través de escritores posteriores como Lactancio, que lo citó en el siglo IV después de Cristo para refutarlo. Hoy circula en redes sociales en esta forma de cuatro preguntas encadenadas.
- ¿Dios quiere impedir el mal y no puede? Entonces no es omnipotente.
- ¿Puede y no quiere? Entonces no es bueno.
- ¿Puede y quiere? Entonces de dónde sale el mal.
- ¿Ni puede ni quiere? Entonces por qué llamarlo Dios.
El argumento es elegante y merece respeto, no burla. Su fuerza está en presentarse como un callejón cerrado con cuatro paredes, de modo que cualquier salida que intente el creyente parece una evasión. Y su formulación moderna, la de filósofos como J. L. Mackie, lo endureció todavía más al presentarlo como una contradicción lógica.
La premisa escondida: el adverbio que nadie enuncia
La debilidad del dilema está en una premisa que no aparece escrita: que si Dios es bueno y poderoso, tendría que eliminar el mal de inmediato. Toda la fuerza del argumento depende de ese adverbio silencioso, y nadie lo defiende porque nadie lo enuncia.
Quita el “de inmediato” y el callejón tiene salida. Un Dios bueno y poderoso podría estar tratando el mal por un proceso que incluye advertencia, redención y un plazo, en lugar de una eliminación instantánea. Nadie llama malo a un médico porque el tratamiento dure meses, siempre que el tratamiento sea el correcto y llegue a término.
El filósofo Alvin Plantinga desarrolló esta línea en los años sesenta con su defensa del libre albedrío, y hoy la mayoría de filósofos reconoce que la versión lógica del argumento, la que afirmaba una contradicción estricta, no se sostiene. Lo que queda en pie es la versión emocional, y esa no se responde con lógica sino con lo que Dios hizo en la cruz.

¿Qué es el mal según la Biblia?
La Biblia no presenta el mal como una sustancia que Dios haya creado, sino como una corrupción de algo que salió bueno. Génesis 1:31 dice que Dios “vio todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”, una evaluación que se repite siete veces en el primer capítulo.
Esa afirmación tenía filo en su contexto. Los relatos de creación de Babilonia y Mesopotamia describían un mundo nacido del cadáver de una diosa derrotada, es decir, un cosmos hecho de violencia desde el origen. Génesis dice lo contrario: la maldad no es materia prima del universo, es un daño posterior.
El mal como corrupción, no como creación
Piensa en el óxido. El óxido no existe por sí solo; existe solamente donde hay hierro que se corrompe. Nadie fabrica óxido puro y lo guarda en un frasco. De la misma manera, la crueldad es amor torcido, la mentira depende de que exista la comunicación, y el robo depende de que exista la propiedad legítima.
Esto tiene una consecuencia lógica que responde directamente la tercera pregunta del dilema. Si el mal es corrupción de un bien, entonces Dios no tuvo que crearlo para que apareciera; bastó con crear seres buenos capaces de torcerse. Preguntar “de dónde sale el mal” suponiendo que alguien tuvo que fabricarlo es como preguntar quién fabricó el agujero de una rueda pinchada.
Isaías 45:7 y la palabra hebrea que se traduce mal
Alguien objetará con un versículo que parece decir lo contrario: “Yo formo la luz y creo las tinieblas, hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto” (Isaías 45:7). Algunas traducciones antiguas al inglés pusieron ahí “creo el mal”, y de ahí viene la confusión.
La palabra hebrea es ra’, que cubre un rango amplio: calamidad, desgracia, adversidad, y también maldad moral. El contexto decide cuál. Aquí el paralelo es con “paz” (shalom), no con “santidad”, de modo que Isaías está hablando de calamidad histórica, del juicio sobre naciones, no de perversidad moral. Dios se declara soberano sobre las consecuencias, no autor de la perversión.
Santiago lo cierra sin ambigüedad: “cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie” (Santiago 1:13). Escribía a comunidades dispersas por la persecución, gente con motivos reales para culpar a Dios de lo que le estaba pasando.
¿Por qué Dios permite el mal si puede impedirlo?
Dios permite el mal porque impedirlo por completo exigiría suprimir la capacidad humana de decidir, y esa capacidad es la condición del amor. Un ser incapaz de elegir tampoco puede entregarse, y Dios prefirió criaturas capaces de amarlo antes que mecanismos incapaces de fallar.
A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia.
Deuteronomio 30:19 (RVR1960)
Moisés dijo esto en su último discurso, con el pueblo acampado frente a la tierra prometida. Llamar al cielo y a la tierra como testigos era la fórmula jurídica de los tratados del antiguo Cercano Oriente: se estaba firmando un pacto, no imponiendo una programación. Dios dice cuál camino conviene y deja la decisión en manos humanas.
La objeción del mal natural: terremotos y enfermedades
Aquí llega la réplica más fuerte: la decisión humana explicará el asesinato, pero no explica un tsunami ni un tumor cerebral en un bebé. Es una objeción legítima y la respuesta bíblica no es que la naturaleza sea culpable.
Pablo escribe que “la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza… toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:20-22). El ser humano administraba un mundo, y cuando el administrador se quebró, el sistema entero quedó dentro de las consecuencias.
Detente en “no por su propia voluntad”. Los bosques, los animales y las placas tectónicas no participaron en ninguna decisión. Eso valida lo que sentimos frente a un desastre natural: hay dolor en el mundo que no le corresponde a nadie y que sencillamente no debería ser así. Pablo está de acuerdo, y llama a ese estado un embarazo, no una condena.

¿Por qué Dios no elimina el mal de una vez?
La Biblia responde que Dios no elimina el mal de inmediato porque el plazo que da es la oportunidad de arrepentimiento de quienes todavía no lo han tomado. Pedro respondió esta objeción cuando ya se la hacían en el primer siglo, señal de que no es una pregunta moderna.
Escribe: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). Mira lo que hace ese versículo con la pregunta: lo que se percibe como indiferencia, Pedro lo llama paciencia con destinatario.
Y aquí conviene ser honesto con la consecuencia incómoda. El día en que Dios elimine todo el mal de la tierra, tendrá que empezar por el mal que hay en cada persona: la mentira útil, el desprecio silencioso, la indiferencia ante el hambre ajena. Pedir que Dios acabe con el mal esta noche es pedir un juicio que nos incluye.
El profeta Habacuc hizo esta misma pregunta con nombre y apellido: “¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?” (Habacuc 1:2). Dios no lo reprendió por preguntar. Le respondió que la respuesta venía y que tardaría, y añadió: “mas el justo por su fe vivirá” (Habacuc 2:4).

La respuesta cristiana que ninguna filosofía da
El cristianismo no responde al problema del mal solamente con un argumento; responde con un acontecimiento. Otras cosmovisiones dicen que el dolor es ilusión, o karma merecido, o un dato indiferente del universo. El cristianismo dice que el mal es un intruso, que Dios lo odia, y que para acabarlo entró en él.
Isaías describió setecientos años antes a un siervo “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3). La expresión traduce una idea hebrea de conocimiento por experiencia, no por estudio: la diferencia entre un médico que leyó sobre una enfermedad y uno que la tuvo.
En la cruz ocurre algo que ninguna teodicea filosófica alcanza. La mayor injusticia de la historia, la ejecución de un inocente por conveniencia política, terminó siendo el instrumento de la salvación (Hechos 2:23). Eso no explica por qué existe el mal, pero muestra qué es capaz de hacer Dios con él.
Y el final está anunciado con fecha aunque no con calendario: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21:4). Juan escribió eso desterrado en Patmos, a iglesias perseguidas por el imperio. No era una idea abstracta para él.
Si esta objeción te llegó en medio de una pérdida y no de un debate, el estudio de por qué Dios permite el sufrimiento aterriza el mismo tema en el terreno del dolor propio.
Preguntas frecuentes sobre por qué existe el mal si Dios es bueno
¿Creó Dios el mal?
No. Génesis 1:31 afirma que todo lo creado era “bueno en gran manera”, y la Biblia presenta el mal como corrupción de algo bueno, no como sustancia independiente. Isaías 45:7 usa la palabra hebrea ra’, que en ese contexto significa calamidad o adversidad histórica, no perversidad moral, porque el paralelo del versículo es con shalom (paz). Santiago 1:13 lo cierra: Dios no tienta a nadie con el mal.
¿El dilema de Epicuro refuta la existencia de Dios?
No la refuta, aunque sí obliga a explicar por qué Dios no elimina el mal de inmediato. El dilema depende de una premisa no enunciada, que un Dios bueno tendría que actuar al instante. Si Dios trata el mal mediante un proceso con plazo y redención, las cuatro opciones dejan de agotar el terreno. La mayoría de filósofos hoy reconoce que la versión lógica del argumento no se sostiene.
¿Cómo se explican los desastres naturales y las enfermedades?
Romanos 8:20-22 explica que la creación quedó “sujetada a vanidad, no por su propia voluntad” cuando se quebró la relación entre el ser humano y Dios. El mal llamado natural no es castigo dirigido a las víctimas: Jesús lo negó expresamente ante los dieciocho muertos por la caída de la torre de Siloé, “¿pensáis que eran más culpables…? Os digo: No” (Lucas 13:4-5). Pablo llama a ese gemido “dolores de parto”, una imagen de proceso con final, no de condena.
Lo que puedes hacer hoy
Escribe el dilema completo en una hoja, las cuatro preguntas, y debajo de cada una anota tu respuesta con el texto bíblico que la sostiene. No para ganar una discusión, sino para saber qué crees antes de que alguien te lo pregunte en un momento en el que no puedas pensar.
Una pregunta para esta semana: cuando pides que Dios acabe con el mal del mundo, ¿estás incluyendo el que sale de ti? Responderla honestamente cambia el tono de la objeción.
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Sigue estudiando: continúa con por qué Dios permite el sufrimiento y con ¿quién creó a Dios?, otra objeción clásica que aparece en las mismas conversaciones.
